La escritura como terapia


miércoles, 29 de abril de 2020

Yo no he sido

Es Bart Simpson quién, en un episodio de la aclamada serie que protagoniza su singular familia, repite una y otra vez y a modo exculpatorio la frase “Yo no he sido”, pretendiendo de este modo salir indemne de sus barrabasadas. Y son tantas las veces en las que, a pesar de las evidencias, hace uso de tan útil coletilla, que termina provocando la hilaridad de sus vecinos.

Dila, dila, Bart, dicen. “Yo no he sido” dice Bart. Ja, ja, ja, ja, ja, … Con tan exiguo argumento hasta crean un programa de televisión para regocijo de todos. Hasta que esos mismos todos que un día le encumbraran se cansan de Bart y de su dichosa frasecita, condenándolo irremediablemente al ostracismo y haciendo que su otrora famosísimo “Yo no he sido” recupere su verdadero significado, que no es otro que el de ser una burda excusa para eludir responsabilidades.

Y a qué viene todo esto, os preguntaréis.

Pues viene a cuento de que variopintos personajes representando al Gobierno, o al Estado que tanto da, llevan semanas metidos en un pandémico “Yo no he sido” que a estas alturas provoca una cada vez más escasa comprensión, un cada vez mayor rechazo, y desde luego una nula hilaridad.

“La pandemia nos ha cogido a todos por sorpresa”, “No se ha reaccionado tarde, porque a todos los países les ha pasado prácticamente lo mismo” o “No se están haciendo test a todos porque es imposible”. Es el “Yo no he sido” versión “mal de muchos consuelo de tontos”, pero es que además es mentira, porque solo hay que consultar las cifras de afectados en los distintos países del mundo para darnos cuenta de que no todos lo han hecho igual de mal y de que no todos han realizado porcentualmente el mismo número de test a sus ciudadanos, pese al intento de falsear las cifras por parte de nuestros avispados representantes.

Si os dejo salir a pasear al perro y a comprar al super y no hay repunte, saldrán los niños. Si dejo salir a los niños y no hay repunte, dejaré salir a deportistas y paseantes. Si dejo salir a deportistas y paseantes y no hay repunte, os dejo visitar a familiares y amigos. Si os dejo …

Es decir, si tardo en salir será por culpa de los colectivos a los que han dejado salir antes que a mí, a los que tendré que odiar con todas mis fuerzas por haberse comportado de una forma egoísta e irresponsable, tal y como nos muestran a diario en los noticiarios televisivos, paradigma de la independencia y divulgadores de la verdad. Este sí que es un “Yo no he sido” en toda regla. Pase lo que pase la culpa será siempre de los ciudadanos. Divide y vencerás, se afana en conseguir la propaganda oficial. Y dada la proliferación de los popularmente llamados “policías del visillo”, a fe que lo están logrando.

Y lo del desconfinamiento progresivo y asimétrico ya es de traca. Como no nos hacen test no podemos saber si estamos infectados o no. Como no nos hacen test no pueden separar contagiados de sanos. Como no nos hacen test, nuestra libertad, aunque sea condicional,  depende de un pandemónium de fases de confinamiento, 0, 1, 2 y 3, diferentes para cada territorio y siempre bajo la atenta mirada del “Gran Hermano” que pudiendo recular cuando lo estime conveniente, puede llevar este sinsentido hasta el infinito y situar, de esta forma, nuestro gozo en un pozo. De lo que no depende, nuestra libertad, es de si estamos sanos o no.
   
Algunos, sin hacer nada,  parecemos más cerca de la perpetua que de la condicional.

Sí, ya lo sé, ellos no han sido.

domingo, 26 de abril de 2020

La alienación como antesala de un modelo de Estado

En estos días nuestras mentes bullen, unas más que otras, en busca de una explicación plausible al porqué de esta pandemia y al porqué de su nefasta gestión por parte de un número significativo de gobiernos de países pertenecientes al llamado primer mundo, verdaderos pilares de la economía mundial.

 Y las respuestas a las que individualmente llegaremos tendrán mucho que ver con la idiosincrasia del país en el que vivamos y con el grado de escepticismo con el que hayamos afrontado el adoctrinamiento político, social y económico al que llevamos siendo sometidos desde hace casi un siglo.

Los poco escépticos, las masas orteguianas, parecen manejar una sola ecuación, a saber, verdad oficial = verdad absoluta.

Los otros, pondrán en duda la verdad oficial e intentarán comprender el sentido y la finalidad del comportamiento de sus Estados.

Estos otros, al poner en duda la verdad oficial, no serán nunca cómodos para el Estado, siendo por ello discriminados, desacreditados y ninguneados, en el mejor de los casos. En el peor, encarcelados o eliminados. Porque tendrán más o menos razón, pero asegurar que carecen totalmente de ella supone perpetuar un modelo de Estado que, tal vez, está haciendo las cosas más mal que bien, digan lo que digan los poderosos medios de adoctrinamiento con los que cuenta y que, de nada sirve negarlo, moldean conciencias con la precisión de un cirujano experto y consiguen que la ingenuidad de las masas sea prácticamente impenetrable.
   
Ya en los años 20 del siglo XX, después del desastre que para Europa supuso la Gran Guerra y en base a su desarrollo y a sus consecuencias políticas y económicas, se empezó a cuestionar la teórica independencia de los Estados y su aparente orientación al bienestar de sus pueblos. Eran muchas las voces que afirmaban que los Estados servían a intereses, fundamentalmente económicos, que ejercían con mano de hierro el verdadero poder. Y nada más útil para ello, que la implantación de regímenes basados en la teórica “soberanía popular”, donde se le creaba al pueblo la ilusión de “gobernar” merced al ejercicio del “sufragio” que garantizaba una sana y deseable “alternancia en el poder”.

Mucho menos idílica y para nada inocente ha resultado ser la realidad, donde se encumbran o destituyen gobiernos a golpe de talonario, mediante la financiación de costosísimas campañas electorales que sólo los muy poderosos grupos económicos a cuyos intereses sirven pueden sostener. Y ya se sabe que quién paga, manda. Y si el dinero no fuera suficiente, cuentan, a su vez, con la inestimable, poderosísima y determinante ayuda de los medios de comunicación de masas, cuyo control también ejercen. Consecuentemente, salga quién salga elegido, el poder real estará siempre en las mismas manos, lo que convierte a estas “democracias” en monumentales mentiras.

Si este planteamiento es, aunque sólo sea en parte, cierto, el desarrollo de la historia desde principios del siglo XX se puede entender como una consecución de maniobras tendentes a destruir, en beneficio de unos pocos, los cimientos de toda civilización que amenace sus privilegios, todo ello apoyado en una labor constante e implacable de adoctrinamiento de las masas hasta conseguir, pirueta del destino, que este estado de cosas sea tomado por ellas como algo normal, legítimo, inevitable e incluso deseable. Es la antesala de la distopía.

Grandes escritores, grandes visionarios, han descrito a lo largo del siglo pasado lo que entendían sería la culminación, para nada deseable, de la alienación de las sociedades occidentales, a saber, el Estado distópico, conformado y afianzado de forma incruenta pero no por ello menos perniciosa. Estado que, bajo la afable apariencia de benefactor del pueblo, ejerce, no obstante, un férreo control sobre las masas, previamente aleccionadas e incapacitadas para disentir merced a una inmisericorde propaganda que anula su voluntad.

Visto lo visto, lo novelado y lo real parece, por momentos, confluir. El poder real cada vez se esconde menos y sus Estados vasallos son puestos en evidencia cada vez más. Un futuro Estado distópico parece, ahora más que nunca, posible.

Llegados a este punto, y recordando lo oportunas que guerras y epidemias han resultado ser a lo largo de la historia, cabe preguntarse si la cruel pandemia que estamos sufriendo no será la culminación, el acto final, de una representación que, aunque dilatada en el tiempo, ha sido concebida y programada con el propósito de posibilitar la instauración de un modelo de Estado totalitario y amoral que beneficie a unos pocos a costa del sometimiento de todos los demás.

