La escritura como terapia


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miércoles, 11 de febrero de 2015

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La señora de las filloas y empanada en el segundo bar

Nadie puede poner en duda a estas alturas que el Camino es un verdadero filón para los lugareños que habitan sus márgenes. Miles y miles de peregrinos transitando por delante de sus casas y sus negocios son una muy evidente y potencial fuente de ingresos que hay que aprovechar. Sólo se trata de agudizar el ingenio para aligerar el peso de sus carteras.

Ya me avisó mi buen amigo Soco, peregrino antes que yo, que en una recóndita aldea cuya localización exacta no logro recordar, una anciana de venerable aspecto y aparente obsequiosidad, ofrecía a todos los peregrinos que transitaban por delante de su casa, un plato lleno a rebosar de apetitosas filloas. Lo hacía de tal forma que su ofrecimiento parecía producto de desinteresada generosidad hacia los sufridos caminantes. Nada más lejos de la realidad. Quién por incauto caía en la trampa y metía mano en el plato se encontraba, acto seguido, con el sablazo que, por lo que me han contado, no era moco de pavo. Yo la vi. Surgió de las sombras con el plato por delante y una actitud sumisa que, como ya iba sobre aviso, me recordó a la madrastra malvada de Blancanieves ofreciendo la manzana emponzoñada. Con un gesto de la mano rechacé su “invitación” y apretando el paso dejé atrás el escenario donde día tras día se representaba la misma escena, propia de novela picaresca, pero no por ello menos real.

En otra ocasión, mientras caminaba relajado y feliz por una zona boscosa fresca y muy agradable, pude ver a cierta distancia delante de mí a un anciano que caminaba en sentido contrario al del peregrinaje. Se acercaba, por tanto, a mí. Me resultó chocante su presencia, porque no creía estar cerca de población alguna. Más chocante aún fue que cuando llegaba a mi altura desvió su trayectoria para dirigirse directamente a mi flanco izquierdo donde, tras provocarme la tensión propia del desconocimiento de sus verdaderas intenciones, me susurró al oído la muy críptica frase “Empanada en el segundo bar” y siguió su camino sin detenerse. Sorprendido, tardé un tiempo en reaccionar. Tras analizar el episodio, concluí que debía tratarse de un anciano loco que se entretenía transitando a contracorriente el Camino y susurrando a los peregrinos frases sin sentido, como si de un código secreto se tratara. Marketing. Rudimentario, pero marketing. Eso es lo que era. Cuando tras un par de kilómetros llegué al pueblo, que sí había uno, pasé por delante de un primer bar y poco después llegué a las puertas de otro (el segundo bar) donde efectivamente tenían un cartel ofreciendo sus famosas empanadas. Como tenía una terraza agradable, me paré. Empanada no comí, no era hora, pero un café sí me tomé. No pude por menos que esbozar una sonrisa pensando en tan rocambolesca forma de promocionar el negocio. A la vez que publicitan sus empanadas mantienen al abuelo entretenido y en buena forma física. Optimización de recursos. En las escuelas de Marketing lo deberían contar.

domingo, 18 de enero de 2015

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Pulpo para desayunar y el incidente del tonto del pueblo

La novena etapa de mi Camino se inició muy temprano, en la localidad de Palas de Rei.

Tan temprana fue la partida que antes de las nueve de la mañana estaba atravesando Melide, localidad famosa por la preparación del pulpo, manjar que ofrecen en infinidad de bares que jalonan las calles por las que transcurre el Camino. Sorprendente es, que a esas horas las cocinas de dichos establecimientos estén funcionando a pleno rendimiento y que en cada puerta el empleado de turno te ofrezca entrar para degustar tan celebrada vianda. Más sorprendente es, comprobar que peregrinos hay que se rinden a la tentación y se desayunan pulpo y ribeiro como si de chocolate con churros se tratara. Por lo que a mí respecta, mi sistema digestivo protestaba sólo de pensarlo. Que le vamos a hacer. Soy un tradicional. Yo a esas horas prefiero un café con leche con una buena tostada. Cuestión de costumbres.

