La escritura como terapia


lunes, 23 de enero de 2017

Justicia laboral, una utopía

¡Dios te guarde, mundo!, pues en tu casa abaten a los privados y subliman a los abatidos, pagan a los traidores y arrinconan a los leales, libran al malicioso y condenan al inocente, despiden al más sabio y dan salario al que es más nescio, finalmente, allí hacen todos todo lo que quieren y muy pocos lo que deben.

Fragmento, también éste, del capítulo XXIV del libro V del “Simplicius Simplicissimus” de H. J. Ch. Von Grimmelshausen, publicado en 1669.

Casi 350 años después, podríamos decir prácticamente lo mismo, sin temor alguno a equivocarnos.

Habrá que situar a la justicia social y laboral en el ámbito de la utopía. Poco margen de mejora tiene, a estas alturas, el hombre.

De las edades del hombre y de los sinsabores de la vida

¡Dios te guarde, mundo!, pues andando empós de ti la infancia se nos pasa en el olvido, la puericia en experiencias, la juventud en carreras, andadas y saltos por vallas y pasarelas, por caminos y veredas, por montes y valles, bosques y frondas, por agua y  mar, en la lluvia y en la nieve, en el frío y en el calor, en vientos y tempestades, la virilidad se pasa en extraer y fundir minerales, arrancando y labrando piedra, cavando y construyendo, plantando y arando, tejiendo y urdiendo pensamientos, dando consejos, en quejas de desvelos, comprando y vendiendo, discutiendo, altercando, peleando, mintiendo y engañando, la senectud suspirando y gimiendo, presa de la pereza y la flojedad, y no tiene, en suma, hasta la muerte más que fatigas y trabajos...

...¡Dios te guarde, mundo!, pues tu compañía es una carga para mí, la vida que nos otorgas es un miserable peregrinar; es inconstante, incierta, dura, ruda fugitiva e impura, poblada de miserias y equivocaciones, de ahí que deba ser llamada muerte mejor que vida. A cada instante morimos, debido a las múltiples causas de la inconstancia y las numerosas vías que conducen a la muerte. No te contentas con las amarguras y sinsabores que nos rodean sino que engañas a la mayoría de los hombres con tus adulaciones, hechizos y falsas promesas. Del cáliz de oro que portas en tu mano das a beber hiel y falsedad, y los tornas ciegos, sordos, locos e insensatos. ¡Ah!, dichosos aquellos que rehúsan tu compañía, desprecian tus momentáneos y pasajeros placeres, rechazan tu compañía para no perecer con tu astuto y pérfido impostor. Pues tú nos conviertes en abismo tenebroso, en reino miserable, en hijos de la ira, en carroña pestilente, en instrumento impuro de estercolero, en instrumento de descomposición repugnante y fétido; pues cuando nos has torturado por largo tiempo con adulaciones, caricias, consuelos, torturas, plagas, martirios y penas entregas el extenuado cuerpo a la tumba y colocas el alma en una incierta encrucijada. Pues aunque nada hay más cierto que la muerte, sin embargo, el hombre no sabe cuándo y dónde ha de morir y, lo que es más triste, dónde irá a parar su alma, ni que será de ella.

Fragmentos del capítulo XXIV del libro V del “Simplicius Simplicissimus” de H. J. Ch. Von Grimmelshausen, capítulo basado casi íntegramente en el capítulo XX del “Menosprecio de corte y alabanza de aldea” de Antonio de Guevara.

jueves, 4 de agosto de 2016

Vendiendo imagen

Hoy he dado de baja a un "amigo" en Facebook.

Porque aunque ya había dado muestras de ser un individuo repugnantemente rastrero, retorcido, cultivador de la falsa modestia y falso adulador, uno puede asumir que esas "virtudes" son más frecuentes de lo deseable en las personas que frecuentan las ya consolidadas y prácticamente inevitables redes sociales.

Pero lo que ya es el colmo y en modo alguno asumo ni acepto es que este individuo haga impúdica ostentación de su supuestamente generoso y desinteresado proceder. Con su entrada tipo "fulanito está en el hospital x donando sangre" se equipara a empresas y famosillos que cuando realizan algún tipo de actividad benéfica o solidaria pierden el culo en asegurarse de que se sepa hasta en el último rincón del universo porque su generosidad, presumiblemente falsa y evidentemente  interesada, vende.

Los de verdad generosos y solidarios son también desinteresados y humildes y suelen resultar invisibles para el resto de la humanidad. No necesitan reconocimiento ni notoriedad. A ellos me quiero parecer y no a este, mi ex-amigo del Facebook.

domingo, 19 de junio de 2016

Necios e hipócritas

El autodenominado “Estado de Derecho”, bajo cuyo paraguas tengo la desgracia de vivir, ha demostrado, una vez más, su necedad y su hipocresía.

Necios, por ignorar con prepotencia las señales inequívocas que algunos ciudadanos contrarios a tan abyecto régimen, entre los que me encuentro, ponemos de manifiesto en todas y cada una de las ocasiones en que somos invitados a participar en lo que supone el acto supremo que legitima su perpetuación, las elecciones. Ya me contaréis qué sentido tiene el ser conminado a formar parte de una mesa electoral cuando es indudable que tienen acceso a una información que, si se tomaran la molestia de consultar, les permitiría conocer el número de veces que he participado en las tristemente famosas jornadas electorales y que, como ya habréis adivinado, es igual a cero. De este hecho deducirían, si la necedad no les impidiera ver, que si no he acudido nunca sólo puede ser por desidia o por oposición. En ambos casos la convocatoria está de sobra, sobre todo teniendo en cuenta las legiones de seguidores con las que parece contar este maravilloso régimen y que, a buen seguro, se prestarían a participar voluntariamente con la alegría y el entusiasmo que toda acción altruista conlleva.

Hipócritas, porque de nada sirve la difusión de eslóganes y palabrería barata si no se predica con el ejemplo. Porque contrariamente a los principios que dicen defender, la libertad de credo y de pensamiento, obligan bajo pena de cárcel a participar en un acto propio del régimen, para nada desprovisto de significado y para nada neutral. Obligan a opositores al régimen, sin reconocerles su libertad de credo y su derecho a la objeción de conciencia, a participar en su particular orgía de papeletas y urnas. Y sí, he dicho opositores al régimen, porque aunque resulte difícil de creer y a pesar del bombardeo mediático del “es el menos malo de los sistemas”, hay personas que no dan esa frase por buena y que tienen el valor de disentir de estos demócratas de pacotilla para los que todo lo que se salga del reconocimiento a sus postulados políticos y económicos, si es que realmente tienen alguno, no merece ni su respeto ni su comprensión. Pues señores, sepan que a mí  este régimen corrupto y tremendamente dañino no me gusta en absoluto y que, por tanto, tengo la obligación ética y moral de no colaborar en absoluto a su perpetuación. Y que obligarme, bajo pena de cárcel, a facilitar el desarrollo de una jornada electoral es un atentado contra mi libertad de pensamiento, contra mis convicciones y contra mis creencias, o lo que es lo mismo un ataque directo a mi dignidad. Es como si a un animalista le obligaran a colaborar en la preparación de una plaza de toros para un festejo, o como si a un católico le obligaran a peregrinar a La Meca, o como si a un antibelicista le mandaran a la guerra. Es actuar como tiranos, haciendo gala de esa tiranía que, según cuentan, es deseable evitar. 
 