Muchos son los rumores de la creación en laboratorio del tristemente famoso Covid-19, máxime cuando en los primeros días tras su aparición murió de forma muy oportuna, y por ello no poco sospechosa,  el Doctor Li Weinlang, una persona joven y sin patologías previas que fue de los primeros en alertar sobre la gravedad del virus y que de no haber fallecido es más que probable que hubiera facilitado información vital sobre esta cuestión.

Sea cual sea su origen y observando las torpes, tardías y negligentes políticas de contención llevadas a cabo por la mayoría de los Estados del mal llamado mundo libre, ya se pueden vislumbrar sus terribles consecuencias y se puede, por qué no, presumir su utilidad.

El virus ha matado y sigue matando a miles de personas, especialmente en el llamado primer mundo y muy especialmente en la población de mayor edad, lo que le convierte en un eficacísimo instrumento para reducir la población y rejuvenecerla, que para la reconstrucción hará falta mucha mano de obra joven, sana y, por supuesto, barata.

Es la civilización occidental la que, por su historia, su cultura y su desarrollo tecnológico, mayor resistencia teórica podría oponer a cualquier intento totalizador.  Y tal vez por ello la pandemia se ha cebado especialmente en ella.

Observamos, no obstante, que la respuesta por parte de los diferentes países ha sido desigual. Pensemos en la idiosincrasia de cada uno de ellos, muy ligada a la integridad moral de sus gobernantes y a su nivel de vasallaje, por un lado, y al nivel de adoctrinamiento y sumisión de sus ciudadanos, por otro, y tendremos la solución. Me viene al pelo una reflexión que leí en algún sitio y que, refiriéndose a los españoles, decía “No somos noruegos, pero ¿podemos permitirnos no serlo?”.

Podamos o no, lo cierto es que no lo somos y consecuencia de ello será nuestra fulminante caída. Con una estructura de Estado corrupta hasta los tuétanos, no parece haber problema alguno en seguir las directrices recibidas del poder real, aunque ello suponga la aniquilación física y mental del pueblo. Es en la Europa mediterránea, o tal vez en los EEUU, donde probablemente el Estado distópico, totalitario y amoral, se materializará en primer lugar. Con unos gobernantes miserables y fieles a su amo y un pueblo absolutamente idiotizado y sumiso, la batalla la tienen ganada.

La gestión de la pandemia parece ser un ensayo, un monumental simulacro de sometimiento del pueblo que, visto lo visto, estaría arrojando unos resultados que sus instigadores no hubieran imaginado ni en el mejor de sus sueños. La propagación de un virus, mortal, es la propagación del miedo, y el miedo es el instrumento ideal para la dominación.

La extensión de la pandemia y sus dramáticas consecuencias ha supuesto para el Estado un reforzamiento de su poder. De un plumazo, y merced al Estado de Alarma, ha restringido libertades y ha enmascarado su negligente inutilidad mediante una hábil maniobra de distracción consistente en culpabilizar a parte del pueblo de la propagación del virus. Y de propina, puñetazo en la mesa, avisa de que su poder es infinito e incuestionable ya que en cualquier momento futuro puede, recaída de por medio, volver a confinarnos. El miedo y la indefensión están servidos. Cogidos por los huevos nos tienen. La distopía, pues, ya está aquí.

 Y el pueblo, como siempre, a verlas venir. Le han endilgado una pandemia cuyo origen está en un virus de procedencia más que sospechosa y al que han permitido propagarse sin apenas control apelando a la excepcionalidad de la situación y a la imposibilidad de tener previstas medidas eficaces para su contención, y el pueblo, feliz. Feliz porque, propaganda a tope y efecto arrastre de por medio, acepta automáticamente lo que la mayoría piensa, que es lo que le han dicho que tiene que pensar, y se comporta como la mayoría lo hace, que es como le han dicho que se tiene que comportar, pensando que esa y no otra es la manera correcta de pensar y de actuar, sumándose a la manada de forma gregaria, acrítica y oportunista. La derrota, si nadie lo remedia, está servida.

Y por si a las masas les quedara una pizca de dignidad  y osaran poner en entredicho los designios de su poderoso Estado, éste parece empeñado en dilatar los efectos de la pandemia “ad infinitum” para que la crisis económica resultante tenga un efecto tan devastador, en especial para trabajadores, autónomos y pequeñas empresas, que la lucha por la supervivencia y la dependencia de paupérrimas ayudas estatales sean la única posibilidad de subsistencia para una gran parte de la población, lo que conllevará un retroceso social, cultural y laboral sin parangón en la historia reciente de la humanidad.

Ésta, y no otra, parece que será la que con enorme desvergüenza llaman la “nueva normalidad”. Nueva sí será. Deseable, en modo alguno. Una sociedad, apunta a que será, tiranizada por un Estado despótico y policial que salvaguardará los privilegios de unos pocos  a costa de someter a unas condiciones de semiesclavitud a otros muchos. Una sociedad reducida a dos clases. Un absolutismo ciego. Un nada para el pueblo, con el pueblo. Una indecencia.

Y el medioambiente, bien gracias. Se les estaba yendo de las manos. Curioso, para esto la pandemia también les ha ido bien. Pudientes y privilegiados podrán disfrutar de una Naturaleza mejorada. El resto, bastante tendrá con cubrir sus necesidades básicas, con sobrevivir.


lunes, 13 de abril de 2020

Chulos

“El Congreso aprobó el jueves por una mayoría aplastante la continuidad del estado de alarma en España hasta el 26 de abril. Mediado el debate, el presidente, Pedro Sánchez, confirmó que pedirá una nueva prórroga del mismo, que será la tercera, que presumiblemente extenderá el confinamiento hasta el 10 de mayo”  Diario El País, 10 de abril de 2020.

Esto lo hemos podido leer. La actitud, chulesca, con la que se nos dijo, la pudimos ver, que para eso está la caja tonta.

Si según la RAE, “chulo” es el que habla y obra con chulería y “chulería” es sinónimo de jactancia y de arrogancia, tal y como yo lo vi, la comunicación de la prórroga del estado de alarma y el adelanto de que no será la última es un acto de chulería. Jactancioso y arrogante.

Porque no es de recibo que según nos endilgan 15 días más de confinamiento, ya nos avisen de que vienen, sí o sí, otros 15. Sin condiciones, sin cesiones, sin aligerar ni un ápice las duras condiciones de tan cruel confinamiento, y haciendo gala de una chulería desmotivadora y fuera de lugar.

Chulos y prepotentes han sido todos los antecesores del Sr. Sánchez, llámense Rajoy, Zapatero, Aznar o González, sólo por citar algunos ejemplos, pero hasta ahora ninguno nos había encerrado en casa, por lo que cabía esperar algo más de empatía con el sufrimiento y la intolerable sensación de pérdida de libertad, y de dignidad, que ello supone.

Porque, tal vez sean imaginaciones mías pero más allá de tres o cuatro eslóganes ya demasiado manidos no apuntan solución esperanzadora alguna y más parece una carrera para salir airosos de la crisis que para solucionarla.

La mayoría aplastante que ha apoyado este acto de chulería no deja lugar a dudas sobre cuáles son las consignas políticas de nuestros amados congresistas, lleven el collar que lleven, pero lo cierto es que esperamos de ellos, como poco, que aprieten un poco a los responsables de sacarnos de este desaguisado y que, al menos, las sucesivas y parece que interminables prórrogas del estado de alarma no sean incondicionales.

Algunos queremos, necesitamos y exigimos que se relaje el confinamiento al menos un poquito. Que estos políticos chulescos nos demuestren confianza y respeto, lo mismo que nos piden ellos cuando concurren a las jodidas elecciones. Necesitamos, desde la responsabilidad, salir a pasear, a hacer deporte, a respirar … como terapia para no enloquecer, y lo necesitamos ya.

No más arrogancia en las prórrogas. No más actitudes despóticas en las comparecencias.

La repetición “ad nauseam”, en los medios de comunicación de masas, de “incuestionables” formas de proceder ni demuestra su validez, ni las hace especialmente deseables, máxime cuando se aplican con no poca arbitrariedad.

