El evangelio según Sanidad sigue siendo
difundido entre una población que fundamentalmente cree.
No hay que ser muy lince para detectar
las estrategias de difusión utilizadas y el mensaje de moda en cada momento.
Ahora toca preparar a la población para
la era postvacuna que, lejos de ser el oasis liberador que nos prometían, va a
resultar ser la consolidación de la alienación como forma de vida.
Por poner un ejemplo, en 20minutos.es
del 14 de enero de 2021 se dice:
"¿Que debo hacer tras vacunarme?
El Ministerio de Sanidad ha pedido a todos los que hayan sido inoculados
que sigan cumpliendo la
normativa sanitaria hasta que el 100% de la población haya recibido
las dosis correspondientes de la vacuna.
Hasta entonces, se solicita el uso de mascarilla, el lavado de manos frecuente,
mantener la distancia interpersonal, limitar el número de personas en
reuniones, elegir actividades que puedan realizarse al aire libre o en espacios
correctamente ventilados y quedarse
en casa si se tienen síntomas o se ha estado en contacto con un
positivo de coronavirus."
O sea, TODO IGUAL, o peor.
Tenemos que seguir con el bozal puesto, sin relacionarnos con familiares y
amigos, sin, en definitiva, vivir, hasta que TODA la población haya sido
vacunada y se compruebe que no es potencialmente contagiosa. Conclusión:
Condicionan la recuperación de nuestras vidas a la consecución de un objetivo
que, ellos lo saben muy bien, es imposible de alcanzar, lo que en definitiva
supone la perpetuación de nuestra condición de esclavos.
Llegados a este punto creo que deberíamos empezar a preguntarnos si esta
pandemia es una cuestión sanitaria o es algo más. Pero más allá de cuál
sea nuestra respuesta cabe preguntarnos si asumimos vivir como esclavos o
debemos luchar por recuperar nuestras vidas y, de paso, salvar las de nuestros
hijos a los que los medios, de forma desvergonzada y cruel, empiezan a llamar
"la generación de las mascarillas".
La escritura como terapia
martes, 16 de febrero de 2021
La era postvacuna
jueves, 11 de febrero de 2021
Riesgo cero
No ignoro la razón por la que una parte significativa de la
población cree imprescindible la consecución del utópico “riesgo cero” como
condición imprescindible e innegociable para recuperar lo que hasta hace poco
eran sus “vidas”.Y la razón no es otra que la propaganda oficial, la mentira mil veces repetida, de forma más o menos subliminal, que se convierte en verdad.
Terroríficos mantras pandémicos nos martillean el cerebro día tras día. Y uno de los más repetidos últimamente es el de la seguridad total, esa que nunca ha existido, ni existe ni existirá. Esa que sirve de excusa para imponernos una y otra vez medidas absurdas, arbitrarias e inútiles que solo sirven para someternos y humillarnos. "Son medidas duras pero necesarias para acabar con el virus", nos venden. Como si no supieran que con el virus nunca se va a acabar y con la pandemia, simplemente no se quiere acabar.
El “riesgo cero” es inalcanzable como objetivo y ampararse en su consecución solo persigue enquistar el miedo y perpetuar el absurdo y tiránico reinado de los yonquis del poder.
Una vida sin riesgo no es vida. Corro riesgo cuando subo a un coche, cuando escalo montañas, cuando monto en bici y, sí, también cuando estoy en casa. Pero es que ese riesgo es consustancial a la vida. Eso es estar vivo. Lo contrario es algo parecido a la vida de un vegetal.
Moriremos de parada cardíaca, de un accidente de tráfico, arrastrados por una riada, de cáncer o en la aparente seguridad del salón de casa víctimas de una explosión de gas. Son tantas las posibles formas de morir y tan incierto es el momento de la muerte, que haríamos bien en vivir. Como un humano, no como un vegetal.
¿Irresponsables? No. ¿Imbéciles? Tampoco.
Por cada 100 “irresponsables” que nos son mostrados en los infames noticiarios de las sospechosamente uniformes cadenas televisivas, hay millones de “responsables” a los que no se dedica ni un minuto en esos mismos medios de comunicación, de manipulación diría yo, de masas. El mensaje es “siempre negativo, nunca positivo”. Y el quimérico objetivo, el “riesgo cero”, haciendo las veces de zanahoria que azuza a los mulos, ignorantes de que nunca la van a alcanzar.