Necios e hipócritas. Árboles más altos han caído. Lástima que yo, probablemente, no lo veré.  

lunes, 21 de marzo de 2016

Mimoun

Hace dos años, tal vez tres, que descubrí a Chirbes. Fue con su novela “Crematorio”,  feroz crítica de la España del boom inmobiliario, esa España que a todos habría de pasarnos factura. Un libro contundente, directo y demoledor, escrito con una prosa soberbia que resultó para mí una gratísima sorpresa y un descubrimiento literario de primer orden.

Como siempre que descubro a un escritor que me gusta, no suelo tardar mucho en continuar leyéndole. Eso he hecho con Chirbes. Y lo he hecho con su primera novela, “Mimoun”.

Tremendo error, porque este relato ambientado en Marruecos y afortunadamente corto, nos muestra desde la página uno esa prosa que años más tarde convertiría a Chirbes en uno de los grandes de la lengua castellana, pero también nos muestra a un Chirbes incomprensiblemente pedante que escribe en francés cuando esa es la lengua en la que se expresa el personaje de turno. Una forma de seleccionar lectores, desacertada a todas luces, porque poco o nada tienen que ver la cultura y el gusto por la literatura con el multilingüismo. Recurso estilístico que emponzoña la obra e indigna al lector.

Y todo ello, consentido por un editor que complaciente, prioriza las preferencias del autor.
Fácil habría sido contentar a todos mediante la inclusión de pies de página que arrojaran un poco de luz sobre aquellos fragmentos sólo actos para francoparlantes.

Yo, por mi parte, le daré otra oportunidad a Chirbes. La excelencia de su “Crematorio” le hace merecedor de ella. Espero que deshaga el empate.

Respecto a “Mimoun” no gastaría ni tiempo ni dinero en ella. A Chirbes, q.e.p.d., poco le va a importar. A la editorial, es otro cantar. 

jueves, 18 de febrero de 2016

Historia de un parado - El cazador

En 1978 Michael Cimino dirigió “El Cazador”, película cuyo argumento gira, según podemos leer en la wikipedia, en torno a “la vida de tres obreros siderúrgicos de Pensilvania: Michael, Nick y Steven, cuyas rutinarias y felices vidas se transforman de modo irreversible en medio de la trágica devastación de la Guerra de Vietnam. Allí son capturados por el vietcong, que mantiene a los presos en condiciones infrahumanas y les obliga a jugar a la ruleta rusa apostando a ver cuál de ellos sobrevivirá. Logran escapar, pero la experiencia les produce heridas físicas y psicológicas que les marcarán en su regreso a casa”. 

Es una película que me causó un gran impacto la primera vez que la vi. Plasmaba, de forma magistral, la fragilidad de las diferentes etapas de nuestras vidas. La facilidad con la que, en un instante, factores externos las cambian y marcan para siempre. El gran crítico de cine Carlos Boyero la define muy bien "No es una película sobre la guerra, sino sobre la amistad. Sobre cómo la vida puede joder las cosas más hermosas que hemos tenido, la imposibilidad de recobrar el esplendor en la hierba. También es un canto a la supervivencia. A mí me sigue haciendo llorar".

Si donde dice obreros siderúrgicos ponéis empleados de banca, si cambiáis el número y los nombres de los protagonistas y si sustituís la Guerra de Vietnam por el ERE de CatalunyaCaixa, el guión de mi vida parece adaptarse, salvando las distancias, al guión de tan magnífica película.

La primera parte de la película trata de la amistad. De cómo se sustenta en una vida rutinaria pero estable en lo laboral, en lo económico y, en cierta medida, en lo sentimental. Probablemente como nosotros.

Es en la segunda parte, la guerra, donde el sufrimiento extremo provocado por un hecho ajeno a las voluntades de los protagonistas tiene como consecuencia un terremoto físico y, sobre todo, psicológico que resquebrajará los cimientos de dicha amistad, ya que no todos salen del mismo modo ni lo afrontan de la misma manera. Posiblemente como nosotros.

Michael (el personaje interpretado por Robert De Niro), en su regreso a casa se muestra cerrado y distante con sus amigos y seres queridos, los cuales se muestran débiles, infelices y, por qué no decirlo, incómodos con su sufrimiento y su situación. Como con el pobre atormentado y desgraciado al que conviene evitar. Steven (interpretado por John Savage) también ha regresado y se encuentra recluido en una institución para veteranos porque la vergüenza de haber perdido sus dos piernas le hace sentirse física y psicológicamente inservible y es incapaz de enfrentarse a su mujer, a su hijo y a sus amigos, por los que siente un resentimiento irracional al verificar que ellos conservan lo que él ha perdido. Nick (interpretado por Christopher Walken) ha perdido totalmente la cabeza y se dedica a deambular por el sudeste asiático jugándose la vida en partidas de ruleta rusa como medio de alcanzar una muerte lo más rápida e indolora posible.

Diferentes formas de afrontar el desastre. Como nosotros y como nuestro entorno.

A través de tres horas de metraje, Michael se embarca en un torrente emocional en el que confluyen los más variados y complejos estados anímicos,  sin abandonar, no obstante, la voluntad de reconducir la vida de sus amigos. Los daños emocionales que ha causado la guerra son demasiado poderosos como para permitirle triunfar en el empeño.

Personajes cambiantes y desconcertantes en su manera de pensar y actuar, a los que a veces entendemos y a veces odiamos, pero por los que siempre sentimos una extrema compasión. Será por la felicidad, la estabilidad y la amistad, si no perdidas del todo, sí sensiblemente afectadas. Tal vez, como nosotros.

Culpables. No los hay. Culpable. Sí, la vida y sus circunstancias. La guerra, la enfermedad, la muerte, …,  la exclusión, El ERE.

Pensilvania, cuando volvieron, seguía ahí. Ya no la disfrutarían de la misma manera, probablemente ya no la disfrutarían juntos. Pero seguía ahí. La tierra y la vida. Algo poderoso a lo que aferrarse.

La montaña, sigue ahí. Probablemente ya serán pocas las ocasiones en las que la disfrutemos juntos y ya no la disfrutaremos de la misma manera. Pero sigue ahí, y es algo muy poderoso a lo que aferrarse.

martes, 22 de diciembre de 2015

El cuento de los cuentos

Víctima de la demencial distribución patria que la ha arrinconado en sesiones únicas de salas minoritarias de versión original, esta maravillosa película dirigida por Matteo Garrone y basada en la obra El cuento de los cuentos del escritor napolitano del siglo XVII Giambatista Basile, hace gala de una estética sublime. Tres historias de tres reinos y sus caprichosos monarcas. Fábulas extravagantes, crueles y macabras filmadas, sin embargo, con una sensibilidad y un buen gusto que convierten en un supremo goce estético su contemplación. Memorable la secuencia de la lucha subacuática del Rey con el Monstruo. Hacía mucho que no veía nada igual. Tardaré mucho en olvidarla o, pensándolo mejor, no creo que la olvide jamás.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Polución

Ayer, día 4 de diciembre de 2015, decidimos, mi mujer Carmen y un servidor, celebrar nuestro 27º aniversario de boda comiendo en un restaurante de Madrid, para lo que efectuamos la oportuna reserva unos días antes.

Y en esto que llegado el día nos topamos con la maldita contaminación madrileña en un punto que, al parecer, obliga a las muy ecologistas autoridades municipales a restringir el tráfico con diversas medidas. Ese día, una de ellas era la imposibilidad de aparcar en las zonas azules y verdes de Madrid.