Aunque no lo creáis, señores representantes del Estado,  no todos comemos en vuestras manos. Muy confiados, sin embargo, estáis. De ahí el aire chulesco de vuestras comunicaciones.

No os creáis a salvo en vuestra atalaya. La culpable ineptitud y negligencia, salpicada de corrupción, de los sucesivos gobiernos “democráticos” que hemos sufrido en este país no os es ajena. Nadie ni nada es incuestionable e imprescindible. Cuidad, pues, de demostrarnos vuestra utilidad, si es que todavía os queda algo que demostrar.

jueves, 2 de abril de 2020

Pues ya no te ajunto

Hoy, nuestro queridísimo y admirado Ministro de Sanidad, ante una batería de preguntas relacionadas con su gestión de la crisis del dichoso coronavirus efectuadas por políticos poco afines, aunque igual de patéticos me temo, ha terminado respondiendo “Como es una semana muy dura, no voy a entrar en ningún tipo de reproches”, a lo que los interpelantes podrían haber respondido “Joooo, pues ya no te ajunto”.

Porque capotazo como el que ha dado no se puede permitir cuando hay encima de la mesa cientos de miles de damnificados, miles de muertos y millones de acojonados.

Pero claro, nada como la tranquilidad y la seguridad que le da el hecho de que los perros ladradores no son sino la otra cara de la misma moneda y, por tanto y a pesar de todo, le seguirán ajuntando cuando acabe todo esto y todos conserven íntegramente sus salarios, sus riquezas y sus privilegios.

Todo en medio de un panorama donde se cursan circulares a los hospitales para que dejen morir a los mayores de 80 años que no respondan adecuadamente al oxígeno, eso sí siempre bajo el criterio del médico, que así si alguien se tiene que comer el marrón que sea el ejecutor, nunca el instigador. Todo en medio de la compra de test que ofrecen una fiabilidad deplorable y de la escasez, ya sangrante, de respiradores y medios de protección. Todo en medio de ingresos selectivos en los hospitales y altas de pacientes potencialmente contagiosos. Todo, en fin, mostrando una lamentable incapacidad, voluntaria o negligente, para detectar y segregar a la población infectada como paso fundamental para superar la crisis, según ha reiterado en numerosas ocasiones la OMS y según dicta el sentido común, el menos común de los sentidos.

Porque no hay que ser muy lince para ver que la única solución que ofrece este deleznable Estado es la de confinarnos a perpetuidad. Cerrar la puerta y tirar la llave. Es el equivalente sanitario al “si necesito ingresos subo los impuestos” de toda economía estatal más que básica, submental.

Con “nos acercamos al pico” y “lo peor está por llegar” ya preparan al pueblo para la cadena perpetua. Frases recurrentes y machaconas que llenan nuestros noticiarios, no tan inocentemente como se pudiera pensar, e inducen a las masas a conclusiones del tipo “si lo peor está por llegar no pueden soltarnos tan pronto”, lo que supone la aceptación tácita de la perpetuación de esta indeseable situación.

Pues, señores, por mi parte no van a tener ni mi apoyo ni mi comprensión. Hagan su trabajo, háganlo bien y en plazo, y sólo así acreditarán algún atenuante a su negligente actuación que tantas y tantas vidas está costando.

Tal vez ha llegado la hora de empezar a exigir, más que a homenajear y a trivializar. Tiempo habrá para todo, pero lo primero es lo primero. Y lo primero es solucionar el problema. Exigir que se solucione el problema. Luego vendrán los homenajes a todos los que lo merezcan, que serán muchos, sanitarios o no. No permitamos que la gestión de la crisis sea un circo de tres pistas, donde por no saber a dónde mirar, perdemos de vista lo importante en aras de un entretenimiento improductivo y vacío. A pesar de la presión mediática tenemos que conseguir ver el bosque a través de los árboles.

Exigir una eficaz y rápida solución no es ser insolidario. Lo contrario tampoco, pero aunque no lo creáis no sirve para nada, o a lo peor sirve para enquistar la incompetencia y la deslealtad de un Estado para con su pueblo. No legitimando esta actuación honramos a nuestros muertos, víctimas irreparables de esta nefasta crisis cuyas consecuencias serán largo tiempo recordadas. Y no olvidéis que si lo peor está por venir, ni es culpa nuestra ni está en nuestras manos solucionarlo. El “Quédate en casa” no es suficiente. Y el Estado lo sabe.

martes, 31 de marzo de 2020

De la sociedad actual y el papel del Estado

Ni el orden exterior aparente de un Estado policial, ni los ejercicios legalmente permitidos de ingeniería y saqueo en torno al capital financiero, ni los convenios de consorcios y multinacionales, ni otras medidas organizadas para engañar al pueblo pueden ser reconocidos como “orden” por muy bien que “funcionen”. También la mafia tiene su “orden” y las cárceles se rigen por el llamado “orden carcelario”.

Desde el punto de vista de una comunidad orgánicamente estructurada, diríase más bien que todas las manifestaciones de nuestra vida pública, de esta nuestra sociedad con la que nos ha tocado lidiar, son absolutamente decadentes, esclavizadoras, alienantes, falsas y, observadas desde arriba, muestran un cuadro totalmente anarquizado y caótico, el cuadro de una lucha de todos contra todos.

Gobierno contra pueblo, partidos contra partidos –concertando simultáneamente las alianzas más extrañas e imposibles-, parlamentos contra gobiernos, trabajadores contra empresarios, consumidores contra productores, comerciantes contra productores y consumidores, propietarios de viviendas contra inquilinos, funcionarios contra ciudadanos, clase obrera contra burguesía; todos golpeando con furia sobre el momentáneo adversario, todos teniendo únicamente en cuenta su propio interés, la salvaguarda de su posición de privilegio y los intereses de su bolsillo.

Ninguno piensa que también el otro tiene derecho a la vida, nadie reflexiona acerca del hecho de que la persecución desconsiderada del provecho propio sólo puede ser alcanzada a costa de los demás. Nadie se preocupa por el bienestar del semejante, ni dirige la mirada hacia los deberes a cumplir frente al conjunto de la sociedad, ninguno quiere detenerse mientras corre sin aliento en pos del enriquecimiento personal. Codazo en el estómago del vecino para adelantarle y, si proporciona ventaja, pues se camina sobre cadáveres. ¿Para qué andarse con consideraciones? Ande yo caliente ríase la gente. Este es el moderno espíritu económico y social.

Así caza y ruge, vocifera y grita la multitud. Así empuja, tironea, pisotea y derriba a golpes el más fuerte al más débil, el más vulgar al más respetuoso, el más bruto al más noble. La avidez de placeres mata a la cultura, la arbitrariedad triunfa sobre el derecho, el interés partidario sobre el bien colectivo. El robo y la especulación aplastan al trabajo honrado.

Victoria tan contundente de todos los bajos instintos jamás se había visto.

Pero no nos engañemos, estamos en una época de férrea disciplina apoyada en una virulenta manipulación, por lo que es comprensible que la mayor parte de las personas inmersas en esta sociedad no vean salida al caos imperante y se lancen a favor de la corriente en un insensato baile en torno al becerro de oro, aún a sabiendas de que ello los llevará a la destrucción y a la muerte.

Una conmoción tan profunda de la estructura orgánica de un pueblo sólo es posible cuando los valores de toda la sociedad están en franca decadencia o se basan en premisas falsas. Y en efecto, dentro de este mal llamado Estado de Derecho, políticos de todo signo y condición rinden tributo a una misma ideología: el individualismo.

De ahí la inutilidad manifiesta del Estado para afrontar retos que exigen de él eficacia y generosidad, características que ni tiene, ni quiere tener. Tan podrido moralmente está, y tan sometido a vasallaje, que el tan deseable “Antes el bien común que el bien individual” se le antoja una tarea imposible, más allá de torpes, simbólicas e inútiles manifestaciones más o menos sensibleras que sirven de eficaz cortina de humo ante un pueblo ciego y alienado que, hoy por hoy, está muy lejos de reaccionar. 

jueves, 26 de marzo de 2020

Cómplices o ineptos

La Organización Mundial de la Salud ya lo ha dicho. Los test masivos son fundamentales y haberlo ignorado significa haber perdido la oportunidad de acabar con la pandemia.

