La escritura como terapia


martes, 11 de mayo de 2021

El miedo es libre

Otra mierda de frase que, a modo de incontestable axioma, repite la gente hasta la saciedad.

Razonamiento que pretende legitimar un sentimiento, el miedo, en base a la libertad de elección que el individuo cree ejercer a la hora de tenerlo. Curioso, por tanto, que sus valedores consideren que el no tenerlo no es opción.

Lo que yo elijo, dicen, tengo la libertad de elegirlo. Lo que tú eliges, como no coincide con lo que yo he elegido, pues va a ser que no.

Doble error el de estos campeones del razonamiento inducido. Primero por no respetar la elección de los demás, aun siendo contraria a sus preferencias, lo que automáticamente y en justa reciprocidad convierte sus opiniones en poco o nada respetables. Segundo, por considerar que el miedo se elige, cuando hasta el más necio sabe que el miedo simplemente se tiene o no se tiene.

No queráis, pues, hacer de vuestro defecto, virtud.

La prudencia es virtud. El miedo, no.

Tan sencillo como eso. Tanto miedo y tan mal gestionado os hace, queridos amigos, vulnerables, inseguros, irracionales e infelices, lo que es digno de lástima. En otros muchos casos, y lo que es peor, os vuelve envidiosos, rencorosos, intransigentes, egoístas y profundamente injustos, tal y como al Estado le gusta. En este caso, la lástima está de más.

Coartadas mentales, inducidas por el todopoderoso Estado a través del terrorismo informativo y con la finalidad de fijar el punto de mira en el disidente, no les van a faltar a estos apóstatas del pensamiento independiente, de la lógica y del sentido común. Trajes a medida de las masas rendidas y cómplices, por acción u omisión, de la destrucción de nuestra civilización. Eslóganes que a modo de machacones mantras perforan sus cerebros, ya bastante mermados, y que no son más que estomagantes y nauseabundas excusas para defender el pensamiento único, ese que está a años luz de la libertad.

Observamos este proceder día tras día, cuando en los prostituidos noticiarios televisivos nos muestran una selección de individuos, llamativamente uniformes en su razonar, defendiendo confinamientos, mascarillas, toques de queda y cierres perimetrales hasta el infinito, tanto en lo restrictivo como en lo temporal, supongo que porque tendrán miedo. O porque tienen pocas luces. O porque defienden inconfesables intereses. O por todo a la vez.

Con decir la frasecita “El miedo es libre” asunto resuelto.

Pues dejarme deciros una cosita. Vuestro miedo no afecta única y exclusivamente a vuestras vidas, ya que es utilizado por las autoridades para restringir la libertad de todos, también de los que no lo tenemos, máxime cuando vuestro proceder avala la idea, hábilmente introducida por el Estado, de que el no tenerlo es característico de seres peligrosos y asociales responsables al cien por cien de la situación y para los que todo castigo es poco. Demostráis con ello muy poca inteligencia y una escasísima humanidad. No sois, siento decirlo, más que un puñado de ignorantes egoístas que queréis para los demás la misma vida infeliz y miserable que, por culpa del miedo, caracteriza vuestra existencia. En lugar de luchar por vencer al miedo, lo que activaría sentimientos de solidaridad y comprensión, pretendéis que todos lo sintamos, lo que nos provoca indignación. El mal de muchos, consuelo de tontos. Exactamente lo que quiere el Estado. Justamente contra lo que hay que luchar.

Por lo que a mí respecta, podéis seguir practicando esa fe ciega en un Estado que no os afloja la correa ni después de vacunaros, y siempre podréis, indefensos y asustados ante un hipotético relajo en las medidas “preventivas” impuestas, encerraros en vuestras casas o mantener vuestro rostro protegido con una mascarilla de por vida. La voluntariedad es lo que tiene, que os permite ser tremendamente restrictivos … con vosotros mismos, aunque tal vez así ya no os resulte tan estimulante.

Eso sí, a mí me dejáis en paz. Que mi vida, como es mía, la gestiono yo. Aunque esto, tal vez, tampoco os cause placer.

Recordad, en fin, que por mucho que repitáis la dichosa e inconsistente frasecita, el miedo no os hace libres sino esclavos. Podéis asumir dicha condición o luchar para cambiarla.

jueves, 6 de mayo de 2021

Y ahora, ¿Qué?

Pues mucho me temo que más de lo mismo.

Hemos asistido expectantes al número circense al que denominan “La fiesta de la democracia”, ese en el que muchos ponen un papel en una urna pensando que dicho papel es de una importancia vital para el buen funcionamiento institucional.

Ha sido, esta vez, en la Comunidad de Madrid, donde una señora ha ganado prometiéndonos, una y otra vez, que ella y sólo ella podía garantizarnos la libertad, esa libertad que hemos visto cruelmente pisoteada con la coartada pandémica.

Siniestros, es cierto, eran sus adversarios. Clones del poder central y, como tales, ávidos de continuar con el Estado de Terror impuesto por aquel. Su debacle, un pequeño respiro.

Inquietante, no obstante, resulta constatar a qué partido sirve esta Juana de Arco de pacotilla. Un partido que lleva años caracterizándose, como casi todos los que participan en este show mal llamado Democracia, por ser tan servil a sus amos como los que ahora ostentan el poder y lo evidencian sin disimulo alguno.