Aún cuestionándome la eficacia de tales medidas, puedo llegar a entenderlas. Pero lo que no es de cajón es que nuestro bolsillo se vea afectado por ello, porque de hecho acudir a Madrid desde Fuenlabrada, donde residimos, nos resultó el doble de caro en transporte público que en coche.

Y digo yo. Si nuestro perroflautico gobierno municipal en un alarde de modernidad decide emular a otras ciudades que están tomando medidas similares, sería justo y deseable que también las emularan tomando medidas sociales paliativas que en algunas de esas ciudades se llevan a cabo, como el transporte público gratuito o a precio reducido en los días de restricción circulatoria.

Porque señores, el transporte público es caro y desde la periferia, carísimo. En la periferia vivimos muchos de los que, expulsados de nuestra ciudad, Madrid, por los desorbitados precios de la vivienda, no tuvimos más remedio que recalar en estas ciudades dormitorio, arrabaleras y decadentes, como única salida a nuestro afán de independencia. Y nuestro poder adquisitivo no suele ser alto. Y la tasa de desempleo y de precariedad, ni te cuento.

Así pues, señores gobernantes municipales que se las dan de fomentar medidas sociales, pacten con el gobierno pijoautonómico para dejar de jodernos de una puta vez, que al final todos los platos rotos los pagamos los putos pobres. Porque estaréis de acuerdo conmigo en que a los que tienen dinero de sobra para pagar los carísimos aparcamientos privados del centro de Madrid y varios coches con matrículas de numeración variada, afectarles estos cortes de tráfico, lo que se dice afectarles, más bien poco. A los que vamos ramplando en cuestión económica es otro cantar. Joder, si hasta nos penalizan al aparcar en las zonas azules y verdes por tener los coches viejos y, por tanto, más contaminantes. Pero que se han creído, que tenemos coches viejos por capricho, no te jodes. Regálarme uno nuevo, que yo encantado.

Es necesario un pacto perroflautico/pijotero en materia de transportes. Lo del bono transporte para parados, del que se benefician cuatro gatos, es de risa. Un poquito de seriedad y un poquito de conciencia social. La Comunidad, con haberse colgado la medalla del abono para jóvenes, ya ha ganado un puñado de votos, suficientes para echarse a dormir. El Ayuntamiento, con rocambolescas propuestas más propias del guión de Bananas de Allen que de las necesidades de los ciudadanos, se está poniendo a la altura del “relaxing cup of café con leche”. Y mientras tanto, nosotros, como siempre, jodidos.

Algún día, a lo mejor, despertamos. Algún día, a lo mejor, algo cambia. O, a lo peor, no.

martes, 25 de agosto de 2015

La maldición de las visitas guiadas

Como si de una maldición bíblica se tratara, se está imponiendo la perniciosa moda de las visitas guiadas o, rizando el rizo, teatralizadas.

Que no digo que no tengan que existir ni que, a su manera, puedan resultar interesantes. Tampoco niego que sean, para algunos, hasta deseables. Lo que digo es que no pueden ser excluyentes.

Porque el problema surge cuando la única forma de visitar un monumento es la maldita visita guiada, eliminando totalmente la posibilidad de visitarlo por libre.

Y digo yo, por qué tengo que pagar más, por qué tengo que invertir más o menos tiempo en la visita, por qué tengo que estar rodeado de gente y seguir el recorrido previsto como si fuéramos ganado mientras abren y cierran puertas a nuestro paso (no quiero ni pensar que pasaría si a alguien le da un apretón),  por qué tengo que aguantar durante todo el recorrido la estrecha vigilancia del segurata de turno que nos acosa como si fuéramos delincuentes, por qué tengo que soportar impertinencias del tipo “no tenemos todo el día” o “tenemos que darnos prisa en acabar” pronunciadas sin ningún pudor por el guía asignado. Y si hablamos de fotos y llevas una cámara “gorda” ni te cuento. Ya no es que seas un potencial delincuente, es que eres el enemigo público número uno y la mirada del de seguridad, clavada en ti, te incomodará durante todo el recorrido.

En fin, que digo yo que con una pequeña guía o folleto explicativo somos capaces de visitar libremente el monumento en cuestión. Que la mayor parte de nosotros somos respetuosos con las obras de arte que estamos contemplando, y si hay algunos que no lo son caiga sobre ellos todo el peso de la ley. Que si voy por libre, yo decido, no el guía, el tiempo que le dedico a cada sala, a cada obra de arte, a cada rincón. Que lo veo relajado, no azuzado. Que lo disfruto enormemente más.

Por favor, devuélvannos la libertad. Que me parece muy bien que haya visitas guiadas, para los que gusten de ellas, pero eso no puede significar la eliminación de las visitas por libre.

Barrunto motivos económicos. Aumentan los ingresos, ya que las visitas guiadas son más caras, las teatralizadas ni te cuento y además, haciendo gala de una sinvergonzonería sin límite se permiten mostrar más o menos dependencias en función del tipo de visita elegido, o lo que es lo mismo los pobres ven el exterior, la clase media algunas dependencias en visita guiada y los más pudientes todas las dependencias en visita teatralizada. Que fuerte. Por otro lado, disminuyen los gastos de personal porque siempre será mejor pagar el sueldo de un solo guía y  un solo vigilante de seguridad encargados de conducirnos dócilmente a lo largo del recorrido, que tener un empleado-vigilante  por sala.

Justos por pecadores. El tema de las fotos es otra cuestión. Prohibidas en cada vez más sitios y sin motivo aparente. Con flash, de acuerdo con la prohibición, pues es sabido que el destello daña las obras de arte. Sin flash, no. Es porque os apetece venderme vuestras fotos o porque es más fácil vigilar que nadie haga fotos que vigilar que nadie use el flash. Vuestro interés y vuestra comodidad me impiden llevarme imágenes que me permitan seguir disfrutando en el futuro de lo contemplado. Porque lo peor, es que en muchos casos ni me dejan hacer fotos ni se toman la molestia de reproducir decentemente las obras más significativas para venderlas en la tienda a un precio razonable, con lo que ni comen ni dejan comer.

En fin, el egoísmo, el sinsentido y la sinrazón dominan el mundo de las visitas culturales.

Al menos que quede constancia de mi oposición a tan despreciable conducta.   

lunes, 27 de julio de 2015

Historia de un parado - Carta de presentación desesperada

Texto de la carta de presentación que acompañando a mi curriculum vitae he enviado a diversas empresas de la zona donde resido

 
Estimados señores

Consciente como soy de que el triste destino de este escrito será, con toda probabilidad, el de no ser leído, no es menos cierto que mi obligación moral para con mi familia, de la que hoy por hoy soy el único sustento, me anima a enviarla en la esperanza de que la diosa fortuna la haga llegar al lugar y en el momento adecuados y de que la calidad y profesionalidad de la persona receptora convierta en un error mi creencia inicial.

El caso es que, tras más de 30 años de vida profesional jalonada de éxitos y con una trayectoria claramente ascendente, me he visto afectado por el ERE de CatalunyaCaixa, última Entidad para la que he trabajado, que haciendo gala de una crueldad tan dolorosa como esperada me ha arrojado en brazos del desempleo.

Como podrán ver en el Currículum Vitae que adjunto, estoy perfectamente capacitado para desarrollar cualquier función profesional de tipo administrativo, en especial aquellas relacionadas con los departamentos financiero y de control interno, donde he pasado muchos años con personal a cargo.

Son tiempos difíciles para nuestro querido país y, consecuentemente, las dificultades para encontrar un empleo son enormes. A la abundancia de demanda y la escasez de oferta, se responde por parte de las Consultoras de selección de personal con fórmulas estandarizadas que criban con un más que discutible criterio a los candidatos a cualquier puesto de trabajo ofertado.