Pasado Melide, me encontré transitando totalmente sólo por el Camino, circunstancia extraordinaria pero que se daba en ese momento y lugar. Me acercaba a un pueblo, no recuerdo cual, y a medida que avanzaba se iban perfilando los edificios, desdibujados por la neblina mañanera. Ante mí, una especie de plaza empedrada con una iglesia a la derecha y un pequeño muro a la izquierda, que, siguiendo el Camino, tenía que atravesar. Pero había algo más. Era un hombre alto, delgado y desgarbado que con aire ausente paseaba en círculos por la plaza chapurreando una letanía ininteligible. Instintivamente mis manos se tensaron sobre las empuñaduras de los bastones. En otras ocasiones me los he encontrado. En todos los pueblos dicen que hay al menos uno. Suelen ser inofensivos, pero su imprevisibilidad asusta. Caminé resuelto y con decisión para salvar lo antes posible el lugar en cuestión. Sobrepasé su posición, no sin observar que me obsequiaba con una de esas miradas atravesadas que no auguran nada bueno. Puse todos mis sentidos en alerta máxima. Mis sospechas se vieron confirmadas. Al sonido de mis pasos le seguía el sonido de otros pasos. Si mis pasos aumentaban su cadencia, los otros también. Me estaba siguiendo. Una mirada hacia atrás provocó en él un torpe movimiento de disimulo que no hizo más que aumentar mi inquietud. Reanudé la marcha, y él reanudó la suya. Tenía que acabar con situación tan absurda. Giré de pronto, alcé los bastones y di unos pasos en su dirección en actitud amenazadora y lanzando un par de alaridos del tipo de los que usan para comunicarse los obreros de la construcción. Efecto fulminante. Giró y volvió hacia su plaza. Esperé hasta que medio desapareció en la distancia. Continué.

Finalicé la etapa en Arzúa, a dos jornadas de Santiago. Mientras cenaba un plato del excelente queso de la zona, regado con un buen vino blanco y rematado con un chupito de la célebre crema de orujo, tomé conciencia de lo rara que había resultado la jornada y de lo rico en anécdotas que estaba resultando el Camino. Supe entonces que algún día lo tendría que contar.

martes, 16 de diciembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La etapa reina

Fue hace siglos, en unas vacaciones de Semana Santa que pasé junto con mi familia, cuando descubrí la belleza de los montes que se elevan en tierras maragatas y bercianas, y ese recuerdo, unido a mi afición al senderismo y a mi pasión por la montaña, fue determinante a la hora de decidir que el inicio de mi Camino sería en Astorga. De esta forma evitaba las, a priori, aburridas etapas llanas y me sumergía de lleno y desde el principio en terreno montañoso.

La segunda etapa, Rabanal del Camino–Molinaseca, atravesando los Montes de León y con vistas a los Montes Aquilianos, se presentaba, pues, como un verdadero goce para los sentidos, por lo que comencé a atacarla con enorme ilusión y determinación.

Lo cierto es que lo que prometía un goce paisajístico ilimitado se convirtió en un calvario de sufrimiento.

Para comenzar, una corta y agradable subida entre jirones de niebla mañanera que se disipaba perezosamente, me depósito a los pies de la Cruz de Hierro, monumento donde di cumplida cuenta del ritual que en él se lleva a cabo (alimentar con una piedra el montón existente, sin saber muy bien por qué, que por cumplir no quede y sea por si acaso). A lo mejor el que la piedra que lancé al montón se partiera en dos al caer quería significar algo, pero como no era cuestión de dejarse influenciar por malos augurios, inicié el larguísimo descenso hacia Molinaseca que, por sus características, presumo que a no pocos les habrá pasado factura. En mi caso, así fue. Por culpa de mi inexperiencia a la hora de ajustarme la mochila, mis hombros resultaron seriamente dañados, y por culpa de mi exceso de confianza a la hora de hacer un uso insuficiente de los bastones, mis rodillas también.