Ni si quiera la tan cacareada vacuna, vendida durante todo este tiempo de represión y confinamiento como la solución definitiva a esta pandemia, y que cuenta con la bendición de todas las instituciones habidas y por haber, cuenta con un futuro halagüeño y libre de contradicciones.
Una vacuna que no impide contagiar después de recibida, dicen ahora; que no exime al que la recibe de cumplir todas y cada una de las restricciones en vigor, bajo el ya cansino mantra del “no bajes la guardia”; que es ineficaz total o parcialmente ante las nuevas variantes del virus que han surgido y que sin duda surgirán; y que, en fin y por tanto, no va a permitir que recuperemos en breve la “normalidad” política, social y económica de la que disfrutábamos hace poco menos de una año, no hace más que corroborar que el discurso del Estado sigue siendo el mismo de siempre. El del catastrofismo, el miedo, la represión y los balones fuera.
Y las soluciones, las mismas. Ninguna. Porque después de imponernos restricciones de todos los colores, siguen instalados en el “Yo no he sido, que ha sido la población que es irresponsable e indisciplinada”, afirmación además de falsa, insostenible, después de casi un año de poder absoluto donde han hecho y deshecho lo que les ha venido en gana.
A los servidores del Estado, esbirros de un Sistema corrupto y represor, toca señalarles, no disculparles. La gestión del Estado no es que sea mala, es que es nefasta. Sea porque no quieren o porque, vasallaje obliga, no les dejan. Toca señalarles, con el mismo dedo acusador que ellos han desviado hacia su “irresponsable” pueblo, eficaz cortina de humo que tapa sus vergüenzas. Toca ver el bosque más allá del árbol. Toca exigir. Toca vivir.
lunes, 14 de diciembre de 2020
El mito
No desde el punto de vista epidemiológico, donde la orgía de cifras fluctúa libremente y de forma sospechosamente conveniente a los intereses del Estado y a las fechas del calendario.
Sí, en cambio, desde el punto de vista propagandístico donde la furibunda campaña de terror instigada por el Gobierno y ejecutada por los medios de comunicación de masas se recrudece.
Y para ello, han creado un mito. Con apariencia de realidad, pero mito al fin y al cabo.
Como el coco, el hombre del saco, las brujas, los vampiros o los licántropos, el asintomático también tiene que cumplir su función, la de dar mucho miedo.
Y vaya si lo consigue. Nada puede ser más terrorífico para el común de los mortales que el que alguien aparentemente inofensivo, el asintomático, pueda llevar oculto un virus capaz de matar indiscriminadamente. La repetición ad nauseam de esta patraña, denunciada como tal por expertos independientes de diversas nacionalidades, supone uno de los planteamientos estratégicos más retorcidos y eficaces de la historia reciente. Y el Estado, una vez constatada su utilidad, se dedica en cuerpo y alma a alimentar el mito, al que se le atribuyen cualidades cada vez más perniciosas. Y rocambolescas. Ya hablan de que los futuros vacunados no sufrirán la enfermedad pero sí podrán transmitirla, lo que significa que aún vacunados seguirán siendo un peligro mortal, nueva falsedad que de conseguir implantarla en el subconsciente colectivo supondrá, de hecho, perpetuar el mito. Y el terror. Sólo cabe ponerse a salvo, nos dicen, aunque no nos revelan cómo, más allá de los manidos, constantes e inútiles confinamientos que nos convierten a todos en reos condenados a perpetuidad aunque, eso sí, con los escasos e insignificantes beneficios penitenciarios que nuestro Estado bondadoso y benefactor tenga a bien concedernos. Justo donde, in saecula saeculorum, nos quieren tener.
Las consecuencias que para nuestra sociedad supone la aceptación del mito como algo tangible y real son demoledoras, ya que, para la inmensa mayoría, el responsable de las terribles consecuencias,- físicas, psicológicas, sociales y económicas-, que la propagación del virus tiene y tendrá sobre la población nunca será el Estado, sino los ciudadanos, asintomáticos, que cuestionen la utilidad de las restricciones impuestas por los gobiernos o los que, aun sin cuestionárselas, no se autoimpongan medidas aun más drásticas, exigidas por hordas de iletrados debidamente sugestionados que dan sentido a sus miserables vidas tratando de que igual de miserables sean las de todos los demás. El mal de muchos, consuelo de tontos.