A los jóvenes se les pide experiencia. A los mayores, juventud. Y a todos, el maldito inglés.

Pues bien, por mi parte ofrezco experiencia y formación. Inglés hasta donde llego, bastante para desarrollar mi labor profesional pero insuficiente para emular a Oscar Wilde. Joven, pues no soy joven, pero un viejo chocho e inservible, tampoco.

Activo, amante del deporte, de la cultura y de la vida. Con necesidad y ganas de darlo todo en el desarrollo de mi actividad profesional, anhelo la oportunidad de sacar a mi familia de la situación a la que la vida nos ha empujado, siendo como somos una de esas familias en la que todos sus miembros se encuentran desempleados.

Con experiencia, formación y un buen estado de salud, empíricamente demostrables, sólo me cabe confiar en que quién esto lea, no corte los trajes en función de la moda imperante y su visión le permita tener en cuenta mi candidatura a la hora de cubrir hipotéticas vacantes que encajen con mi perfil profesional.

Espero que pronto podamos sentarnos, hablar y llegar a la conclusión de que el establecimiento de una relación profesional supone un beneficio para ambas partes.

Quedo a la espera de sus noticias y a su disposición para cualquier aclaración que precisen.

Atentamente,


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Tal vez un simple “Acusamos recibo de su escrito. Sentimos no podemos ofrecerle vacante alguna en este momento. Si en un futuro surgiera la necesidad de cubrir alguna que se ajuste a su perfil profesional tendremos en cuenta su candidatura. Gracias por confiar en nosotros. Atentamente”, habría sido lo educado.

A lo mejor se han tomado como algo personal el tono amargo y sarcástico de la misiva. O simplemente es que están siendo fieles a la catadura moral que se gastan la mayoría de las empresas que se mueven dentro de este sistema liberal-capitalista que nos ha tocado sufrir.

miércoles, 20 de mayo de 2015

De los que ni comen, ni dejan comer

Para comprender los derroteros por los que transita nuestra sociedad, tenemos que comprender el comportamiento de la masa.

Definido magníficamente por nuestro ilustre compatriota Ortega y Gasset, yo resumiría el comportamiento de sus integrantes con una única y prosaica frase, ni comen ni dejan comer.

Porque de todos es sabido que son superiores en número, que no en calidad. Consecuentemente, en un sistema como el que nos ha tocado vivir, tienen las de ganar.

Y, no lo olvidemos, son mediocres. Mediocridad de la que hacen gala en todos y cada uno de los escenarios en los que se mueven. Y como son más, su mediocridad siempre se impone.

Carecen de la inquietud de mejorar y de superarse. Carecen de gusto y, además, alardean de ello. Son egoístas, insolidarios, envidiosos y mezquinos. Carecen de moral e ignoran lo que la ética significa.

Acomodaticios y vulgares, consideran la búsqueda de la excelencia como una amenaza y a los que la practican, como enemigos a batir. Esta es, de lejos, su característica más dañina. No sólo no aportan nada valioso, sino que se dedican a impedir de forma muy activa que otros lo hagan. Boicotean sistemáticamente cualquier intento de mejora en aquellos colectivos a los que pertenecen o en aquellos ambientes por los que se mueven, en especial si ello les va a suponer un esfuerzo, por pequeño que éste sea.

Son de los de “ande yo caliente, ríase la gente”, en lugar del más generoso “antes el bien común que el bien individual”.

Son los culpables del estancamiento de sociedades y grupos. Son la ponzoña que inmoviliza e impide avanzar. Son la Santa Inquisición de nuestros días. Los que queman, sicológicamente, a los que no son como ellos. Los que desaniman e impiden avanzar a la creatividad, al buen gusto y al trabajo bien hecho. Son los que juzgan pero no quieren ser juzgados. Son los que imponen su mediocridad, disfrazándola de libertad de elección. Son los que no admiten críticas, porque caerían en el primer asalto. Son los derrotados que quieren arrastrarnos en su caída.

Olvidan que los avances no se deben a personas como ellos, sino a las personas a las que aspiran a destruir. En su ceguera, no alcanzan a ver que la caída de éstas es su caída. Con su estupidez, desalientan a los que por ellos quieren luchar.

La masa, en estado puro.

miércoles, 8 de abril de 2015

De la falta de respeto

Un mal contra el que llevo batallando toda mi vida.

Es costumbre de gran parte de mis conciudadanos inmiscuirse en la vida de los demás, sea o no de su incumbencia. Acostumbran a actuar como juez y parte. Se atreven, haciendo gala de una enorme desvergüenza, a juzgar y condenar decisiones y acciones que están muy lejos de su jurisdicción y que pertenecen al ámbito privado de personas adultas que ejercen su derecho al libre albedrío. Se crean expectativas de cómo los demás han de actuar y cuando estas expectativas, como suele ser frecuente, no son satisfechas, arremeten contra el que de esta forma, y según su limitada visión de la vida, les ha ofendido en lo más hondo de sus convicciones, regalándole una buena dosis de desprecio.

Pues señores, sepan que los despreciables son ustedes. Que las decisiones de las personas adultas, si no van en contra de su seguridad, de su dignidad y de su independencia, ni atentan contra las elementales normas de convivencia que rigen en cualquier sociedad civilizada, han de ser respetadas aún cuando no sean compartidas. Que lo contrario es una falta de respeto y que los ofendidos no deben ser ustedes, sino los que han sufrido de su injerencia. Que quién no respeta, nunca será respetado, y por tanto, ustedes actuando de esta manera serán siempre despreciados y no se ganarán nunca el respeto que de otra forma tal vez acreditarían.

Semidioses zafios, manipuladores e intolerantes que emponzoñan toda relación, desde el mismo momento en que abren sus pestilentes bocas.

Más os valdría ocuparos de vuestras mediocres vidas, muy necesitadas de valores que las hagan dignas de ser vividas. Ni coméis ni dejáis comer. Probar a vivir y dejar vivir y tal vez os ganéis un sitio en el Purgatorio, que en el Paraíso ya lo veo difícil.

Te regalo un jarrón y te digo dónde lo tienes que poner, te invito a mi casa y te digo todo lo que tienes que hacer, te hago un favor y te digo que favor quiero a cambio. Gentuza interesada.

Te digo lo que tienes que hacer, lo que tienes que decir, cómo te tienes que comportar, a quién tienes que visitar, cuántas veces me tienes que llamar. Gentuza entrometida y manipuladora.

Y si no les doy gusto, encima se cabrean conmigo e intentan colgarme la etiqueta de desagradecido o de antisocial. Los regalos, las invitaciones y los favores se han de hacer desinteresadamente. Se dan consejos, no instrucciones. Y si no se siguen, pues a joderse, que para eso el que los recibe tiene derecho a elegir.

No voy a pasar por el aro, como los leones amaestrados en la arena del circo. No voy a ser como vosotros queréis que sea, sino como yo decida ser. Muchos lo han intentado y han quedado en el camino. Mi independencia y mi derecho a elegir están por encima de vuestra injerencia, vuestra inquina y vuestra falta de respeto. Respeto, que al no respetarme, automáticamente perdéis. Basta ya. Dedicar el tiempo a revolcaros en vuestra propia mierda como los cerdos en la cochiquera que, dada vuestra catadura moral, a buen seguro os bastará para ser felices, y así, de paso, nos dejáis un poco tranquilos a los que queremos simplemente vivir.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La señora de las filloas y empanada en el segundo bar

Nadie puede poner en duda a estas alturas que el Camino es un verdadero filón para los lugareños que habitan sus márgenes. Miles y miles de peregrinos transitando por delante de sus casas y sus negocios son una muy evidente y potencial fuente de ingresos que hay que aprovechar. Sólo se trata de agudizar el ingenio para aligerar el peso de sus carteras.