Cuando llegué al albergue sólo me quedaban fuerzas para tumbarme a descansar, y fue tal la progresión del dolor en los hombros que cuando decidí incorporarme fui totalmente incapaz de hacerlo. Para lograr levantarme no tuve más remedio que girar sobre mí mismo, con un movimiento similar al de las croquetas cuando son rebozadas, cayendo al suelo boca abajo, para desde esta posición poder realizar las maniobras necesarias para ponerme en pie sin morir en el intento. Menos mal que al no haber nadie cerca en ese momento y a que la litera asignada era la de abajo, pude salvar decorosamente la situación. No quiero ni pensar en lo que habría pasado de estar tumbado en la litera de arriba.

Una ducha y varias toneladas de crema antiinflamatoria me proporcionaron la fuerza necesaria para llegarme hasta una mesa de la terraza del albergue donde sentarme a escribir. Los dolores persistían, aunque con algo menos de intensidad. Fue en ese momento cuando recibí la llamada de Carmen, mi mujer, que no tardó ni dos segundos en percibir que algo no iba bien. Enterada de mis problemas físicos y dado que sólo era mi segundo día en el Camino, quedó sumida, como es lógico, en un estado de honda preocupación. Por lo que a mí respecta, abatido, desganado y dolorido, tuve que batallar contra funestos pensamientos que no auguraban un buen final para la aventura recién iniciada, máxime teniendo en cuenta lo mal que había empezado y lo mucho que quedaba por hacer.

Afortunadamente era una soleada y agradable tarde de primavera y los dolores iban disminuyendo progresivamente gracias al buen hacer de la crema antiinflamatoria. Me animé a dar un corto pero relajante paseo por las calles de Molinaseca, me tomé una refrescante cervecita y rematé en una acogedora terraza bañada por la luz del atardecer donde ataqué con apetito un par de huevos fritos con chorizo regados con una botellita de vino, mencía y del Bierzo por supuesto. De nuevo estaba mentalmente arriba, seguro de que conseguiría culminar mi aventura y pasando uno de esos momentos felices y extremadamente fugaces con los que la vida te regala de vez en cuando. Era el momento de llamar a Carmen. La conversación nos devolvió la confianza y la calma. Todo sería muy diferente a partir de ese momento. Los inicios siempre son difíciles, pero sabía que con la mentalidad adecuada no había reto que no pudiera superar.

Después de la cena, y antes de retirarme a descansar, pasé largo rato sentado en la terraza del albergue, bajo las estrellas y en compañía de un par de peregrinos hispanos y del hospitalero de turno, que se encargó de amenizarnos la velada con un monólogo en el que despotricó de los peregrinos galos. Individuos, decía, que esperaban de los albergues servicios similares a los ofrecidos por los hoteles, quejándose, frecuentemente y con acritud, cuando constataban que dicha esperanza nada tenía que ver, como es lógico, con la realidad. “Si no les gusta el albergue, pues que se vayan a un hotel, no te jodes” fue la frase, o alguna muy similar, con la que dio por finalizada su perorata.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La mochila

Mi primera jornada me llevó hasta Rabanal del Camino, jornada fácil sobre el papel, de unos 20 km. y con un perfil básicamente llano. Pero no contaba con la mochila, la gran protagonista del día.

Durante la primera mitad de la jornada hizo notar sobre mis hombros su implacable presencia. Fue una lucha constante para conseguir unos ajustes que minimizaran su impacto. Menos mal que en unas 5 horas cubrí la etapa, lo que evitó, al menos ese día, que mi espalda terminara excesivamente maltrecha.