Así de claro. Ignorar los antecedentes y no aplicar la segregación entre individuos sanos e infectados nos ha llevado a la situación actual.

Una vez más, España se sitúa en la parte alta de un ranking, el de afectados y fallecidos por el Covid-19, vergonzante y vergonzoso.

La incompetencia del Estado de este nuestro lamentable país supera con creces todo lo hasta ahora conocido. Nótese que digo Estado, no Gobierno. Y lo digo porque estoy seguro de que con otros gobernando el resultado habría sido el mismo. Diferentes perros, mismo amo.

El llamado Estado de Derecho o Estado del Bienestar, permitidme una sonrisa, nos maneja con mano de hierro desde hace más de cuarenta años, con unas estructuras y un funcionamiento interno que favorece la ineficacia, la mentira, la corrupción y la prevaricación y que ha convertido el absolutista “Todo para el pueblo, sin el pueblo” en un “Nada para el pueblo, con el pueblo”. Lobo con piel de cordero, el Estado vende humo disfrazándolo de libertad e idiotiza a las masas fomentando consignas y manifestaciones tan vistosas como inocuas para sus intereses.

El haber tomado medidas insuficientes, tarde y mal, desoyendo a la OMS e ignorando los antecedentes de China e Italia, convierte a nuestro Estado, en el mejor de los casos, en un inepto. Con resultado de muerte.

En el peor, hablaríamos de complicidad.

Paga el Estado, pagamos todos, a los que con sus fondos le sostienen.

Son evidentes los beneficios, para unos pocos, de esta pandemia. Es evidente lo dañados que, los que lo logren, van a salir de ella.

El Estado, a través de su testaferro el Gobierno, nos falta al respeto en ruedas de prensa carentes de contenido y de interés. El Estado manipula sistemáticamente la información, información que va adaptando para instaurar en la sociedad un miedo atroz e invalidante, un miedo que evite que sus decisiones sean cuestionadas. No es momento para críticas, nos dicen. ¿En serio que con un encierro de un mes y miles y miles de afectados y de muertos por su lamentable actuación no es momento de críticas? Por supuesto que es el momento, para que vean las orejas al lobo y se pongan a trabajar en serio para sacarnos de esta situación en el plazo prometido, perfectamente factible si de verdad se quiere y se destinan los recursos necesarios.

Está por ver si cuando salgamos de ésta, el pueblo es capaz de reaccionar y de pedirle cuentas al Estado por esta masacre o, por el contrario, seguirá siendo palmero fiel al axioma del Sistema menos malo. Me encantará verlo, si no resulto ser uno de los damnificados.

martes, 24 de marzo de 2020

Triaje mortal

Inmersos en plena crisis del ya tristemente famoso coronavirus Covid-19, ya son demasiadas ocasiones en las que llegan a mi conocimiento ciertas informaciones procedentes de profesionales del sector sanitario, primero tímidamente a través de las redes sociales y después de forma más explícita en la televisión, reina de los medios de comunicación de masas. Dichas informaciones vienen a denunciar el hecho, gravísimo, de que la falta de medios y de material está haciendo que en las urgencias de los hospitales se tenga que decidir a quién se cura y a quién se deja morir.

Como quiera que el Estado Español es el responsable de gestionar esta crisis y, por tanto, de dotar a estos hospitales de los medios necesarios para garantizar una adecuada atención a TODOS los pacientes que en ellos ingresen, de ser ciertas estas informaciones estaríamos ante una actuación que podría ser constitutiva de delito (homicidio negligente, tal vez).

Por ello, y esto va para esos profesionales sanitarios que han denunciado esta situación y que están en posición de recabar las pruebas pertinentes, se debería informar a los Colegios profesionales y/o a los Sindicatos del sector para que presenten la correspondiente demanda y, de esta forma, intentar que la muerte de cientos de personas por esa supuesta falta de atención, sea debidamente investigada, juzgada y los responsables, si así lo determinara la justicia, debidamente condenados.

Porque de nada sirve tirar la piedra y esconder la mano.

lunes, 23 de enero de 2017

Justicia laboral, una utopía

¡Dios te guarde, mundo!, pues en tu casa abaten a los privados y subliman a los abatidos, pagan a los traidores y arrinconan a los leales, libran al malicioso y condenan al inocente, despiden al más sabio y dan salario al que es más nescio, finalmente, allí hacen todos todo lo que quieren y muy pocos lo que deben.

Fragmento, también éste, del capítulo XXIV del libro V del “Simplicius Simplicissimus” de H. J. Ch. Von Grimmelshausen, publicado en 1669.

Casi 350 años después, podríamos decir prácticamente lo mismo, sin temor alguno a equivocarnos.

Habrá que situar a la justicia social y laboral en el ámbito de la utopía. Poco margen de mejora tiene, a estas alturas, el hombre.

De las edades del hombre y de los sinsabores de la vida

¡Dios te guarde, mundo!, pues andando empós de ti la infancia se nos pasa en el olvido, la puericia en experiencias, la juventud en carreras, andadas y saltos por vallas y pasarelas, por caminos y veredas, por montes y valles, bosques y frondas, por agua y  mar, en la lluvia y en la nieve, en el frío y en el calor, en vientos y tempestades, la virilidad se pasa en extraer y fundir minerales, arrancando y labrando piedra, cavando y construyendo, plantando y arando, tejiendo y urdiendo pensamientos, dando consejos, en quejas de desvelos, comprando y vendiendo, discutiendo, altercando, peleando, mintiendo y engañando, la senectud suspirando y gimiendo, presa de la pereza y la flojedad, y no tiene, en suma, hasta la muerte más que fatigas y trabajos...

...¡Dios te guarde, mundo!, pues tu compañía es una carga para mí, la vida que nos otorgas es un miserable peregrinar; es inconstante, incierta, dura, ruda fugitiva e impura, poblada de miserias y equivocaciones, de ahí que deba ser llamada muerte mejor que vida. A cada instante morimos, debido a las múltiples causas de la inconstancia y las numerosas vías que conducen a la muerte. No te contentas con las amarguras y sinsabores que nos rodean sino que engañas a la mayoría de los hombres con tus adulaciones, hechizos y falsas promesas. Del cáliz de oro que portas en tu mano das a beber hiel y falsedad, y los tornas ciegos, sordos, locos e insensatos. ¡Ah!, dichosos aquellos que rehúsan tu compañía, desprecian tus momentáneos y pasajeros placeres, rechazan tu compañía para no perecer con tu astuto y pérfido impostor. Pues tú nos conviertes en abismo tenebroso, en reino miserable, en hijos de la ira, en carroña pestilente, en instrumento impuro de estercolero, en instrumento de descomposición repugnante y fétido; pues cuando nos has torturado por largo tiempo con adulaciones, caricias, consuelos, torturas, plagas, martirios y penas entregas el extenuado cuerpo a la tumba y colocas el alma en una incierta encrucijada. Pues aunque nada hay más cierto que la muerte, sin embargo, el hombre no sabe cuándo y dónde ha de morir y, lo que es más triste, dónde irá a parar su alma, ni que será de ella.

Fragmentos del capítulo XXIV del libro V del “Simplicius Simplicissimus” de H. J. Ch. Von Grimmelshausen, capítulo basado casi íntegramente en el capítulo XX del “Menosprecio de corte y alabanza de aldea” de Antonio de Guevara.

jueves, 4 de agosto de 2016

Vendiendo imagen

Hoy he dado de baja a un "amigo" en Facebook.

Porque aunque ya había dado muestras de ser un individuo repugnantemente rastrero, retorcido, cultivador de la falsa modestia y falso adulador, uno puede asumir que esas "virtudes" son más frecuentes de lo deseable en las personas que frecuentan las ya consolidadas y prácticamente inevitables redes sociales.

Pero lo que ya es el colmo y en modo alguno asumo ni acepto es que este individuo haga impúdica ostentación de su supuestamente generoso y desinteresado proceder. Con su entrada tipo "fulanito está en el hospital x donando sangre" se equipara a empresas y famosillos que cuando realizan algún tipo de actividad benéfica o solidaria pierden el culo en asegurarse de que se sepa hasta en el último rincón del universo porque su generosidad, presumiblemente falsa y evidentemente  interesada, vende.