Ya me avisó mi buen amigo Soco, peregrino antes que yo, que en una recóndita aldea cuya localización exacta no logro recordar, una anciana de venerable aspecto y aparente obsequiosidad, ofrecía a todos los peregrinos que transitaban por delante de su casa, un plato lleno a rebosar de apetitosas filloas. Lo hacía de tal forma que su ofrecimiento parecía producto de desinteresada generosidad hacia los sufridos caminantes. Nada más lejos de la realidad. Quién por incauto caía en la trampa y metía mano en el plato se encontraba, acto seguido, con el sablazo que, por lo que me han contado, no era moco de pavo. Yo la vi. Surgió de las sombras con el plato por delante y una actitud sumisa que, como ya iba sobre aviso, me recordó a la madrastra malvada de Blancanieves ofreciendo la manzana emponzoñada. Con un gesto de la mano rechacé su “invitación” y apretando el paso dejé atrás el escenario donde día tras día se representaba la misma escena, propia de novela picaresca, pero no por ello menos real.

En otra ocasión, mientras caminaba relajado y feliz por una zona boscosa fresca y muy agradable, pude ver a cierta distancia delante de mí a un anciano que caminaba en sentido contrario al del peregrinaje. Se acercaba, por tanto, a mí. Me resultó chocante su presencia, porque no creía estar cerca de población alguna. Más chocante aún fue que cuando llegaba a mi altura desvió su trayectoria para dirigirse directamente a mi flanco izquierdo donde, tras provocarme la tensión propia del desconocimiento de sus verdaderas intenciones, me susurró al oído la muy críptica frase “Empanada en el segundo bar” y siguió su camino sin detenerse. Sorprendido, tardé un tiempo en reaccionar. Tras analizar el episodio, concluí que debía tratarse de un anciano loco que se entretenía transitando a contracorriente el Camino y susurrando a los peregrinos frases sin sentido, como si de un código secreto se tratara. Marketing. Rudimentario, pero marketing. Eso es lo que era. Cuando tras un par de kilómetros llegué al pueblo, que sí había uno, pasé por delante de un primer bar y poco después llegué a las puertas de otro (el segundo bar) donde efectivamente tenían un cartel ofreciendo sus famosas empanadas. Como tenía una terraza agradable, me paré. Empanada no comí, no era hora, pero un café sí me tomé. No pude por menos que esbozar una sonrisa pensando en tan rocambolesca forma de promocionar el negocio. A la vez que publicitan sus empanadas mantienen al abuelo entretenido y en buena forma física. Optimización de recursos. En las escuelas de Marketing lo deberían contar.

viernes, 30 de enero de 2015

Los movimientos de cámara vuelven. Que Dios nos ampare

El fin de semana pasado me fui al cine a ver ´71 dirigida por Yann Demange, tentado por el argumento, como casi siempre, y dejándome influenciar por la opinión de los críticos, como casi nunca, si bien esta vez, gilipollas de mí, les hice caso.

El resultado fue reencontrarme con una forma de rodar que me horroriza y me repugna, una forma de rodar que creía superada, al menos en el tipo de cine que habitualmente consumo, pero que desgraciadamente ha vuelto con esta nefasta película que resucita fantasmas del pasado. Si es un caso aislado o no, el tiempo lo dirá.

Fue allá por el 2010 cuando escribí un artículo titulado “Movimientos de cámara o cómo estar a la última” en el que trataba este tema. Todas y cada una de las reflexiones que en él hacía, son aplicables a esta película, por lo que poco más puedo añadir. Sólo me queda reproducirlo para que quede constancia de mi opinión, que no ha cambiado un ápice desde entonces. Decía así: 

“Últimamente están proliferando películas tremendamente incomodas de ver por la obsesión compulsiva del Director de dotar a todas y cada una de las escenas de movimientos de cámara que son un sinsentido en sí mismas y que persiguiendo no se sabe muy bien el qué ¿originalidad, naturalidad, dinamismo?, lo que ciertamente consiguen es que salga del cine con dolor de cabeza tras estar durante toda la película más pendiente de la camarita que se mueve que de lo que cuenta la historia, con el resultado nefasto de que un buen guión es engullido por el traqueteo de los “cámara en mano”. Si además sumamos a estos movimientos, la utilización del primerísimo plano y las aberturas grandes de diafragma (zona enfocada mínima) ya tenemos el mareo asegurado.

Señores, esto es como todo, con moderación funciona y con exceso satura. La utilización de técnicas extremas de rodaje, y las citadas lo son, deben usarse con muchísima moderación para no caer en el absurdo, como se está cayendo con demasiada frecuencia en el cine actual.

Son muchas las películas extraordinariamente buenas que se han realizado hasta ahora y que no recurren a burdos trucos de prestidigitador para impresionar al espectador fácil.

Estoy un poco harto de  salir del cine con los ojos bizcos y cansados de tratar de definir algún detalle de las escenas que cual huracán pasan veloces ante mi mirada atónita.

Y también estoy harto, dicho sea de paso, de los críticos de cine que no parecen darse cuenta, o al menos en sus “crónicas” no lo citan, de este fenómeno visual, limitándose a glosar de forma muy poética la historia que estas películas nos cuentan, pero casi nunca cómo nos las cuentan. Diríase que son como androides avanzados a lo “Blade Runner” con una velocidad de asimilación de las imágenes en rápido movimiento muy superior a la humana, siendo lo que para mí es mareante, cámara lenta para ellos.

Tres ejemplos recientes, la muy aclamada Gomorra (que mareo), la muy comercial Quantum of Solace (una de James Bond que te hace desear que lleguen las escenas que no son de acción ¡Que aberración!) y en menor medida, My blueberry nights (equilibrando momentos vanguardistas con respiros al espectador, que lo agradece infinitamente).

Como es moda, pasará. Esperemos que sea pronto.”

P.D. Queda, con esta entrada, inaugurada una nueva sección dedicada al cine, otra de mis grandes pasiones. Titulada "Confesiones de un cinéfilo empedernido", agrupará bajo esta etiqueta mis opiniones en torno al séptimo arte.

domingo, 18 de enero de 2015

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Pulpo para desayunar y el incidente del tonto del pueblo

La novena etapa de mi Camino se inició muy temprano, en la localidad de Palas de Rei.

Tan temprana fue la partida que antes de las nueve de la mañana estaba atravesando Melide, localidad famosa por la preparación del pulpo, manjar que ofrecen en infinidad de bares que jalonan las calles por las que transcurre el Camino. Sorprendente es, que a esas horas las cocinas de dichos establecimientos estén funcionando a pleno rendimiento y que en cada puerta el empleado de turno te ofrezca entrar para degustar tan celebrada vianda. Más sorprendente es, comprobar que peregrinos hay que se rinden a la tentación y se desayunan pulpo y ribeiro como si de chocolate con churros se tratara. Por lo que a mí respecta, mi sistema digestivo protestaba sólo de pensarlo. Que le vamos a hacer. Soy un tradicional. Yo a esas horas prefiero un café con leche con una buena tostada. Cuestión de costumbres.