Bochornosas escenas parlamentarias donde escenifican un falso antagonismo, a pocos pueden ya engañar, sobre todo teniendo en cuenta que a la hora de la verdad siempre se ponen de acuerdo en aprobar todo tipo de disposiciones, despropósitos diría yo, que benefician a unos pocos a costa de machacarnos a muchos.

Yo creo, que lo de la Sra. Ayuso es una cuestión de conciencia. Bajo su declarado cristianismo y sabedora de que, según su doctrina, puede eludir la justicia humana pero nunca la divina, intenta ser justa en la medida en que la dejan, que supongo será poco.

Por eso sería bueno que recordara que no cumplir las promesas dadas no deja de ser un pecado que merece ser castigado.

Libertad, es lo que nos ha prometido. Y es lo que quiero. Y lo quiero ya. No me vale a estas alturas que nos siga encerrando en nuestras casas, en nuestros barrios o en nuestras ciudades. No me vale que me mande a casa en horario infantil. No vale que me discrimine obligándome a llevar un carnet de vacunación. No me vale salir a la calle con la cara tapada con una mascarilla. Todo eso no es libertad. Ya no cuela, después de un año de falsa pandemia, seguir con la excusa de la salud pública. La Sra. Ayuso y su equipo de incondicionales tienen los datos, los conocimientos y el acceso a fuentes que les permiten saber lo que de verdad está pasando, y continuar, como siguen haciendo, pidiendo instrumentos para poder someter al pueblo a vejatorias privaciones de libertad invalida el eslogan de su campaña electoral.

No sea hipócrita, Sra. Ayuso, y tenga un gesto para demostrar su buena fe. De lo contrario, en poco se diferenciaría de los enemigos a los que ha derrotado en las urnas.

Podría ser, el gesto, cambiar de obligatorio a voluntario el uso de mascarilla en exteriores, inútil desde el punto de vista sanitario como usted muy bien sabe. A lo mejor así nos creemos que en breve vamos a recuperar esa libertad, plena y sin condiciones, que nos ha prometido.

Y si no es así, espero que Dios, su Dios, se lo haga pagar.

jueves, 22 de abril de 2021

La verdad consensuada

Un día, no hace mucho, leí en El País, diario que ha pasado de autodenominarse “Diario independiente de la mañana” al muy revelador “El periódico global”, un artículo que versaba sobre no recuerdo que aspecto relacionado con la Segunda Guerra Mundial.

Todo muy ortodoxo, obediencia obliga. Pero para mi sorpresa, el artículo en cuestión terminaba con una frase de esas que alegran el día a cualquier Revisionista que se precie. "Se trata de hechos que forman parte del consenso sobre la Segunda Guerra Mundial” se decía sin recato y con la mayor naturalidad.

Lo aberrante, amén de esclarecedor, de esta frase es la palabra “consenso”, en tanto en cuanto despoja de objetividad al concepto de verdad. La verdad ya no es, o no es. La verdad será la que consensuen aquellos que ostentan el poder y que tienen, por tanto, la capacidad y los medios para difundirla de forma masiva.

Este “descuido” pone en evidencia, una vez más, uno de los mecanismos de los que se sirve el poder para ejercer un eficaz control mental sobre su población, y que no es otro que el establecimiento de una “verdad” oficial que, en aquello que les beneficie, distará enormemente de la, valga la redundancia, verdadera verdad. Es el orwelliano “Quién controla el presente, controla el pasado, y quién controla el pasado, controla el futuro”.

Este desvergonzado proceder consigue, no se puede negar, multitud de adeptos que fundamentalmente “creen”. Pero también, muy a su pesar, provoca la reacción de unos pocos, para los que el escepticismo es religión, que lejos de conformarse, se hacen infinidad de preguntas a las que intentan responder. Mediante la investigación, la observación, el análisis y la deducción, revisan y ponen en evidencia una y otra vez esas “verdades” oficiales que dogmáticamente nos son impuestas. Son el grano en el culo del Sistema.

Y el Sistema, como no podía ser de otra manera, intenta extirpar tan doloroso forúnculo. Y lo hace, contrariamente a lo que predica, de forma artera y en modo alguno democrática. Etiquetando como falso todo aquello que no sirva a sus intereses, no hace más que aplicar una burda censura y limita, sin más, la en otros tiempos sagrada e intocable libertad de expresión.

Y lo más llamativo del asunto es que este Estado demente y manipulador, que ofrece como única prueba de sus “verdades” el tan popular “lo han dicho en la tele”,  acusa a científicos e intelectuales contrarios a sus designios de no probar debidamente sus afirmaciones, cuando lo cierto es que tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano por mostrar las evidencias que las amparan, silenciadas y ocultadas sistemáticamente por unos medios de comunicación que han tocado fondo en lo que a servilismo y abyección se refiere.

Y por si esto fuera poco, estos sinvergüenzas han popularizado la moda de la etiqueta y la adjetivación como arma definitiva para acabar con el debate y la disensión. Si argumentas en mi contra, te cuelgo la etiqueta y, sin más explicación, zanjado el asunto. Que para chulo yo, que ostentando el poder no tengo que demostrar nada. Faltaría más.