Cuando preparaba el Camino, leí numerosos artículos acerca de la mochila: sus características, su tamaño, su peso máximo recomendado, etc. Lo cierto es que tomas nota mental de todo ello, intentas comprar la mochila más adecuada de acuerdo a tu presupuesto y, finalmente, casi siempre la cargas más de lo recomendable. Ahora me doy cuenta de que esos 3 o 4 kilos de más, que parecen nada, significan mucho, y que con la debida experiencia se puede conseguir evitarlos. No es fácil sujetarse a la hora de echarle cosas a la mochila, pero cuando estas inmerso en el Camino, lo que darías por haber prescindido de algunas.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Los necios

Es en extremo indignante sufrir a personas que antes, durante y después de la experiencia del Camino, se atreven a juzgar y a valorar si el número de kilómetros recorridos merece su aprobación o su desprecio.

Nadie que haya hecho el Camino y tenga dos dedos de frente osaría hacer comentarios que resten valor al esfuerzo que cualquier peregrino realiza para conseguir su propósito.

Se me abren las carnes cuando escucho a personas que no han dado un paso en su vida, juzgar insuficientes los kilómetros recorridos por este o aquel peregrino, al que desprecian por ello. Suelen ser puristas descerebrados e ignorantes a los que sólo les vale el Camino Francés, el único del que han oído hablar, y desde Roncesvalles. Son como inquisidores modernos que no dudarían en echar a la hoguera al que no haya completado la totalidad del trayecto. 

Peor son los que habiéndolo recorrido en un número determinado de kilómetros, desprecian a los que han cubierto menos distancia que ellos. El Camino para ellos es una competición. Se equivocan, y su necedad se lo impide ver.

Son tantos los momentos de esfuerzo y sufrimiento que un peregrino ha de soportar, que merece, al menos, respeto. Por tanto cuando encuentres a uno, amigo prepotente, necio, descerebrado y estúpido, abstente de hacer comentarios que minusvaloren su esfuerzo. De lo contrario, demostrarás lo despreciable que puedes llegar a ser, y eso no es nada bueno para tu imagen.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Tras la flecha amarilla

Sin duda es la más perseguida y buscada del Camino. Ella nos señala la dirección a seguir, aclara nuestras dudas, resuelve momentos de indecisión y, lo que es más importante, nos permite llegar a Santiago sin grandes sobresaltos.

Casi siempre está pintada con buen criterio por gentes de buena voluntad que no persiguen otra cosa que orientar al peregrino.

Sin embargo, otros se aprovechan de ella usándola como reclamo direccional que sirve a sus propios intereses. Dos experiencias que sufrí en mis propias carnes ilustran este proceder.

La primera en las proximidades de Villafranca del Bierzo, en una larguísima jornada que comencé en Molinaseca y que se torció tras parar a comer en Cacabelos. Es poco después de abandonar esta población donde un numeroso grupo de flechas amarillas pintadas en el asfalto orientaron mis pasos hacia un camino que, tras atravesar un bonito paisaje de viñedos, te deposita a los pies del albergue de Villafranca. Todo maravilloso, salvo por el hecho de que eran las dos de la tarde, con un sol de justicia y una calor demencial que hizo que se agotaran mis reservas de agua, lo que me puso en una situación comprometida. Pero, oh milagro, al poco de quedarme sin agua surge providencial una vivienda en cuyo garaje, convertido en bar, pude comprar agua a precio de oro y de la que di cuenta en un pispás. Grave error, porque como estaba extremadamente fría me provocó un infierno gástrico (una cagalera en toda regla) que me complicó el resto de la tarde, toda la noche y casi toda la jornada del día siguiente. Lo indignante del caso es que, mientras formalizaba mi inscripción en el albergue, donde conseguí la última cama disponible, la hospitalera me contó que la señalización hacia el desvío que tomé era ilegal, propiciado por las flechas amarillas pintadas por los abuelos del garaje-bar, que ya estaban denunciados por tal práctica. El desvío, me siguió informando, me supuso recorrer unos cinco kilómetros suplementarios. No pude por menos que rememorar el momento en el que me tomaba la maldita botella de agua helada, mientras oía al paisano que me la vendió quejarse amargamente del sacrificio extremo que le suponía tener el bar abierto todo el día, sirviendo a los peregrinos aún a costa de tener que levantarse de la mesa,-estaba comiendo en ese momento-. Casi me pongo a llorar ¡No te jodes!