Pasado Melide, me encontré transitando totalmente sólo por el Camino, circunstancia extraordinaria pero que se daba en ese momento y lugar. Me acercaba a un pueblo, no recuerdo cual, y a medida que avanzaba se iban perfilando los edificios, desdibujados por la neblina mañanera. Ante mí, una especie de plaza empedrada con una iglesia a la derecha y un pequeño muro a la izquierda, que, siguiendo el Camino, tenía que atravesar. Pero había algo más. Era un hombre alto, delgado y desgarbado que con aire ausente paseaba en círculos por la plaza chapurreando una letanía ininteligible. Instintivamente mis manos se tensaron sobre las empuñaduras de los bastones. En otras ocasiones me los he encontrado. En todos los pueblos dicen que hay al menos uno. Suelen ser inofensivos, pero su imprevisibilidad asusta. Caminé resuelto y con decisión para salvar lo antes posible el lugar en cuestión. Sobrepasé su posición, no sin observar que me obsequiaba con una de esas miradas atravesadas que no auguran nada bueno. Puse todos mis sentidos en alerta máxima. Mis sospechas se vieron confirmadas. Al sonido de mis pasos le seguía el sonido de otros pasos. Si mis pasos aumentaban su cadencia, los otros también. Me estaba siguiendo. Una mirada hacia atrás provocó en él un torpe movimiento de disimulo que no hizo más que aumentar mi inquietud. Reanudé la marcha, y él reanudó la suya. Tenía que acabar con situación tan absurda. Giré de pronto, alcé los bastones y di unos pasos en su dirección en actitud amenazadora y lanzando un par de alaridos del tipo de los que usan para comunicarse los obreros de la construcción. Efecto fulminante. Giró y volvió hacia su plaza. Esperé hasta que medio desapareció en la distancia. Continué.

Finalicé la etapa en Arzúa, a dos jornadas de Santiago. Mientras cenaba un plato del excelente queso de la zona, regado con un buen vino blanco y rematado con un chupito de la célebre crema de orujo, tomé conciencia de lo rara que había resultado la jornada y de lo rico en anécdotas que estaba resultando el Camino. Supe entonces que algún día lo tendría que contar.

viernes, 9 de enero de 2015

Vente a Alemania, Pepe

Resulta llamativo y estomagante constatar cómo los paladines de la supuesta democracia en la que vivimos, los mismos que encubren a correligionarios corruptos y que entierran al muerto, la crisis, sin esperar a que fallezca, reniegan y despotrican de la situación imperante en la posguerra y el franquismo, donde miles de españoles con el hatillo al hombro se lanzaban a la Europa industrial en busca de trabajo y futuro, hartos de miseria y sufrimiento.

Pues que sepan estos señores que hartos de ser ninguneados, despreciados y explotados, nuestros jóvenes, en pleno siglo XXI, se ven forzados a hacer lo mismo.

En un país incapaz de ocupar a la población activa y en el que se permiten barbaridades tales como pedirles inglés e informática a los aspirantes a cubrir un puesto de pastor-esquilador de ovejas (noticia real de la que acabo de tener conocimiento), el tener estudios ya no sirve. Y el no tenerlos ni te cuento. Consecuencia: Los hijos de los pudientes a Oxford o Harvard. Los hijos de los demás  a morirse de asco en el paro o con trabajos de mierda, contratos de mierda y salarios de mierda o a currar dónde y cómo puedan, preferiblemente en algún país angloparlante por eso del inglés. Todo será que cuando vuelvan,  el proceso de selección hispano les exija chino o swahili. 

Y todo esto viene a cuenta de que mi niña se me va. Ya sé que tiene veintitrés, pero siempre será mi niña. Y se me parte el corazón.

Pero es necesario. A ese convencimiento hemos llegado. Ella también. Como no somos de los de Oxford o Harvard, le toca currar. De aupair en el Reino Unido. Si viene dominando el inglés, objetivo cumplido y alabado sea Dios.

Es vergonzoso que hayamos llegado a esta situación. Es perfectamente válida para desarrollar infinidad de trabajos en nuestro país, si no fuéramos tan gilipollas en nuestro país. Pero gilipollas somos, y no poco. Así que tengo que verla partir, tengo que renunciar a verla durante meses y tengo que sufrir su ausencia.

Orgulloso de su valentía, por supuesto que lo estoy. Confiado en su adaptación, su rendimiento y su sentido de la responsabilidad, también. Preocupado, cómo no. Indignado, también.

No va a pasar ni un solo minuto en el que no estemos, los que la queremos,  pensando en ella. No va a pasar ni un solo minuto en el que no estemos orgullosos de ella. No va a pasar ni un solo minuto en el que no piense en la gentuza que nos ha llevado a esta situación. No pasa ni un solo minuto en el que no me avergüence de esta mierda de país en el que he tenido la desgracia de nacer.

Estoy seguro de que la experiencia será enormemente enriquecedora y le proporcionará, más allá del idioma, valiosos conocimientos para encarrilar su vida. Que bien está lo que bien acaba y que no hay mal que por bien no venga. Que dentro de unos meses celebremos tan difícil decisión. Mi niña se lo merece. Que así sea.

martes, 16 de diciembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La etapa reina

Fue hace siglos, en unas vacaciones de Semana Santa que pasé junto con mi familia, cuando descubrí la belleza de los montes que se elevan en tierras maragatas y bercianas, y ese recuerdo, unido a mi afición al senderismo y a mi pasión por la montaña, fue determinante a la hora de decidir que el inicio de mi Camino sería en Astorga. De esta forma evitaba las, a priori, aburridas etapas llanas y me sumergía de lleno y desde el principio en terreno montañoso.

La segunda etapa, Rabanal del Camino–Molinaseca, atravesando los Montes de León y con vistas a los Montes Aquilianos, se presentaba, pues, como un verdadero goce para los sentidos, por lo que comencé a atacarla con enorme ilusión y determinación.

Lo cierto es que lo que prometía un goce paisajístico ilimitado se convirtió en un calvario de sufrimiento.

Para comenzar, una corta y agradable subida entre jirones de niebla mañanera que se disipaba perezosamente, me depósito a los pies de la Cruz de Hierro, monumento donde di cumplida cuenta del ritual que en él se lleva a cabo (alimentar con una piedra el montón existente, sin saber muy bien por qué, que por cumplir no quede y sea por si acaso). A lo mejor el que la piedra que lancé al montón se partiera en dos al caer quería significar algo, pero como no era cuestión de dejarse influenciar por malos augurios, inicié el larguísimo descenso hacia Molinaseca que, por sus características, presumo que a no pocos les habrá pasado factura. En mi caso, así fue. Por culpa de mi inexperiencia a la hora de ajustarme la mochila, mis hombros resultaron seriamente dañados, y por culpa de mi exceso de confianza a la hora de hacer un uso insuficiente de los bastones, mis rodillas también.

Cuando llegué al albergue sólo me quedaban fuerzas para tumbarme a descansar, y fue tal la progresión del dolor en los hombros que cuando decidí incorporarme fui totalmente incapaz de hacerlo. Para lograr levantarme no tuve más remedio que girar sobre mí mismo, con un movimiento similar al de las croquetas cuando son rebozadas, cayendo al suelo boca abajo, para desde esta posición poder realizar las maniobras necesarias para ponerme en pie sin morir en el intento. Menos mal que al no haber nadie cerca en ese momento y a que la litera asignada era la de abajo, pude salvar decorosamente la situación. No quiero ni pensar en lo que habría pasado de estar tumbado en la litera de arriba.