Una genial, aunque despreciable, maniobra del Estado para enfrentarnos los unos a los otros según la ya conocida estrategia del divide y vencerás.
El día que el asintomático pase de ser una realidad mayoritariamente aceptada a una afirmación al menos cuestionada, se ganará una importante batalla, principio del tortuoso camino que nos llevará a la recuperación de nuestras vidas, a la recuperación de la tan ansiada y única normalidad.
martes, 29 de septiembre de 2020
Anormales
Lo normal no es nuevo ni viejo, es normal. Lo contrario de normal, anormal. La nueva normalidad no es más que un eufemismo de la anormalidad. Lo anormal no es nuevo ni viejo, es anormal. Y anormales son los que practican, fomentan y defienden la anormalidad.
Veamos unos ejemplos.
De anormales cabe calificar las últimas manifestaciones de la OMS más propias de un circo que de una Institución que pretende ser respetable. Que estos señores se dediquen a instruirnos, como si fuéramos monos amaestrados, acerca de la importantísima cuestión de cómo tenemos que saludarnos para evitar contagios (ahora ya no vale juntar los coditos, ahora la mano al corazón) es tan lamentable que no creo tener que extenderme mucho en ello para evidenciar lo patético e indignante que resulta. Y lo de recomendar el sexo sin contacto físico, el sexo virtual, ya es de traca. Su lamentable actuación en esta pandemia espero y deseo que suponga el principio del fin de esta esperpéntica Institución.
Anormal, por amoral, es la actuación de nuestros gobernantes (centrales, autonómicos o locales, lo mismo da) que, valiéndose de su ventajosa posición y empoderados por la pasividad de las masas, ni comunican ni explican plan alguno para acabar con esta pandemia, más allá del calculado, socorrido, injusto e inútil confinamiento, tal vez porque ya esté acabada y su fingida y persistente virulencia favorezca la consecución de otros objetivos, vasallaje obliga, que nada tienen que ver con la salud. Mientras, nos han arrojado a una angustiosa y dañina existencia plagada de medidas despóticas, coercitivas, carentes de lógica y muy alejadas del sentido común. Una existencia, en fin, a la que nos han condenado haciendo gala de una extrema crueldad y ensañándose una y otra vez con el pueblo al que están dejando con lo puesto.
Anormal, por repugnante y servil, está resultado el papel de los medios de comunicación, que están difundiendo la propaganda oficial con una llamativa uniformidad de criterios y una machaconería tal que, elevada hasta cotas jamás alcanzadas, resulta grotesca e insultante para cualquier espíritu libre e independiente al que le quede una pizca de dignidad.
Anormal, por necio, está resultando el grueso de la población. Incapaces de razonar son presa fácil de la maquinaria del Estado. De pensamiento único, practican un odio despiadado, irracional e inducido hacia lo diferente, hacia lo que no comprenden. Y lo hacen notar. Hipócritas, zafios, envidiosos y cobardes, muchos de los habitantes de éste, nuestro querido y odiado país, han resultado víctimas fáciles del terror. Revisten de dignidad su gregario proceder en un patético intento de enmascarar su miedo. Pontifican desde la comodidad que proporcionan fortunas y salarios que creen bien amarrados. El coronavirus lo justifica todo. Ya no hay que tener miramientos con nadie. Ya no hay amigos, ni compañeros, ni colegas. Ya no hay individuos sanos. Miradas propias de leprosería, entre aterradas y desafiantes, se prodigan por doquier. El prójimo es el enemigo mortal al que hay que evitar. Mejor sólo, que es más seguro. Callo y obedezco, que es por mi bien.
Esta panda de anormales, en todas y cada una de las categorías anteriormente expuestas, son los culpables, por acción, colaboración o complicidad, de precipitarnos a lo que parece ser, si nadie lo remedia, el fin de la sociedad libre. Tal vez algún día, quién sabe, tengan que pagar por ello.

