La otra, en la jornada que me llevó de Triacastela a Sarria. Para cubrir esa jornada se presentaban dos alternativas, una más dura y montañosa por San Xil, y otra teóricamente más sencilla por Samos. Como la jornada anterior me había pasado factura en forma de lesión de rodilla, opté por la sencilla. Hasta Samos muy agradable, umbrías espectaculares, aproximación  con unas vistas estupendas y ya en la localidad, el aspecto exterior del Monasterio imponente y el desayuno con vistas al mismo y con el sol tempranero templando el cuerpo, delicioso. Me compro una rodillera en una farmacia para sujetar mi maltrecha rodilla y comienzo a andar por la carretera dirección a Sarria convencido de que me quedaba la parte más fácil de la jornada. La sorpresa llega en forma de señales oficiales donde la Diputación de Lugo indica una dirección para los ciclistas (por la carretera) y un desvío para los caminantes, desvío que, obediente que es uno, tomé sin resquemor alguno. Enorme error, ya que te internas en una serie de rutas de senderismo enlazadas que te hacen subir, bajar, volver a subir, volver a bajar, corredoira por aquí, corredoira por allá,  girar a la izquierda, a la derecha, de nuevo a la izquierda, dudar y, finalmente, acordarte no precisamente con cariño de los de la Diputación que decidieron señalizar el asunto. Si hubiera querido hacer senderismo, perfecto, pero si lo que quería era llegar pronto a mi destino por ir lesionado, no es de cajón que me endilguen unos cuantos kilómetros de más por caminos de cabras que terminaron por agravarme la lesión y de los que no estaba en condiciones de disfrutar. Que el desvío para caminantes se hubiera señalizado como una alternativa más interesante desde el punto de vista paisajístico, vale, pero que se indique como la ruta “normal” no es de cajón. Había que verme echando pestes a grito pelado mientras recorría esos caminos de Dios. Parecía un loco furioso y peligroso recién huido del manicomio. Tenía que exteriorizar mi indignación. Seguro que a más de uno le debían de estar pitando los oídos.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Fragancias

Dos olores recuerdo del Camino. Uno agradable. El otro, nauseabundo.

Del primero se disfruta, sobre todo, en las proximidades de Arzúa, ya bien adentrados en tierras gallegas. Se trata de un penetrante olor a eucalipto, más intenso en el frescor de las primeras horas del día, que, cual Vick Vaporub natural, te deja los conductos nasales limpios como la patena.

El segundo se sufre al acercarse a las explotaciones de ganado bovino, donde un intensísimo olor 
avinagrado penetra con fuerza en los conductos respiratorios obligándote a apretar el paso para salir cuanto antes de su área de influencia. Compadezco a los que trabajen o vivan en sus alrededores, aunque supongo que a fuerza de costumbre ya ni lo notarán.

domingo, 19 de octubre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - El albergue de los británicos

En Rabanal del Camino me alojé en el Albergue Gaucelmo, administrado por la Confraternity of Saint James. Llegué sobre las 12:15 horas,  tras atravesar, poco antes de entrar en el pueblo, un sobrecogedor paraje formado por cientos de rudimentarias cruces de madera, confeccionadas mediante la simple unión de dos ramas, que los peregrinos han ido colocando en un cercado que discurre paralelo al camino.

La sorpresa al llegar fue comprobar que no abrían hasta las 14 horas, por lo que tuve que echarme al suelo durante casi dos horas a esperar. Como era un día soleado y de temperatura agradable, la espera no resultó penosa y mereció la pena.

Sin duda, es de los mejores en los que me he alojado. Un lugar acogedor, hospitaleros extremadamente amables, y todo ello por la voluntad. Además te invitan a limonada al llegar, a tomar el té a media tarde y a desayunar a la mañana siguiente. Que más se puede pedir.