Negacionista, racista, xenófobo, facha, homófobo, irresponsable, insolidario y otros muchos, son términos acuñados para, sin debate alguno, dar por zanjada cualquier cuestión. Usan la adjetivación a modo de “tiro en la nuca”. Pero eso, y lo saben, no les da la razón.

Miedo es lo que tienen, y hacen muy bien en tenerlo. Porque quedan espíritus libres que están revisando su nefasto proceder y porque la verdad, la de verdad, llegará finalmente al pueblo que, engañado, traicionado y humillado, querrá cobrarse cumplida venganza por tanta iniquidad.

miércoles, 31 de marzo de 2021

Más madera

Ya escribí en http://pellejudoscorner.blogspot.com/2020/06/como-perros-con-bozal.html?m=1 lo que realmente significaba la imposición del uso de la mascarilla por parte de unos gobernantes de cuya chulería también hablé en http://pellejudoscorner.blogspot.com/2020/04/chulos.html?m=1

Ahora,- después de un año de culpable indolencia , indolencia que continúa con la esperpéntica distribución y administración de la tan esperada vacuna, esa que iba a suponer, según nos vendían, el fin de la pandemia-, resulta que nos premian con más chulería, extendiendo los supuestos de uso obligatorio de la mascarilla hasta el absurdo y fijando su final en el "final de la pandemia", fecha indeterminada que no les compromete a nada. Como si ese final dependiera exclusivamente de nosotros y no de ellos.

Y para rematar su desfachatez, sus "expertos" virólogos, que también deben ser futurólogos, nos piden nuevamente que nos esforcemos, que nos sacrifiquemos para superar la cuarta y sucesivas olas que, sin duda, están por venir. Burla cruel que muestra el desprecio que sienten por el esfuerzo y el sacrificio que, no lo olvidemos,  la mayor parte de la población está entregando generosamente desde hace ya más de un año.

Ya sólo en nuestro ámbito privado parece que estamos libres del uso de la inefable mascarilla. Pero a pocos parece importar. Tal vez sea lo siguiente.  Que entren en nuestras casas, que criminalicen la privacidad, que nos roben la ya escasísima independencia que nos queda, que pisoteen nuestra maltrecha dignidad y que nos despojen de cualquier resto de humanidad.

Dediquemos cinco minutos a pensar, seria y profundamente, en el deterioro que han sufrido nuestras vidas, en todo lo que nos está siendo arrebatado a pesar de nuestro recto proceder y en el cruel castigo que estamos recibiendo al ser culpabilizados injustamente, a través de los medios, por unos servidores del Estado interesados en desviar la atención de una situación por ellos gestionada y de la que en absoluto somos responsables.

Y concluyamos, como no puede ser de otra manera, que consentir este proceder es resignarse a una vida de esclavitud. Es dar por buena la rendición. Es entregarles nuestra alma. Es cambiar vivir por malvivir. Es peor que morir.

Tal vez esta reflexión, que nos debemos a nosotros mismos, a nuestros antepasados que lucharon por darnos una vida mejor y a nuestros descendientes a los que debemos dejar en un mundo alejado de la indeseable alienación a la que parecemos abocados, prenda la mecha de la necesaria y cada vez más urgente reacción.

jueves, 25 de marzo de 2021

Basada en un hecho real

Cuando en la Comunidad de Madrid se estableció normativamente, con su publicación en el BOCM, el uso obligatorio de la mascarilla, se recogieron en esa misma norma excepciones a su uso.

Entre las excepciones contempladas y que continúan vigentes hay dos, que afectan a la práctica de deportes al aire libre y a la permanencia en espacios naturales, que me gustaría recordar. Dicen así:

"NO será obligatorio su uso durante la actividad deportiva al aire libre siempre que pueda garantizarse el mantenimiento de la distancia de seguridad con otras personas no convivientes.
TAMPOCO será necesaria en los espacios de la naturaleza o al aire libre fuera de núcleos de población, siempre y cuando la afluencia de las personas permita mantener la distancia interpersonal de seguridad de, al menos, 1,5 metros."

Pues bien, practicando senderismo (que es una actividad deportiva al aire libre) junto a mi mujer por un espacio natural (una vía verde con una anchura de unos 3 metros) una señora cabrona e hija de puta, perdón por la malsonante pero precisa y necesaria descripción, se ha permitido acercarse a nosotros y recriminarnos el no llevar la mascarilla puesta, ensombreciendo nuestro, hasta ese momento, agradable paseo. A pesar de nuestra respuesta, ponerla de vuelta perejil, el disgusto ya nos lo había dado. Y como quiera que, por civismo y para evitar males mayores, no puedes molerle los huesos a palos, como te pide el cuerpo, la rabia y la indignación que se te queda dentro es fácil de imaginar.

Es tremendamente injusto e indignante que la pandemia haya proporcionado a esta gentuza lerda y amargada la coartada perfecta  para ejercer de infantilizados sátrapas, caprichosos e irracionales. 