Una ducha y varias toneladas de crema antiinflamatoria me proporcionaron la fuerza necesaria para llegarme hasta una mesa de la terraza del albergue donde sentarme a escribir. Los dolores persistían, aunque con algo menos de intensidad. Fue en ese momento cuando recibí la llamada de Carmen, mi mujer, que no tardó ni dos segundos en percibir que algo no iba bien. Enterada de mis problemas físicos y dado que sólo era mi segundo día en el Camino, quedó sumida, como es lógico, en un estado de honda preocupación. Por lo que a mí respecta, abatido, desganado y dolorido, tuve que batallar contra funestos pensamientos que no auguraban un buen final para la aventura recién iniciada, máxime teniendo en cuenta lo mal que había empezado y lo mucho que quedaba por hacer.

Afortunadamente era una soleada y agradable tarde de primavera y los dolores iban disminuyendo progresivamente gracias al buen hacer de la crema antiinflamatoria. Me animé a dar un corto pero relajante paseo por las calles de Molinaseca, me tomé una refrescante cervecita y rematé en una acogedora terraza bañada por la luz del atardecer donde ataqué con apetito un par de huevos fritos con chorizo regados con una botellita de vino, mencía y del Bierzo por supuesto. De nuevo estaba mentalmente arriba, seguro de que conseguiría culminar mi aventura y pasando uno de esos momentos felices y extremadamente fugaces con los que la vida te regala de vez en cuando. Era el momento de llamar a Carmen. La conversación nos devolvió la confianza y la calma. Todo sería muy diferente a partir de ese momento. Los inicios siempre son difíciles, pero sabía que con la mentalidad adecuada no había reto que no pudiera superar.

Después de la cena, y antes de retirarme a descansar, pasé largo rato sentado en la terraza del albergue, bajo las estrellas y en compañía de un par de peregrinos hispanos y del hospitalero de turno, que se encargó de amenizarnos la velada con un monólogo en el que despotricó de los peregrinos galos. Individuos, decía, que esperaban de los albergues servicios similares a los ofrecidos por los hoteles, quejándose, frecuentemente y con acritud, cuando constataban que dicha esperanza nada tenía que ver, como es lógico, con la realidad. “Si no les gusta el albergue, pues que se vayan a un hotel, no te jodes” fue la frase, o alguna muy similar, con la que dio por finalizada su perorata.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La mochila

Mi primera jornada me llevó hasta Rabanal del Camino, jornada fácil sobre el papel, de unos 20 km. y con un perfil básicamente llano. Pero no contaba con la mochila, la gran protagonista del día.

Durante la primera mitad de la jornada hizo notar sobre mis hombros su implacable presencia. Fue una lucha constante para conseguir unos ajustes que minimizaran su impacto. Menos mal que en unas 5 horas cubrí la etapa, lo que evitó, al menos ese día, que mi espalda terminara excesivamente maltrecha.

Cuando preparaba el Camino, leí numerosos artículos acerca de la mochila: sus características, su tamaño, su peso máximo recomendado, etc. Lo cierto es que tomas nota mental de todo ello, intentas comprar la mochila más adecuada de acuerdo a tu presupuesto y, finalmente, casi siempre la cargas más de lo recomendable. Ahora me doy cuenta de que esos 3 o 4 kilos de más, que parecen nada, significan mucho, y que con la debida experiencia se puede conseguir evitarlos. No es fácil sujetarse a la hora de echarle cosas a la mochila, pero cuando estas inmerso en el Camino, lo que darías por haber prescindido de algunas.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Historia de un parado - Las empresas de recolocación

Que maravilloso sería el Estado de Derecho si aparte de enumerar derechos los hiciera cumplir. Me encanta saber que según la Constitución tengo derecho al trabajo, pero más me encantaría tener uno. 

Como este nuestro querido Estado vive de las apariencias, tiene que dar la sensación de que realmente se preocupa por nosotros y de que hace todo lo posible por conseguirnos trabajo. Pues una de dos, o no hace nada o lo hace rematadamente mal.

No sólo no se genera empleo sino que desde el propio Estado se destruye. Caso del ERE que me ha tocado vivir en una Entidad financiera intervenida y por tanto bajo la tutela del Estado. Y como, habiéndome enviado a la calle, tiene que aparentar que se preocupa por buscarme un empleo, establece la obligación de facilitar a los afectados la tutela de una empresa de recolocación que consiga minimizar el impacto.

También sería maravilloso que la empresa de recolocación, recolocara, en lugar de dedicarse a repetirnos machaconamente lo mal que está la situación, lo difícil del mercado de trabajo y lo negro que lo tenemos para encontrar empleo.

Desde luego el apoyo sicológico que recibimos es más adecuado para empujarnos al suicidio que para cargarnos de optimismo. Claro que, bien pensado, a lo mejor es lo que se pretende. Muerto el perro se acabó la rabia. El suicidado descansa, la empresa de recolocación se quita un muerto, nunca mejor dicho, de encima, y el Estado resta uno de la lista de parados lo que contribuye a maquillar las estadísticas y alimentar su repugnante ego.

A lo que se dedica la empresa de recolocación es a cubrir el expediente. Se limita a dar una serie de consejos para buscar empleo, la mayor parte de los cuales se pueden encontrar fácilmente en Internet. Busca en la red  y nos envía ofertas de trabajo sin preocuparse de que se ajusten a nuestro perfil y a nuestra situación y, en la inmensa mayoría de los casos, con requisitos que ni cumplimos ni estamos en condiciones de cumplir a corto plazo. Las gestiones directas con empresas son muy escasas y con resultados, en mi caso, nulos. Todo esto para podernos  decir que lo han intentado y que no se puede hacer más por nosotros en un mercado laboral tan adverso. Como coartada está bien, pero a mí no me sirve.

Pueden hacer más, muchísimo más. Una empresa de recolocación que se precie debería ser capaz de encontrar trabajo a un elevado porcentaje de los trabajadores que se colocan bajo su tutela, sin dejarlo todo supeditado al éxito que éstos puedan tener gestionando directamente la búsqueda. Que cada uno de nosotros se va a dejar la piel buscando trabajo se da por supuesto y la duda, que la han manifestado, ofende. Una empresa de recolocación que se precie debería conocer al dedillo las características de todos y cada uno de los trabajadores tutelados, buscando y facilitando contactos con empresas que les necesiten, y no pretender que dichos trabajadores se ajusten a corto plazo a las exigencias predominantes en el mercado de trabajo, absurdas donde las haya.

Pongamos un ejemplo. Una empresa de servicios de jardinería aplica a sus trabajadores, algunos de los cuales llevan trabajando más de 30 años, un ERE. Hace 30 años para trabajar en una empresa de dichas características los requisitos a cumplir no eran demasiados ni, por supuesto, disparatados, por lo que tenemos trabajadores que se van al paro sin tener, pongo por caso, ni el Graduado Escolar, pero en cambio saben de jardinería lo que no está escrito. ¿Qué debería de hacer la empresa de recolocación? Pues buscarles empresas que necesiten jardineros experimentados, sin importarles la formación complementaria que puedan acreditar, formación que, por otra parte, no les va a ser de utilidad en su puesto de trabajo. Es decir, buscarles empresas que no apliquen los malditos y absurdos filtros de eliminación. Pero ¿qué es lo que realmente hacen?. Pues decirles a esos trabajadores que salvo que se pongan a estudiar como locos hasta que consigan tener una carrera, un par de masters, y dominen un mínimo de dos idiomas, no van a tener la más mínima oportunidad de encontrar trabajo y que, por supuesto, será culpa suya por no haber estudiado en su momento en lugar de trabajar desde tan jóvenes. No te jodes, si al final hasta habrá que pedir perdón por haber estado trabajando toda la puta vida. No conciben, estos señoritingos, que a lo mejor muchos de los que empezaron tan jóvenes era porque tenían que ayudar a sobrevivir a sus familias y no se podían permitir, ni por asomo, seguir estudiando

Pero eso sí, para aprovechar sinergias sí están espabilados, ya que ofrecen cursos de formación, de pago, a los pobres parados que caen en sus manos, que después de todo tienen indemnizaciones frescas de las que hay que intentar sacar tajada.