Contigua al albergue, la zona monacal, y frente a él, una iglesia donde los monjes celebran misas cantadas al modo gregoriano. He de decir que al llegar, y mientras formalizaba mi inscripción, hicieron la intentona de liarme para que leyera un pasaje en castellano en la misa de las siete de la tarde. No se cuales fueron los mecanismos mentales que en una fracción de segundo me teletransportaron a las siete de esa tarde, donde me vi, por un lado, en la iglesia leyendo, y por otro, sentado en la terraza de un bar con una jarra de cerveza muy fría en la mano. De inmediato, mi mente se tiñó con el maravilloso color dorado de la cerveza. Decliné amablemente la invitación. Lo gracioso es que, llegado el momento, no logré encontrar la terraza soñada y al final acabé, cosas del destino, asistiendo a la misa espoleado por la curiosidad del canto gregoriano y también, por qué no decirlo, porque estaba  un tanto cansado y aburrido de dar vueltas por el pueblo.

Una decisión tan prosaica tenía que tener consecuencias en forma de venganza divina. Y vaya si las tuvo. Nada más soltar la mochila, asearme un poco y ponerme ropa cómoda (bañador tipo bóxer, camiseta y chanclas) me dirigí a un bareto donde comer algo. Bocata, cervecita y para terminar un café. Café que fue a parar, casi en su totalidad, al bañador y a la altura de la bragueta. La ubicación de las manchas y su color hacían que mi aspecto resultase ridículo, ya que era fácil relacionarlas con un episodio de incontinencia urinaria.

Ridículo que tuvo su continuidad esa misma tarde, en torno a las cinco, cuando, sentado en una agradable mesa del jardín del albergue, escribía en mi cuaderno de viaje. Quiso la mala fortuna, o la intervención divina, que los preparativos del té comenzaran a tener lugar precisamente en la mesa en la que me encontraba. Al té, por supuesto, me invitaron. Situación incómoda donde las haya, primero porque al ser el único castellanoparlante y carecer de los conocimientos necesarios para mantener una conversación en inglés, parecía tontito sentado a la mesa con una media sonrisa en la cara y sin intercambiar palabra alguna con las personas que me rodeaban,  y segundo por las manchas de la bragueta, cuya ocultación intentaba por todos los medios sin demasiado éxito.

Si tenemos en cuenta que el bañador era el único que llevaba, por lo de aligerar el peso de la mochila, y que las circunstancias que rodearon las jornadas posteriores me impidieron lavarlo hasta varios días después del incidente, la venganza divina se alargó en el tiempo mucho más de lo deseable y quedó, creo, sobradamente satisfecha.  

viernes, 10 de octubre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Un día melancólico

Tres imágenes me han quedado grabadas del primer día.

La primera, en la estación de autobuses donde comenzaba mi viaje hacia el punto de partida de mi peregrinación. Me acompañó mi mujer, Carmen. Su imagen, de pié, en el andén, apenas sujetando las lágrimas, es de las que llegan al corazón. A mí las lágrimas también me costó dominarlas. Es bonito sentirse querido.

Otra, una vez alcanzado mi destino, Astorga, donde un cielo gris plomizo, cual panza de burra, creaba una atmósfera triste, melancólica y opresiva que no ayudó, en absoluto, a calmar la ansiedad que predominaba en mi estado de ánimo.

Y la última, al atardecer, cuando sentado en la terraza del albergue pasé un rato observando el vuelo de infinidad de golondrinas que surcaban el cielo con nerviosos movimientos de alas y vertiginosos cambios de dirección. Movimientos tan convulsos que parecían ser producto de intensos dolores. Premonición, acaso, del sufrimiento que estaba por venir.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La primera noche

Si bien es cierto que la dureza del Camino conseguía que cada noche, a pesar de los numerosísimos ruidos de muy diversa índole que poblaban la atmósfera de los albergues, me durmiera en cuestión de segundos, no es menos cierto que la primera noche fue otro cantar.