Coartada facilitada por los poderes públicos,  encantados de tener tan fieles y sumisos colaboradores. Porque es muy llamativo observar cómo en la web de la Comunidad de Madrid, la misma que estableció la obligatoriedad de la mascarilla al aire libre pese a su bien sabido carácter humillante derivado de su inutilidad, se insiste en el concepto de la obligatoriedad pero se silencia el hecho de que existen excepciones, lo que es una prueba de manipulación tendenciosa de la información. Parece, una vez más, que la captación de los votos de millones de lerdos prima sobre la defensa de los derechos de todos, lerdos o no, en base a la transparencia y la honradez informativa.

Algún día, tanto va el cántaro a la fuente..., estos predicadores colaboracionistas, más papistas que el Papa, pagarán cara su osadía. Mientras tanto, y para no tentar a la suerte, deberían de abstenerse de recriminar, en especial cuando, como en el caso descrito, el comportamiento de los interpelados se ajusta escrupulosamente a la norma.

Por mi parte sólo deseo que la justicia divina, si es que tal cosa existe, castigue con contundencia su insolente crueldad.

martes, 16 de febrero de 2021

La era postvacuna

Los medios oficialistas, que son prácticamente todos, continúan, incansables y obedientes, con su labor evangelizadora.

El evangelio según Sanidad sigue siendo difundido entre una población que fundamentalmente cree.

No hay que ser muy lince para detectar las estrategias de difusión utilizadas y el mensaje de moda en cada momento.

Ahora toca preparar a la población para la era postvacuna que, lejos de ser el oasis liberador que nos prometían, va a resultar ser la consolidación de la alienación como forma de vida.

Por poner un ejemplo, en 20minutos.es del 14 de enero de 2021 se dice:

"¿Que debo hacer tras vacunarme?
El Ministerio de Sanidad ha pedido a todos los que hayan sido inoculados que sigan cumpliendo la normativa sanitaria hasta que el 100% de la población haya recibido las dosis correspondientes de la vacuna.
Hasta entonces, se solicita el uso de mascarilla, el lavado de manos frecuente, mantener la distancia interpersonal, limitar el número de personas en reuniones, elegir actividades que puedan realizarse al aire libre o en espacios correctamente ventilados y quedarse en casa si se tienen síntomas o se ha estado en contacto con un positivo de coronavirus."


O sea, TODO IGUAL, o peor.

Tenemos que seguir con el bozal puesto, sin relacionarnos con familiares y amigos, sin, en definitiva, vivir, hasta que TODA la población haya sido vacunada y se compruebe que no es potencialmente contagiosa. Conclusión: Condicionan la recuperación de nuestras vidas a la consecución de un objetivo que, ellos lo saben muy bien, es imposible de alcanzar, lo que en definitiva supone la perpetuación de nuestra condición de esclavos.

Llegados a este punto creo que deberíamos empezar a preguntarnos si esta pandemia es una cuestión sanitaria o es algo más.  Pero más allá de cuál sea nuestra respuesta cabe preguntarnos si asumimos vivir como esclavos o debemos luchar por recuperar nuestras vidas y, de paso, salvar las de nuestros hijos a los que los medios, de forma desvergonzada y cruel, empiezan a llamar "la generación de las mascarillas".

jueves, 11 de febrero de 2021

Riesgo cero

 No ignoro la razón por la que una parte significativa de la población cree imprescindible la consecución del utópico “riesgo cero” como condición imprescindible e innegociable para recuperar lo que hasta hace poco eran sus “vidas”.

Y la razón no es otra que la propaganda oficial, la mentira mil veces repetida, de forma más o menos subliminal, que se convierte en verdad.

Terroríficos mantras pandémicos nos martillean el cerebro día tras día. Y uno de los más repetidos últimamente es el de la seguridad total, esa que nunca ha existido, ni existe ni existirá. Esa que sirve de excusa para imponernos una y otra vez medidas absurdas, arbitrarias e inútiles que solo sirven para someternos y humillarnos. "Son medidas duras pero necesarias para acabar con el virus", nos venden. Como si no supieran que con el virus nunca se va a acabar y con la pandemia, simplemente no se quiere acabar.

El “riesgo cero” es inalcanzable como objetivo y ampararse en su consecución solo persigue enquistar el miedo y perpetuar el absurdo y tiránico reinado de los yonquis del poder.

Una vida sin riesgo no es vida. Corro riesgo cuando subo a un coche, cuando escalo montañas, cuando monto en bici y, sí, también cuando estoy en casa. Pero es que ese riesgo es consustancial a la vida. Eso es estar vivo. Lo contrario es algo parecido a la vida de un vegetal.

Moriremos de parada cardíaca, de un accidente de tráfico, arrastrados por una riada, de cáncer o en la aparente seguridad del salón de casa víctimas de una explosión de gas. Son tantas las posibles formas de morir y tan incierto es el momento de la muerte, que haríamos bien en vivir. Como un humano, no como un vegetal.

¿Irresponsables? No. ¿Imbéciles? Tampoco.

Por cada 100 “irresponsables” que nos son mostrados en los infames noticiarios de las sospechosamente uniformes cadenas televisivas, hay millones de “responsables” a los que no se dedica ni un minuto en esos mismos medios de comunicación, de manipulación diría yo, de masas. El mensaje es “siempre negativo, nunca positivo”. Y el quimérico objetivo, el “riesgo cero”, haciendo las veces de zanahoria que azuza a los mulos, ignorantes de que nunca la van a alcanzar.