Lo peor de todo es que, como agentes dobles, juegan a dos bandos.  Además de empresa de recolocación, consultora. Además de, teóricamente, ayudarnos a encontrar empleo, hacen para las empresas el trabajo de eliminación de candidatos aplicando los malditos filtros que nos van a impedir encontrarlo (algunos, que no se dicen pero se aplican, como la edad y el sexo, claramente discriminatorios y que a muchos de nosotros nos dejan sin opciones). Si se trabaja para ambos bandos, la cuerda se romperá por la parte más débil y nosotros, los trabajadores, somos esa parte.

¿Éticamente correcto?. Que cada cual juzgue. Yo tengo clara mi opinión.

Señores de las empresas de recolocación, si los trabajadores colocados bajo vuestra tutela no encuentran trabajo, el fracaso es vuestro.

Señores que contratan a las empresas de recolocación, si no controláis el resultado final del trabajo realizado por éstas y os limitáis a cumplir con lo que os exige la ley, estaréis simplemente cubriendo el expediente, por tanto tener la decencia de no disfrazarlo de compromiso social. No cuela. 

Señores del Estado… Iba a escribir algo pero las arcadas me lo impiden hacer.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Los necios

Es en extremo indignante sufrir a personas que antes, durante y después de la experiencia del Camino, se atreven a juzgar y a valorar si el número de kilómetros recorridos merece su aprobación o su desprecio.

Nadie que haya hecho el Camino y tenga dos dedos de frente osaría hacer comentarios que resten valor al esfuerzo que cualquier peregrino realiza para conseguir su propósito.

Se me abren las carnes cuando escucho a personas que no han dado un paso en su vida, juzgar insuficientes los kilómetros recorridos por este o aquel peregrino, al que desprecian por ello. Suelen ser puristas descerebrados e ignorantes a los que sólo les vale el Camino Francés, el único del que han oído hablar, y desde Roncesvalles. Son como inquisidores modernos que no dudarían en echar a la hoguera al que no haya completado la totalidad del trayecto. 

Peor son los que habiéndolo recorrido en un número determinado de kilómetros, desprecian a los que han cubierto menos distancia que ellos. El Camino para ellos es una competición. Se equivocan, y su necedad se lo impide ver.

Son tantos los momentos de esfuerzo y sufrimiento que un peregrino ha de soportar, que merece, al menos, respeto. Por tanto cuando encuentres a uno, amigo prepotente, necio, descerebrado y estúpido, abstente de hacer comentarios que minusvaloren su esfuerzo. De lo contrario, demostrarás lo despreciable que puedes llegar a ser, y eso no es nada bueno para tu imagen.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Tras la flecha amarilla

Sin duda es la más perseguida y buscada del Camino. Ella nos señala la dirección a seguir, aclara nuestras dudas, resuelve momentos de indecisión y, lo que es más importante, nos permite llegar a Santiago sin grandes sobresaltos.

Casi siempre está pintada con buen criterio por gentes de buena voluntad que no persiguen otra cosa que orientar al peregrino.

Sin embargo, otros se aprovechan de ella usándola como reclamo direccional que sirve a sus propios intereses. Dos experiencias que sufrí en mis propias carnes ilustran este proceder.

La primera en las proximidades de Villafranca del Bierzo, en una larguísima jornada que comencé en Molinaseca y que se torció tras parar a comer en Cacabelos. Es poco después de abandonar esta población donde un numeroso grupo de flechas amarillas pintadas en el asfalto orientaron mis pasos hacia un camino que, tras atravesar un bonito paisaje de viñedos, te deposita a los pies del albergue de Villafranca. Todo maravilloso, salvo por el hecho de que eran las dos de la tarde, con un sol de justicia y una calor demencial que hizo que se agotaran mis reservas de agua, lo que me puso en una situación comprometida. Pero, oh milagro, al poco de quedarme sin agua surge providencial una vivienda en cuyo garaje, convertido en bar, pude comprar agua a precio de oro y de la que di cuenta en un pispás. Grave error, porque como estaba extremadamente fría me provocó un infierno gástrico (una cagalera en toda regla) que me complicó el resto de la tarde, toda la noche y casi toda la jornada del día siguiente. Lo indignante del caso es que, mientras formalizaba mi inscripción en el albergue, donde conseguí la última cama disponible, la hospitalera me contó que la señalización hacia el desvío que tomé era ilegal, propiciado por las flechas amarillas pintadas por los abuelos del garaje-bar, que ya estaban denunciados por tal práctica. El desvío, me siguió informando, me supuso recorrer unos cinco kilómetros suplementarios. No pude por menos que rememorar el momento en el que me tomaba la maldita botella de agua helada, mientras oía al paisano que me la vendió quejarse amargamente del sacrificio extremo que le suponía tener el bar abierto todo el día, sirviendo a los peregrinos aún a costa de tener que levantarse de la mesa,-estaba comiendo en ese momento-. Casi me pongo a llorar ¡No te jodes!

La otra, en la jornada que me llevó de Triacastela a Sarria. Para cubrir esa jornada se presentaban dos alternativas, una más dura y montañosa por San Xil, y otra teóricamente más sencilla por Samos. Como la jornada anterior me había pasado factura en forma de lesión de rodilla, opté por la sencilla. Hasta Samos muy agradable, umbrías espectaculares, aproximación  con unas vistas estupendas y ya en la localidad, el aspecto exterior del Monasterio imponente y el desayuno con vistas al mismo y con el sol tempranero templando el cuerpo, delicioso. Me compro una rodillera en una farmacia para sujetar mi maltrecha rodilla y comienzo a andar por la carretera dirección a Sarria convencido de que me quedaba la parte más fácil de la jornada. La sorpresa llega en forma de señales oficiales donde la Diputación de Lugo indica una dirección para los ciclistas (por la carretera) y un desvío para los caminantes, desvío que, obediente que es uno, tomé sin resquemor alguno. Enorme error, ya que te internas en una serie de rutas de senderismo enlazadas que te hacen subir, bajar, volver a subir, volver a bajar, corredoira por aquí, corredoira por allá,  girar a la izquierda, a la derecha, de nuevo a la izquierda, dudar y, finalmente, acordarte no precisamente con cariño de los de la Diputación que decidieron señalizar el asunto. Si hubiera querido hacer senderismo, perfecto, pero si lo que quería era llegar pronto a mi destino por ir lesionado, no es de cajón que me endilguen unos cuantos kilómetros de más por caminos de cabras que terminaron por agravarme la lesión y de los que no estaba en condiciones de disfrutar. Que el desvío para caminantes se hubiera señalizado como una alternativa más interesante desde el punto de vista paisajístico, vale, pero que se indique como la ruta “normal” no es de cajón. Había que verme echando pestes a grito pelado mientras recorría esos caminos de Dios. Parecía un loco furioso y peligroso recién huido del manicomio. Tenía que exteriorizar mi indignación. Seguro que a más de uno le debían de estar pitando los oídos.