Los de verdad generosos y solidarios son también desinteresados y humildes y suelen resultar invisibles para el resto de la humanidad. No necesitan reconocimiento ni notoriedad. A ellos me quiero parecer y no a este, mi ex-amigo del Facebook.

domingo, 19 de junio de 2016

Necios e hipócritas

El autodenominado “Estado de Derecho”, bajo cuyo paraguas tengo la desgracia de vivir, ha demostrado, una vez más, su necedad y su hipocresía.

Necios, por ignorar con prepotencia las señales inequívocas que algunos ciudadanos contrarios a tan abyecto régimen, entre los que me encuentro, ponemos de manifiesto en todas y cada una de las ocasiones en que somos invitados a participar en lo que supone el acto supremo que legitima su perpetuación, las elecciones. Ya me contaréis qué sentido tiene el ser conminado a formar parte de una mesa electoral cuando es indudable que tienen acceso a una información que, si se tomaran la molestia de consultar, les permitiría conocer el número de veces que he participado en las tristemente famosas jornadas electorales y que, como ya habréis adivinado, es igual a cero. De este hecho deducirían, si la necedad no les impidiera ver, que si no he acudido nunca sólo puede ser por desidia o por oposición. En ambos casos la convocatoria está de sobra, sobre todo teniendo en cuenta las legiones de seguidores con las que parece contar este maravilloso régimen y que, a buen seguro, se prestarían a participar voluntariamente con la alegría y el entusiasmo que toda acción altruista conlleva.

Hipócritas, porque de nada sirve la difusión de eslóganes y palabrería barata si no se predica con el ejemplo. Porque contrariamente a los principios que dicen defender, la libertad de credo y de pensamiento, obligan bajo pena de cárcel a participar en un acto propio del régimen, para nada desprovisto de significado y para nada neutral. Obligan a opositores al régimen, sin reconocerles su libertad de credo y su derecho a la objeción de conciencia, a participar en su particular orgía de papeletas y urnas. Y sí, he dicho opositores al régimen, porque aunque resulte difícil de creer y a pesar del bombardeo mediático del “es el menos malo de los sistemas”, hay personas que no dan esa frase por buena y que tienen el valor de disentir de estos demócratas de pacotilla para los que todo lo que se salga del reconocimiento a sus postulados políticos y económicos, si es que realmente tienen alguno, no merece ni su respeto ni su comprensión. Pues señores, sepan que a mí  este régimen corrupto y tremendamente dañino no me gusta en absoluto y que, por tanto, tengo la obligación ética y moral de no colaborar en absoluto a su perpetuación. Y que obligarme, bajo pena de cárcel, a facilitar el desarrollo de una jornada electoral es un atentado contra mi libertad de pensamiento, contra mis convicciones y contra mis creencias, o lo que es lo mismo un ataque directo a mi dignidad. Es como si a un animalista le obligaran a colaborar en la preparación de una plaza de toros para un festejo, o como si a un católico le obligaran a peregrinar a La Meca, o como si a un antibelicista le mandaran a la guerra. Es actuar como tiranos, haciendo gala de esa tiranía que, según cuentan, es deseable evitar. 
 
Necios e hipócritas. Árboles más altos han caído. Lástima que yo, probablemente, no lo veré.  

lunes, 21 de marzo de 2016

Mimoun

Hace dos años, tal vez tres, que descubrí a Chirbes. Fue con su novela “Crematorio”,  feroz crítica de la España del boom inmobiliario, esa España que a todos habría de pasarnos factura. Un libro contundente, directo y demoledor, escrito con una prosa soberbia que resultó para mí una gratísima sorpresa y un descubrimiento literario de primer orden.

Como siempre que descubro a un escritor que me gusta, no suelo tardar mucho en continuar leyéndole. Eso he hecho con Chirbes. Y lo he hecho con su primera novela, “Mimoun”.

Tremendo error, porque este relato ambientado en Marruecos y afortunadamente corto, nos muestra desde la página uno esa prosa que años más tarde convertiría a Chirbes en uno de los grandes de la lengua castellana, pero también nos muestra a un Chirbes incomprensiblemente pedante que escribe en francés cuando esa es la lengua en la que se expresa el personaje de turno. Una forma de seleccionar lectores, desacertada a todas luces, porque poco o nada tienen que ver la cultura y el gusto por la literatura con el multilingüismo. Recurso estilístico que emponzoña la obra e indigna al lector.

Y todo ello, consentido por un editor que complaciente, prioriza las preferencias del autor.
Fácil habría sido contentar a todos mediante la inclusión de pies de página que arrojaran un poco de luz sobre aquellos fragmentos sólo actos para francoparlantes.

Yo, por mi parte, le daré otra oportunidad a Chirbes. La excelencia de su “Crematorio” le hace merecedor de ella. Espero que deshaga el empate.

Respecto a “Mimoun” no gastaría ni tiempo ni dinero en ella. A Chirbes, q.e.p.d., poco le va a importar. A la editorial, es otro cantar. 

jueves, 18 de febrero de 2016

Historia de un parado - El cazador

En 1978 Michael Cimino dirigió “El Cazador”, película cuyo argumento gira, según podemos leer en la wikipedia, en torno a “la vida de tres obreros siderúrgicos de Pensilvania: Michael, Nick y Steven, cuyas rutinarias y felices vidas se transforman de modo irreversible en medio de la trágica devastación de la Guerra de Vietnam. Allí son capturados por el vietcong, que mantiene a los presos en condiciones infrahumanas y les obliga a jugar a la ruleta rusa apostando a ver cuál de ellos sobrevivirá. Logran escapar, pero la experiencia les produce heridas físicas y psicológicas que les marcarán en su regreso a casa”. 

Es una película que me causó un gran impacto la primera vez que la vi. Plasmaba, de forma magistral, la fragilidad de las diferentes etapas de nuestras vidas. La facilidad con la que, en un instante, factores externos las cambian y marcan para siempre. El gran crítico de cine Carlos Boyero la define muy bien "No es una película sobre la guerra, sino sobre la amistad. Sobre cómo la vida puede joder las cosas más hermosas que hemos tenido, la imposibilidad de recobrar el esplendor en la hierba. También es un canto a la supervivencia. A mí me sigue haciendo llorar".

Si donde dice obreros siderúrgicos ponéis empleados de banca, si cambiáis el número y los nombres de los protagonistas y si sustituís la Guerra de Vietnam por el ERE de CatalunyaCaixa, el guión de mi vida parece adaptarse, salvando las distancias, al guión de tan magnífica película.

La primera parte de la película trata de la amistad. De cómo se sustenta en una vida rutinaria pero estable en lo laboral, en lo económico y, en cierta medida, en lo sentimental. Probablemente como nosotros.

Es en la segunda parte, la guerra, donde el sufrimiento extremo provocado por un hecho ajeno a las voluntades de los protagonistas tiene como consecuencia un terremoto físico y, sobre todo, psicológico que resquebrajará los cimientos de dicha amistad, ya que no todos salen del mismo modo ni lo afrontan de la misma manera. Posiblemente como nosotros.

Michael (el personaje interpretado por Robert De Niro), en su regreso a casa se muestra cerrado y distante con sus amigos y seres queridos, los cuales se muestran débiles, infelices y, por qué no decirlo, incómodos con su sufrimiento y su situación. Como con el pobre atormentado y desgraciado al que conviene evitar. Steven (interpretado por John Savage) también ha regresado y se encuentra recluido en una institución para veteranos porque la vergüenza de haber perdido sus dos piernas le hace sentirse física y psicológicamente inservible y es incapaz de enfrentarse a su mujer, a su hijo y a sus amigos, por los que siente un resentimiento irracional al verificar que ellos conservan lo que él ha perdido. Nick (interpretado por Christopher Walken) ha perdido totalmente la cabeza y se dedica a deambular por el sudeste asiático jugándose la vida en partidas de ruleta rusa como medio de alcanzar una muerte lo más rápida e indolora posible.