Ni si quiera la tan cacareada vacuna, vendida durante todo este tiempo de represión y confinamiento como la solución definitiva a esta pandemia, y que cuenta con la bendición de todas las instituciones habidas y por haber, cuenta con un futuro halagüeño y libre de contradicciones.

Una vacuna que no impide contagiar después de recibida, dicen ahora; que no exime al que la recibe de cumplir todas y cada una de las restricciones en vigor, bajo el ya cansino mantra del “no bajes la guardia”; que es ineficaz total o parcialmente ante las nuevas variantes del virus que han surgido y que sin duda surgirán; y que, en fin y por tanto, no va a permitir que recuperemos en breve la “normalidad” política, social y económica de la que disfrutábamos hace poco menos de una año, no hace más que corroborar que el discurso del Estado sigue siendo el mismo de siempre. El del catastrofismo, el miedo, la represión y los balones fuera.

Y las soluciones, las mismas. Ninguna. Porque después de imponernos restricciones de todos los colores, siguen instalados en el “Yo no he sido, que ha sido la población que es irresponsable e indisciplinada”, afirmación además de falsa, insostenible, después de casi un año de poder absoluto donde han hecho y deshecho lo que les ha venido en gana.

A los servidores del Estado, esbirros de un Sistema corrupto y represor, toca señalarles, no disculparles. La gestión del Estado no es que sea mala, es que es nefasta. Sea porque no quieren o porque, vasallaje obliga, no les dejan. Toca señalarles, con el mismo dedo acusador que ellos han desviado hacia su “irresponsable” pueblo, eficaz cortina de humo que tapa sus vergüenzas. Toca ver el bosque más allá del árbol. Toca exigir. Toca vivir.

lunes, 14 de diciembre de 2020

El mito

Pasan los días, las semanas, los meses y seguimos igual, o peor.

No desde el punto de vista epidemiológico, donde la orgía de cifras fluctúa libremente y de forma sospechosamente conveniente a los intereses del Estado y a las fechas del calendario.

Sí, en cambio, desde el punto de vista propagandístico donde la furibunda campaña de terror instigada por el Gobierno y ejecutada por los medios de comunicación de masas se recrudece.

Y para ello, han creado un mito. Con apariencia de realidad, pero mito al fin y al cabo.

Como el coco, el hombre del saco, las brujas, los vampiros o los licántropos, el asintomático también tiene que cumplir su función, la de dar mucho miedo.

Y vaya si lo consigue. Nada puede ser más terrorífico para el común de los mortales que el que alguien aparentemente inofensivo, el asintomático, pueda llevar oculto un virus capaz de matar indiscriminadamente. La repetición ad nauseam de esta patraña, denunciada como tal por expertos independientes de diversas nacionalidades, supone uno de los planteamientos estratégicos más retorcidos y eficaces de la historia reciente. Y el Estado, una vez constatada su utilidad, se dedica en cuerpo y alma a alimentar el mito, al que se le atribuyen cualidades cada vez más perniciosas. Y rocambolescas. Ya hablan de que los futuros vacunados no sufrirán la enfermedad pero sí podrán transmitirla, lo que significa que aún vacunados seguirán siendo un peligro mortal, nueva falsedad que de conseguir implantarla en el subconsciente colectivo supondrá, de hecho, perpetuar el mito. Y el terror. Sólo cabe ponerse a salvo, nos dicen, aunque no nos revelan cómo, más allá de los manidos, constantes e inútiles confinamientos que nos convierten a todos en reos condenados a perpetuidad aunque, eso sí, con los escasos e insignificantes beneficios penitenciarios que nuestro Estado bondadoso y benefactor tenga a bien concedernos. Justo donde, in saecula saeculorum, nos quieren tener.

Las consecuencias que para nuestra sociedad supone la aceptación del mito como algo tangible y real son demoledoras, ya que, para la inmensa mayoría, el responsable de las terribles consecuencias,- físicas, psicológicas, sociales y económicas-, que la propagación del virus tiene y tendrá sobre la población nunca será el Estado, sino los ciudadanos, asintomáticos, que cuestionen la utilidad de las restricciones impuestas por los gobiernos o los que, aun sin cuestionárselas, no se autoimpongan medidas aun más drásticas, exigidas por hordas de iletrados debidamente sugestionados que dan sentido a sus miserables vidas tratando de que igual de miserables sean las de todos los demás. El mal de muchos, consuelo de tontos.

Una genial, aunque despreciable, maniobra del Estado para enfrentarnos los unos a los otros según la ya conocida estrategia del divide y vencerás.

El día que el asintomático pase de ser una realidad mayoritariamente aceptada a una afirmación al menos cuestionada, se ganará una importante batalla, principio del tortuoso camino que nos llevará a la recuperación de nuestras vidas, a la recuperación de la tan ansiada y única normalidad.

martes, 29 de septiembre de 2020

Anormales

Lo normal no es nuevo ni viejo, es normal. Lo contrario de normal, anormal. La nueva normalidad no es más que un eufemismo de la anormalidad. Lo anormal no es nuevo ni viejo, es anormal. Y anormales son los que practican, fomentan y defienden la anormalidad.