La pasé en el albergue de Astorga donde compartí habitación con un matrimonio francés de avanzada edad y un individuo del que sólo conozco su ronquido.

La señora francesa era de esas personas que creen, inexplicablemente, que lo natural es que todo el mundo entienda su idioma. A pesar de no encontrarnos en Francia y de no ser el francés, que yo sepa,  el idioma oficial de la Maragatería, la señora en cuestión me preguntó no se qué, ante lo cual, encogiéndome de hombros, respondí en un perfecto castellano que no entendía absolutamente nada de lo que me decía, lo que provocó la aparición en su rostro de una mueca de disgusto, supongo que debida al esfuerzo que le iba a suponer comunicarse conmigo en el universal lenguaje de la mímica,  lenguaje que, por otra parte, funcionó, ya que logré entender que la cuestión giraba en torno a la trascendental decisión de pasar la noche con la ventana abierta o cerrada.

El otro individuo al que no pude ver bien -se acostó cuando las luces ya se habían apagado- fue el encargado de amenizar la noche con su atronador y devastador ronquido. Y digo bien, ronquido en singular, ya que era uno sólo, de una potencia tal que provocaba movimientos sísmicos en la litera, y con una cualidad que lo hacía verdaderamente demoledor, y que consistía en su repetición a lo largo de la noche a intervalos lo suficientemente largos como para permitirme caer, una y otra vez, en un esperanzador estado de sopor, cruelmente interrumpido por el subsiguiente episodio del fenómeno sonoro en cuestión.

martes, 23 de septiembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La excusa

Tan bien vendido está el Camino, que es muy difícil sustraerse a su poder de atracción.

Y es que, como una navaja multiusos, sirve para todo y para todos. Sirve para los senderistas, los solitarios, los gregarios, los introvertidos y los extrovertidos, los místicos, los creyentes y los ateos, los…; y sirve  para estar sólo, para conocer gente, para sufrir, para reír y para llorar, para competir, para juzgar y ser juzgado, para ser honrado y para ser tramposo, para ayudar y ser ayudado, para …

Si buscas sufrimiento, esfuerzo y superación, has acertado. Si lo haces por motivos religiosos, eres minoría. Si buscas en tu interior, los dolores no te dejarán tiempo para encontrar gran cosa. Si te gusta el senderismo y la montaña, mejor el Annapurna. Si quieres que el Camino te cambie, diez a uno a que el cambio es mínimo.

Una vez decidido, y salvo el caso infrecuente de que estés sólo en el mundo, tendrás que buscar una excusa. Y para excusa, nada como una promesa. Yo la utilicé, pero lo cierto es que no engañas a nadie, ni a ti mismo ni a los que tienen que darte su bendición, quienes finalmente lo hacen porque te quieren y saben la ilusión que te hace. El Camino, salvo las consabidas excepciones, se hace porque a uno le apetece, y punto.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido

Desde que en el mes de junio de 2009 recorrí, a pié, los 260 km. que separan Astorga de Santiago por el Camino francés, he querido dar forma literaria a las vivencias anotadas en mi cuaderno de viaje durante los 12 días que duró mi peregrinación.

La creación de este blog y su finalidad me proporcionan el lugar y el momento adecuados para ir relatándolas con el sosiego necesario y sin pretender encorsetarlas en estructura cronológica alguna.

Bajo la etiqueta “Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido” iré publicando sucesivas entregas que pretenden ofrecer una visión no edulcorada del Camino de Santiago, con sus luces y sus sombras,  basándome para ello en la observación de mi entorno y en la descripción de mis sentimientos durante los días en que, intencionadamente sólo, recorrí esos caminos de Dios.

Vaya todo ello dedicado a Carmen, mi mujer, por su comprensión, por su cariño y por sufrir el Camino conmigo.