Diferentes formas de afrontar el desastre. Como nosotros y como nuestro entorno.

A través de tres horas de metraje, Michael se embarca en un torrente emocional en el que confluyen los más variados y complejos estados anímicos,  sin abandonar, no obstante, la voluntad de reconducir la vida de sus amigos. Los daños emocionales que ha causado la guerra son demasiado poderosos como para permitirle triunfar en el empeño.

Personajes cambiantes y desconcertantes en su manera de pensar y actuar, a los que a veces entendemos y a veces odiamos, pero por los que siempre sentimos una extrema compasión. Será por la felicidad, la estabilidad y la amistad, si no perdidas del todo, sí sensiblemente afectadas. Tal vez, como nosotros.

Culpables. No los hay. Culpable. Sí, la vida y sus circunstancias. La guerra, la enfermedad, la muerte, …,  la exclusión, El ERE.

Pensilvania, cuando volvieron, seguía ahí. Ya no la disfrutarían de la misma manera, probablemente ya no la disfrutarían juntos. Pero seguía ahí. La tierra y la vida. Algo poderoso a lo que aferrarse.

La montaña, sigue ahí. Probablemente ya serán pocas las ocasiones en las que la disfrutemos juntos y ya no la disfrutaremos de la misma manera. Pero sigue ahí, y es algo muy poderoso a lo que aferrarse.

martes, 22 de diciembre de 2015

El cuento de los cuentos

Víctima de la demencial distribución patria que la ha arrinconado en sesiones únicas de salas minoritarias de versión original, esta maravillosa película dirigida por Matteo Garrone y basada en la obra El cuento de los cuentos del escritor napolitano del siglo XVII Giambatista Basile, hace gala de una estética sublime. Tres historias de tres reinos y sus caprichosos monarcas. Fábulas extravagantes, crueles y macabras filmadas, sin embargo, con una sensibilidad y un buen gusto que convierten en un supremo goce estético su contemplación. Memorable la secuencia de la lucha subacuática del Rey con el Monstruo. Hacía mucho que no veía nada igual. Tardaré mucho en olvidarla o, pensándolo mejor, no creo que la olvide jamás.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Polución

Ayer, día 4 de diciembre de 2015, decidimos, mi mujer Carmen y un servidor, celebrar nuestro 27º aniversario de boda comiendo en un restaurante de Madrid, para lo que efectuamos la oportuna reserva unos días antes.

Y en esto que llegado el día nos topamos con la maldita contaminación madrileña en un punto que, al parecer, obliga a las muy ecologistas autoridades municipales a restringir el tráfico con diversas medidas. Ese día, una de ellas era la imposibilidad de aparcar en las zonas azules y verdes de Madrid.

Aún cuestionándome la eficacia de tales medidas, puedo llegar a entenderlas. Pero lo que no es de cajón es que nuestro bolsillo se vea afectado por ello, porque de hecho acudir a Madrid desde Fuenlabrada, donde residimos, nos resultó el doble de caro en transporte público que en coche.

Y digo yo. Si nuestro perroflautico gobierno municipal en un alarde de modernidad decide emular a otras ciudades que están tomando medidas similares, sería justo y deseable que también las emularan tomando medidas sociales paliativas que en algunas de esas ciudades se llevan a cabo, como el transporte público gratuito o a precio reducido en los días de restricción circulatoria.

Porque señores, el transporte público es caro y desde la periferia, carísimo. En la periferia vivimos muchos de los que, expulsados de nuestra ciudad, Madrid, por los desorbitados precios de la vivienda, no tuvimos más remedio que recalar en estas ciudades dormitorio, arrabaleras y decadentes, como única salida a nuestro afán de independencia. Y nuestro poder adquisitivo no suele ser alto. Y la tasa de desempleo y de precariedad, ni te cuento.

Así pues, señores gobernantes municipales que se las dan de fomentar medidas sociales, pacten con el gobierno pijoautonómico para dejar de jodernos de una puta vez, que al final todos los platos rotos los pagamos los putos pobres. Porque estaréis de acuerdo conmigo en que a los que tienen dinero de sobra para pagar los carísimos aparcamientos privados del centro de Madrid y varios coches con matrículas de numeración variada, afectarles estos cortes de tráfico, lo que se dice afectarles, más bien poco. A los que vamos ramplando en cuestión económica es otro cantar. Joder, si hasta nos penalizan al aparcar en las zonas azules y verdes por tener los coches viejos y, por tanto, más contaminantes. Pero que se han creído, que tenemos coches viejos por capricho, no te jodes. Regálarme uno nuevo, que yo encantado.

Es necesario un pacto perroflautico/pijotero en materia de transportes. Lo del bono transporte para parados, del que se benefician cuatro gatos, es de risa. Un poquito de seriedad y un poquito de conciencia social. La Comunidad, con haberse colgado la medalla del abono para jóvenes, ya ha ganado un puñado de votos, suficientes para echarse a dormir. El Ayuntamiento, con rocambolescas propuestas más propias del guión de Bananas de Allen que de las necesidades de los ciudadanos, se está poniendo a la altura del “relaxing cup of café con leche”. Y mientras tanto, nosotros, como siempre, jodidos.

Algún día, a lo mejor, despertamos. Algún día, a lo mejor, algo cambia. O, a lo peor, no.

martes, 25 de agosto de 2015

La maldición de las visitas guiadas

Como si de una maldición bíblica se tratara, se está imponiendo la perniciosa moda de las visitas guiadas o, rizando el rizo, teatralizadas.

Que no digo que no tengan que existir ni que, a su manera, puedan resultar interesantes. Tampoco niego que sean, para algunos, hasta deseables. Lo que digo es que no pueden ser excluyentes.

Porque el problema surge cuando la única forma de visitar un monumento es la maldita visita guiada, eliminando totalmente la posibilidad de visitarlo por libre.

Y digo yo, por qué tengo que pagar más, por qué tengo que invertir más o menos tiempo en la visita, por qué tengo que estar rodeado de gente y seguir el recorrido previsto como si fuéramos ganado mientras abren y cierran puertas a nuestro paso (no quiero ni pensar que pasaría si a alguien le da un apretón),  por qué tengo que aguantar durante todo el recorrido la estrecha vigilancia del segurata de turno que nos acosa como si fuéramos delincuentes, por qué tengo que soportar impertinencias del tipo “no tenemos todo el día” o “tenemos que darnos prisa en acabar” pronunciadas sin ningún pudor por el guía asignado. Y si hablamos de fotos y llevas una cámara “gorda” ni te cuento. Ya no es que seas un potencial delincuente, es que eres el enemigo público número uno y la mirada del de seguridad, clavada en ti, te incomodará durante todo el recorrido.

En fin, que digo yo que con una pequeña guía o folleto explicativo somos capaces de visitar libremente el monumento en cuestión. Que la mayor parte de nosotros somos respetuosos con las obras de arte que estamos contemplando, y si hay algunos que no lo son caiga sobre ellos todo el peso de la ley. Que si voy por libre, yo decido, no el guía, el tiempo que le dedico a cada sala, a cada obra de arte, a cada rincón. Que lo veo relajado, no azuzado. Que lo disfruto enormemente más.

Por favor, devuélvannos la libertad. Que me parece muy bien que haya visitas guiadas, para los que gusten de ellas, pero eso no puede significar la eliminación de las visitas por libre.

Barrunto motivos económicos. Aumentan los ingresos, ya que las visitas guiadas son más caras, las teatralizadas ni te cuento y además, haciendo gala de una sinvergonzonería sin límite se permiten mostrar más o menos dependencias en función del tipo de visita elegido, o lo que es lo mismo los pobres ven el exterior, la clase media algunas dependencias en visita guiada y los más pudientes todas las dependencias en visita teatralizada. Que fuerte. Por otro lado, disminuyen los gastos de personal porque siempre será mejor pagar el sueldo de un solo guía y  un solo vigilante de seguridad encargados de conducirnos dócilmente a lo largo del recorrido, que tener un empleado-vigilante  por sala.