Veamos unos ejemplos.

De anormales cabe calificar las últimas manifestaciones de la OMS más propias de un circo que de una Institución que pretende ser respetable. Que estos señores se dediquen a instruirnos, como si fuéramos monos amaestrados, acerca de la importantísima cuestión de cómo tenemos que saludarnos para evitar contagios (ahora ya no vale juntar los coditos, ahora la mano al corazón) es tan lamentable que no creo tener que extenderme mucho en ello para evidenciar lo patético e indignante que resulta. Y lo de recomendar el sexo sin contacto físico, el sexo virtual, ya es de traca. Su lamentable actuación en esta pandemia espero y deseo que suponga el principio del fin de esta esperpéntica Institución.

Anormal, por amoral, es la actuación de nuestros gobernantes (centrales, autonómicos o locales, lo mismo da) que, valiéndose de su ventajosa posición y empoderados por la pasividad de las masas, ni comunican ni explican plan alguno para acabar con esta pandemia, más allá del calculado, socorrido, injusto e inútil confinamiento, tal vez porque ya esté acabada y su fingida y persistente virulencia favorezca la consecución de otros objetivos, vasallaje obliga, que nada tienen que ver con la salud. Mientras, nos han arrojado a una angustiosa y dañina existencia plagada de medidas despóticas, coercitivas, carentes de lógica y muy alejadas del sentido común. Una existencia, en fin, a la que nos han condenado haciendo gala de una extrema crueldad y ensañándose una y otra vez con el pueblo al que están dejando con lo puesto.

Anormal, por repugnante y servil, está resultado el papel de los medios de comunicación, que están difundiendo la propaganda oficial con una llamativa uniformidad de criterios y una machaconería tal que, elevada hasta cotas jamás alcanzadas, resulta grotesca e insultante para cualquier espíritu libre e independiente al que le quede una pizca de dignidad.

Anormal, por necio, está resultando el grueso de la población. Incapaces de razonar son presa fácil de la maquinaria del Estado. De pensamiento único, practican un odio despiadado, irracional e inducido hacia lo diferente, hacia lo que no comprenden. Y lo hacen notar. Hipócritas, zafios, envidiosos y cobardes, muchos de los habitantes de éste, nuestro querido y odiado país, han resultado víctimas fáciles del terror. Revisten de dignidad su gregario proceder en un patético intento de enmascarar su miedo. Pontifican desde la comodidad que proporcionan fortunas y salarios que creen bien amarrados. El coronavirus lo justifica todo. Ya no hay que tener miramientos con nadie. Ya no hay amigos, ni compañeros, ni colegas. Ya no hay individuos sanos. Miradas propias de leprosería, entre aterradas y desafiantes, se prodigan por doquier. El prójimo es el enemigo mortal al que hay que evitar. Mejor sólo, que es más seguro. Callo y obedezco, que es por mi bien.

Esta panda de anormales, en todas y cada una de las categorías anteriormente expuestas, son los culpables, por acción, colaboración o complicidad, de precipitarnos a lo que parece ser, si nadie lo remedia, el fin de la sociedad libre. Tal vez algún día, quién sabe, tengan que pagar por ello.

martes, 4 de agosto de 2020

La OMS y el Nuevo Orden Mundial

El Nuevo Orden Mundial ya está aquí.

Lo ha desvelado, con la confianza que otorga el saber de la manifiesta incapacidad de las masas para leer entre líneas, el Director General de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus.

Porque, como ya he comentado en otras ocasiones, el Nuevo Orden buscado no es otro que la creación de una sociedad totalitaria de corte orwelliano donde se privilegia a unos pocos a costa de la explotación de una mayoría reprimida a la que se controla por el miedo, un miedo generalizado y atroz alimentado por una continua e inmisericorde manipulación de la información.

Y el miedo a la muerte es el rey de los miedos. Por él, renuncian las masas a un derecho tan básico y necesario como es la Libertad. Y renunciar a la Libertad les convierte en esclavos.

Que la OMS se apunte al carro de la oligarquía dominante y que haga de voceras de sus doctrinas no puede sorprender a nadie. Como buen organismo internacional tiene, al igual que el Banco Mundial por citar un ejemplo, sus servidumbres. Y nunca morderá la mano que le da de comer.

Sólo así, como un anuncio velado del advenimiento del Nuevo Orden Mundial, se pueden entender las aberrantes manifestaciones de este buen señor.

Explicarme, si no, cómo se puede decir que "La pandemia es una crisis sanitaria que ocurre una vez al siglo, cuyos efectos se sentirán durante las próximas décadas" o que "no habrá retorno a la vieja normalidad en el futuro previsible".

Se atreve este gurú de la salud planetaria a comparar los medios económicos y científicos con los que se cuenta en la actualidad con los que había cuando otras pandemias se desarrollaron hace cien, doscientos o quinientos años  y pretende que aceptemos sumisos que esta situación vaya a durar décadas, nótese que es plural lo que supone que habla de un mínimo de 20 años, para a continuación darnos la puntilla asegurando que la vuelta a la normalidad es algo que no va a suceder en un futuro previsible, período de tiempo vago e indefinido que, en todo caso,  suena a amenaza en toda regla.