Justos por pecadores. El tema de las fotos es otra cuestión. Prohibidas en cada vez más sitios y sin motivo aparente. Con flash, de acuerdo con la prohibición, pues es sabido que el destello daña las obras de arte. Sin flash, no. Es porque os apetece venderme vuestras fotos o porque es más fácil vigilar que nadie haga fotos que vigilar que nadie use el flash. Vuestro interés y vuestra comodidad me impiden llevarme imágenes que me permitan seguir disfrutando en el futuro de lo contemplado. Porque lo peor, es que en muchos casos ni me dejan hacer fotos ni se toman la molestia de reproducir decentemente las obras más significativas para venderlas en la tienda a un precio razonable, con lo que ni comen ni dejan comer.

En fin, el egoísmo, el sinsentido y la sinrazón dominan el mundo de las visitas culturales.

Al menos que quede constancia de mi oposición a tan despreciable conducta.   

lunes, 27 de julio de 2015

Historia de un parado - Carta de presentación desesperada

Texto de la carta de presentación que acompañando a mi curriculum vitae he enviado a diversas empresas de la zona donde resido

 
Estimados señores

Consciente como soy de que el triste destino de este escrito será, con toda probabilidad, el de no ser leído, no es menos cierto que mi obligación moral para con mi familia, de la que hoy por hoy soy el único sustento, me anima a enviarla en la esperanza de que la diosa fortuna la haga llegar al lugar y en el momento adecuados y de que la calidad y profesionalidad de la persona receptora convierta en un error mi creencia inicial.

El caso es que, tras más de 30 años de vida profesional jalonada de éxitos y con una trayectoria claramente ascendente, me he visto afectado por el ERE de CatalunyaCaixa, última Entidad para la que he trabajado, que haciendo gala de una crueldad tan dolorosa como esperada me ha arrojado en brazos del desempleo.

Como podrán ver en el Currículum Vitae que adjunto, estoy perfectamente capacitado para desarrollar cualquier función profesional de tipo administrativo, en especial aquellas relacionadas con los departamentos financiero y de control interno, donde he pasado muchos años con personal a cargo.

Son tiempos difíciles para nuestro querido país y, consecuentemente, las dificultades para encontrar un empleo son enormes. A la abundancia de demanda y la escasez de oferta, se responde por parte de las Consultoras de selección de personal con fórmulas estandarizadas que criban con un más que discutible criterio a los candidatos a cualquier puesto de trabajo ofertado.

A los jóvenes se les pide experiencia. A los mayores, juventud. Y a todos, el maldito inglés.

Pues bien, por mi parte ofrezco experiencia y formación. Inglés hasta donde llego, bastante para desarrollar mi labor profesional pero insuficiente para emular a Oscar Wilde. Joven, pues no soy joven, pero un viejo chocho e inservible, tampoco.

Activo, amante del deporte, de la cultura y de la vida. Con necesidad y ganas de darlo todo en el desarrollo de mi actividad profesional, anhelo la oportunidad de sacar a mi familia de la situación a la que la vida nos ha empujado, siendo como somos una de esas familias en la que todos sus miembros se encuentran desempleados.

Con experiencia, formación y un buen estado de salud, empíricamente demostrables, sólo me cabe confiar en que quién esto lea, no corte los trajes en función de la moda imperante y su visión le permita tener en cuenta mi candidatura a la hora de cubrir hipotéticas vacantes que encajen con mi perfil profesional.

Espero que pronto podamos sentarnos, hablar y llegar a la conclusión de que el establecimiento de una relación profesional supone un beneficio para ambas partes.

Quedo a la espera de sus noticias y a su disposición para cualquier aclaración que precisen.

Atentamente,


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Tal vez un simple “Acusamos recibo de su escrito. Sentimos no podemos ofrecerle vacante alguna en este momento. Si en un futuro surgiera la necesidad de cubrir alguna que se ajuste a su perfil profesional tendremos en cuenta su candidatura. Gracias por confiar en nosotros. Atentamente”, habría sido lo educado.

A lo mejor se han tomado como algo personal el tono amargo y sarcástico de la misiva. O simplemente es que están siendo fieles a la catadura moral que se gastan la mayoría de las empresas que se mueven dentro de este sistema liberal-capitalista que nos ha tocado sufrir.

miércoles, 20 de mayo de 2015

De los que ni comen, ni dejan comer

Para comprender los derroteros por los que transita nuestra sociedad, tenemos que comprender el comportamiento de la masa.

Definido magníficamente por nuestro ilustre compatriota Ortega y Gasset, yo resumiría el comportamiento de sus integrantes con una única y prosaica frase, ni comen ni dejan comer.

Porque de todos es sabido que son superiores en número, que no en calidad. Consecuentemente, en un sistema como el que nos ha tocado vivir, tienen las de ganar.

Y, no lo olvidemos, son mediocres. Mediocridad de la que hacen gala en todos y cada uno de los escenarios en los que se mueven. Y como son más, su mediocridad siempre se impone.

Carecen de la inquietud de mejorar y de superarse. Carecen de gusto y, además, alardean de ello. Son egoístas, insolidarios, envidiosos y mezquinos. Carecen de moral e ignoran lo que la ética significa.

Acomodaticios y vulgares, consideran la búsqueda de la excelencia como una amenaza y a los que la practican, como enemigos a batir. Esta es, de lejos, su característica más dañina. No sólo no aportan nada valioso, sino que se dedican a impedir de forma muy activa que otros lo hagan. Boicotean sistemáticamente cualquier intento de mejora en aquellos colectivos a los que pertenecen o en aquellos ambientes por los que se mueven, en especial si ello les va a suponer un esfuerzo, por pequeño que éste sea.

Son de los de “ande yo caliente, ríase la gente”, en lugar del más generoso “antes el bien común que el bien individual”.

Son los culpables del estancamiento de sociedades y grupos. Son la ponzoña que inmoviliza e impide avanzar. Son la Santa Inquisición de nuestros días. Los que queman, sicológicamente, a los que no son como ellos. Los que desaniman e impiden avanzar a la creatividad, al buen gusto y al trabajo bien hecho. Son los que juzgan pero no quieren ser juzgados. Son los que imponen su mediocridad, disfrazándola de libertad de elección. Son los que no admiten críticas, porque caerían en el primer asalto. Son los derrotados que quieren arrastrarnos en su caída.

Olvidan que los avances no se deben a personas como ellos, sino a las personas a las que aspiran a destruir. En su ceguera, no alcanzan a ver que la caída de éstas es su caída. Con su estupidez, desalientan a los que por ellos quieren luchar.

La masa, en estado puro.

miércoles, 8 de abril de 2015

De la falta de respeto

Un mal contra el que llevo batallando toda mi vida.

Es costumbre de gran parte de mis conciudadanos inmiscuirse en la vida de los demás, sea o no de su incumbencia. Acostumbran a actuar como juez y parte. Se atreven, haciendo gala de una enorme desvergüenza, a juzgar y condenar decisiones y acciones que están muy lejos de su jurisdicción y que pertenecen al ámbito privado de personas adultas que ejercen su derecho al libre albedrío. Se crean expectativas de cómo los demás han de actuar y cuando estas expectativas, como suele ser frecuente, no son satisfechas, arremeten contra el que de esta forma, y según su limitada visión de la vida, les ha ofendido en lo más hondo de sus convicciones, regalándole una buena dosis de desprecio.

Pues señores, sepan que los despreciables son ustedes. Que las decisiones de las personas adultas, si no van en contra de su seguridad, de su dignidad y de su independencia, ni atentan contra las elementales normas de convivencia que rigen en cualquier sociedad civilizada, han de ser respetadas aún cuando no sean compartidas. Que lo contrario es una falta de respeto y que los ofendidos no deben ser ustedes, sino los que han sufrido de su injerencia. Que quién no respeta, nunca será respetado, y por tanto, ustedes actuando de esta manera serán siempre despreciados y no se ganarán nunca el respeto que de otra forma tal vez acreditarían.

Semidioses zafios, manipuladores e intolerantes que emponzoñan toda relación, desde el mismo momento en que abren sus pestilentes bocas.