Y lo peor es que lo dice convencido de que el miedo ya ha hecho su trabajo devastador y que la neutralización de la capacidad de reacción de las masas es un hecho.

No sé a vosotros, pero a mí se me abren las carnes sólo de pensar que tendré que vivir con miedo y con bozal el resto de mi vida. Y que, tras años de lucha, dejaremos como legado a nuestros hijos una terrible y aberrante sociedad.

El señor éste de la OMS, lejos de pararse continúa con su desafortunada, aunque muy esclarecedora, intervención de hace unos días en la línea de que es "una ola grande, que va a subir y bajar” y que "va a ir peor, peor y peor si no se siguen las normas básicas". Miedo, miedo y miedo y balones fuera.

Ni un ápice de autocrítica en una pandemia protagonizada por un virus del que nos llegan informaciones confusas, contradictorias o directamente falsas. Desinformación, en suma. Y si a la desinformación la aderezamos con una pizca de ignorancia, tenemos la receta mágica para perpetuar la dominación por el miedo. Para instaurar, - porque somos indisciplinados, irrespetuosos y culpables de la propagación del virus dirán-, ese Nuevo Orden Mundial cuya consecuencia será nuestro fin como individuos libres.

La única forma de parar esto es empezar a exigir a nuestros gobernantes una solución a corto plazo a esta pandemia, ya que ellos son quienes tienen los medios y ellos son los elegidos por el pueblo para ganarse con su gestión los más que generosos salarios con los que han resultado agraciados. Declararse incapaces de solucionarlo y culpar al pueblo por ello supone la constatación de su ineptitud y el colmo de la desfachatez.

No pueden robarnos nuestra dignidad. No pueden pisotearnos, humillarnos y esclavizarnos. No pueden privarnos de nuestra libertad. No pueden atarnos ni amordazarnos. No pueden matarnos en vida para ellos vivir. No lo podemos permitir. Nuestro futuro y el de las generaciones venideras están en juego.

Ya han hecho parte del trabajo. Paro, pobreza, hambre, suspensión de derechos fundamentales y recesión, así lo atestiguan.

No les dejemos avanzar más o lo próximo que harán será mostrarnos la imagen del líder supremo acompañada de un lema parecido al muy orwelliano  “El Gran Hermano te vigila”.

Para entonces ya sería demasiado tarde.

martes, 28 de julio de 2020

Una política interesada y cobarde

Mascarilla para todos. La Ayuso ya se ha sumado. Sólo queda Canarias, veremos hasta cuándo.
   
Ya escribí en http://pellejudoscorner.blogspot.com/2020/06/como-perros-con-bozal.html sobre la mascarilla y su razón de ser.

Entonces eran los todopoderosos dirigentes del Estado Central. Ahora esos reyezuelos de taifas, mandamases de cuestionables territorios llamados autonomías, los que siguiendo la estela marcada por aquellos se dedican a legislar a golpe de decreto todas y cada una de las sandeces que, sin criterio científico alguno, pergeñan en sus lujosos cubículos para humillación y escarnio de sus ciudadanos.

Desoyendo de forma despótica y arrogante las advertencias de expertos sin comillas que se mojan de verdad, imponen a sus poblaciones medidas absurdas y desproporcionadas, de las que la mascarilla obligatoria al aire libre es la más visible, que sólo sirven a un propósito que no es otro que la reafirmación de su recién incrementado poder.

Es por nuestro bien, por respeto y por responsabilidad. Con gilipolleces de este estilo justifican sus tropelías, apoyadas siempre por una maquinaria represora y sancionadora a la que el adjetivo dictatorial se le queda corto.

Infinidad de médicos y epidemiólogos no alienados con el poder y varios informes de la OMS, a la que de vez en cuando se le escapan algunas verdades, han advertido sobre la escasísima utilidad del uso generalizado de la mascarilla en exteriores, a la vez que han alertado sobre las nefastas consecuencias que para la salud esa práctica provoca.

Pero nuestros aprendices de monarcas absolutos, nuestros tiranos de república bananera, nuestros reyezuelos tribales, nuestros presidentes autonómicos, sean del partido que sean, se han embarcado en una frenética carrera para, decreto va, decreto viene, contentar a las masas aterrorizadas por los medios generalistas y cuya nula reacción ante la humillación ya ha sido suficientemente probada por el Estado Central.

Porque estos señores, politicastros de todos los colores, sólo piensan en contentar a sus futuros votantes, legislando para la mayoría, tenga o no tenga razón en sus temores y sea o no beneficioso para sus intereses. Hay que contentar a las moscas que bien es sabido que acuden por miles a la mierda, lo que no significa que la mierda sea buena.

Una política de cobardes e interesados  que, por cierto, no dejan de cobrar sus sueldos. Una política muy alejada de la búsqueda del equilibrio social, del bien común y de la eliminación de la pandemia, a la que ya algunos llaman PLANdemia.

Sigamos pues felices con nuestro bozal bien apretado, viviendo en los mundos de yupi mientras el mundo a nuestro alrededor se desmorona. Abracemos con alegría una sociedad de esclavistas y esclavos, de carceleros y reos, de represores y reprimidos, de acaudalados y miserables, de ventajistas y oprimidos. Porque sumiso se es más feliz.