Más os valdría ocuparos de vuestras mediocres vidas, muy necesitadas de valores que las hagan dignas de ser vividas. Ni coméis ni dejáis comer. Probar a vivir y dejar vivir y tal vez os ganéis un sitio en el Purgatorio, que en el Paraíso ya lo veo difícil.

Te regalo un jarrón y te digo dónde lo tienes que poner, te invito a mi casa y te digo todo lo que tienes que hacer, te hago un favor y te digo que favor quiero a cambio. Gentuza interesada.

Te digo lo que tienes que hacer, lo que tienes que decir, cómo te tienes que comportar, a quién tienes que visitar, cuántas veces me tienes que llamar. Gentuza entrometida y manipuladora.

Y si no les doy gusto, encima se cabrean conmigo e intentan colgarme la etiqueta de desagradecido o de antisocial. Los regalos, las invitaciones y los favores se han de hacer desinteresadamente. Se dan consejos, no instrucciones. Y si no se siguen, pues a joderse, que para eso el que los recibe tiene derecho a elegir.

No voy a pasar por el aro, como los leones amaestrados en la arena del circo. No voy a ser como vosotros queréis que sea, sino como yo decida ser. Muchos lo han intentado y han quedado en el camino. Mi independencia y mi derecho a elegir están por encima de vuestra injerencia, vuestra inquina y vuestra falta de respeto. Respeto, que al no respetarme, automáticamente perdéis. Basta ya. Dedicar el tiempo a revolcaros en vuestra propia mierda como los cerdos en la cochiquera que, dada vuestra catadura moral, a buen seguro os bastará para ser felices, y así, de paso, nos dejáis un poco tranquilos a los que queremos simplemente vivir.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La señora de las filloas y empanada en el segundo bar

Nadie puede poner en duda a estas alturas que el Camino es un verdadero filón para los lugareños que habitan sus márgenes. Miles y miles de peregrinos transitando por delante de sus casas y sus negocios son una muy evidente y potencial fuente de ingresos que hay que aprovechar. Sólo se trata de agudizar el ingenio para aligerar el peso de sus carteras.

Ya me avisó mi buen amigo Soco, peregrino antes que yo, que en una recóndita aldea cuya localización exacta no logro recordar, una anciana de venerable aspecto y aparente obsequiosidad, ofrecía a todos los peregrinos que transitaban por delante de su casa, un plato lleno a rebosar de apetitosas filloas. Lo hacía de tal forma que su ofrecimiento parecía producto de desinteresada generosidad hacia los sufridos caminantes. Nada más lejos de la realidad. Quién por incauto caía en la trampa y metía mano en el plato se encontraba, acto seguido, con el sablazo que, por lo que me han contado, no era moco de pavo. Yo la vi. Surgió de las sombras con el plato por delante y una actitud sumisa que, como ya iba sobre aviso, me recordó a la madrastra malvada de Blancanieves ofreciendo la manzana emponzoñada. Con un gesto de la mano rechacé su “invitación” y apretando el paso dejé atrás el escenario donde día tras día se representaba la misma escena, propia de novela picaresca, pero no por ello menos real.

En otra ocasión, mientras caminaba relajado y feliz por una zona boscosa fresca y muy agradable, pude ver a cierta distancia delante de mí a un anciano que caminaba en sentido contrario al del peregrinaje. Se acercaba, por tanto, a mí. Me resultó chocante su presencia, porque no creía estar cerca de población alguna. Más chocante aún fue que cuando llegaba a mi altura desvió su trayectoria para dirigirse directamente a mi flanco izquierdo donde, tras provocarme la tensión propia del desconocimiento de sus verdaderas intenciones, me susurró al oído la muy críptica frase “Empanada en el segundo bar” y siguió su camino sin detenerse. Sorprendido, tardé un tiempo en reaccionar. Tras analizar el episodio, concluí que debía tratarse de un anciano loco que se entretenía transitando a contracorriente el Camino y susurrando a los peregrinos frases sin sentido, como si de un código secreto se tratara. Marketing. Rudimentario, pero marketing. Eso es lo que era. Cuando tras un par de kilómetros llegué al pueblo, que sí había uno, pasé por delante de un primer bar y poco después llegué a las puertas de otro (el segundo bar) donde efectivamente tenían un cartel ofreciendo sus famosas empanadas. Como tenía una terraza agradable, me paré. Empanada no comí, no era hora, pero un café sí me tomé. No pude por menos que esbozar una sonrisa pensando en tan rocambolesca forma de promocionar el negocio. A la vez que publicitan sus empanadas mantienen al abuelo entretenido y en buena forma física. Optimización de recursos. En las escuelas de Marketing lo deberían contar.

viernes, 30 de enero de 2015

Los movimientos de cámara vuelven. Que Dios nos ampare

El fin de semana pasado me fui al cine a ver ´71 dirigida por Yann Demange, tentado por el argumento, como casi siempre, y dejándome influenciar por la opinión de los críticos, como casi nunca, si bien esta vez, gilipollas de mí, les hice caso.

El resultado fue reencontrarme con una forma de rodar que me horroriza y me repugna, una forma de rodar que creía superada, al menos en el tipo de cine que habitualmente consumo, pero que desgraciadamente ha vuelto con esta nefasta película que resucita fantasmas del pasado. Si es un caso aislado o no, el tiempo lo dirá.

Fue allá por el 2010 cuando escribí un artículo titulado “Movimientos de cámara o cómo estar a la última” en el que trataba este tema. Todas y cada una de las reflexiones que en él hacía, son aplicables a esta película, por lo que poco más puedo añadir. Sólo me queda reproducirlo para que quede constancia de mi opinión, que no ha cambiado un ápice desde entonces. Decía así: 

“Últimamente están proliferando películas tremendamente incomodas de ver por la obsesión compulsiva del Director de dotar a todas y cada una de las escenas de movimientos de cámara que son un sinsentido en sí mismas y que persiguiendo no se sabe muy bien el qué ¿originalidad, naturalidad, dinamismo?, lo que ciertamente consiguen es que salga del cine con dolor de cabeza tras estar durante toda la película más pendiente de la camarita que se mueve que de lo que cuenta la historia, con el resultado nefasto de que un buen guión es engullido por el traqueteo de los “cámara en mano”. Si además sumamos a estos movimientos, la utilización del primerísimo plano y las aberturas grandes de diafragma (zona enfocada mínima) ya tenemos el mareo asegurado.

Señores, esto es como todo, con moderación funciona y con exceso satura. La utilización de técnicas extremas de rodaje, y las citadas lo son, deben usarse con muchísima moderación para no caer en el absurdo, como se está cayendo con demasiada frecuencia en el cine actual.

Son muchas las películas extraordinariamente buenas que se han realizado hasta ahora y que no recurren a burdos trucos de prestidigitador para impresionar al espectador fácil.

Estoy un poco harto de  salir del cine con los ojos bizcos y cansados de tratar de definir algún detalle de las escenas que cual huracán pasan veloces ante mi mirada atónita.

Y también estoy harto, dicho sea de paso, de los críticos de cine que no parecen darse cuenta, o al menos en sus “crónicas” no lo citan, de este fenómeno visual, limitándose a glosar de forma muy poética la historia que estas películas nos cuentan, pero casi nunca cómo nos las cuentan. Diríase que son como androides avanzados a lo “Blade Runner” con una velocidad de asimilación de las imágenes en rápido movimiento muy superior a la humana, siendo lo que para mí es mareante, cámara lenta para ellos.

Tres ejemplos recientes, la muy aclamada Gomorra (que mareo), la muy comercial Quantum of Solace (una de James Bond que te hace desear que lleguen las escenas que no son de acción ¡Que aberración!) y en menor medida, My blueberry nights (equilibrando momentos vanguardistas con respiros al espectador, que lo agradece infinitamente).

Como es moda, pasará. Esperemos que sea pronto.”

P.D. Queda, con esta entrada, inaugurada una nueva sección dedicada al cine, otra de mis grandes pasiones. Titulada "Confesiones de un cinéfilo empedernido", agrupará bajo esta etiqueta mis opiniones en torno al séptimo arte.