Yo, desgraciado de mí, temo más a ese nuevo orden mundial que barrunto que a la propia muerte. Y no sé vivir sin luchar. El camino, fatalmente, lo tengo marcado.  

viernes, 19 de junio de 2020

Segundo asalto

Tengo la sensación de que esto se va a repetir, porque ha sido tal el éxito de este primer ensayo que sus promotores no albergan duda alguna sobre la viabilidad de un segundo asalto, esta vez definitivo, al poder absoluto.

Mientras que la resistencia ha sido mínima y condicionada por el miedo, la defensa de las posiciones oficiales ha sido sorprendentemente furibunda y enconada. Han tenido a su disposición un ejército tremendamente fiel y bastante numeroso que a través de las redes sociales ha sabido dar soporte a un fanatismo que, como todos, carece de lógica y asume como verdad absoluta todo aquello que provenga de fuentes por ellos idolatradas.

Peligrosísimo precedente ha sentado la gestión de esta pandemia, donde se ha puesto de manifiesto de forma inequívoca la debilidad de un pueblo dispuesto a rendirse al gregarismo y a la docilidad, creyendo ingenuamente que no existe alternativa a esa forma de pensar y de actuar que, creyendo propia, les ha sido impuesta.

Y tremendamente preocupante es la incapacidad de crear y organizar un frente que aglutine a todos los que estamos fuera, a todos los que cuestionamos toda esta pantomima, a todos los que no queremos vernos abocados a malvivir inmersos en una sociedad de esclavitud y sumisión.

Parece que nos dan dos meses de gracia, dos meses donde el turismo les proveerá de fondos para seguir con su plan, dos meses donde crearán una falsa esperanza de seguridad, eso sí vejándonos con mascarillas y otras mierdas  por el estilo y amenazándonos continuamente con rebrotes y pasos atrás. Dos meses tras los cuales volverán a la carga.

No sé cómo, pero es el momento de organizarse. Porque no podemos permitir que esto vuelva a suceder. Tenemos, si lo intentan, que pararlos en seco. Tenemos que hacer uso de nuestro derecho a disentir. Tenemos que defender nuestra libertad. Tenemos que actuar. Uno de los ídolos de estas masas progres, sostén del Estado y de su inmisericorde adoctrinamiento, dijo aquello de “Mejor morir de pie que vivir arrodillado”. Por una vez suscribo su frase, porque ahora son sus admiradores los que nos quieren poner a todos de rodillas y de cara a la pared.

Me cuesta encontrar adjetivos suficientemente contundentes para definir la repugnancia que me provoca este Gobierno, vocero de un Estado que rinde vasallaje a un grupo de oligarcas que ya saborean el triunfo final. Y me sobran para calificar a los voceros del vocero, patéticos e insignificantes individuos más tontos que Abundio, pero amargados, resentidos, envidiosos y dañinos hasta decir basta.

Ahora la lucha está en las Redes, cómoda lucha donde los cobardes se mueven como pez en el agua. Habría que verlos si la lucha fuera real. Habría que ver si sus convicciones y su adhesión al régimen son tan sólidas como ellos creen. Habría que ver si realmente tienen una visión de futuro y qué estarían dispuestos a sacrificar para defenderla. 

Los animales, heridos de muerte, lanzan su último ataque, muchas veces letal. Heridos estamos. Muertos, todavía no.

jueves, 18 de junio de 2020

La hostia

Muchos dicen que no tienen miedo, pero lo tienen y mucho. Y tener tanto miedo es un problema. La solución, reconocerlo y buscar ayuda. Ya ha pasado con las drogas, el alcohol, el tabaco o el juego. Ahora pasa con el miedo. Es para ellos motivo de congoja y sufrimiento. Hasta ahí, son dignos de lástima.

No obstante, muchos de ellos, cortos de entendederas, consideran imposible que haya personas que cumplan escrupulosamente con las normas establecidas para evitar contagios y, a la vez, no tengan miedo. Y eso les jode.

Y como de una premisa estúpida siempre surge una conclusión absurda, estos genios del razonamiento empírico concluyen que si tienes miedo eres un modelo de persona seria y responsable, mientras que si no lo tienes eres un homicida irresponsable.

Y llegados a esa brillante conclusión, muchos de estos miedosos se creen en la obligación de crear una profusa normativa, infinitamente más restrictiva que la oficial, que como hombres de bien que son están obligados a hacer cumplir a todos aquellos impíos que pululan por la calle con la única misión de infectar y matar.

Si la norma dice “uso obligatorio de mascarilla siempre que no se pueda mantener la distancia social de 1,5 metros”, ellos la convierten en “uso obligatorio de mascarilla”, con lo que de un plumazo dejan a la mitad de la población fuera de la ley, de su ley.

Autoproclamados depositarios de la moral y las buenas costumbres, a nadie puede extrañar que lleven el cumplimiento de lo que creen su supremo deber hasta las últimas consecuencias y se dediquen a señalar y descalificar de forma ostentosa y audible, y evidentemente injusta, a todos aquellos que según su criterio no cumplen con las normas, sus normas.

Yo creo que una hostia es lo que se están buscando.

Porque no se puede ser imbécil y que, tarde o temprano, no te caiga una hostia.

Si no creéis tener un problema, pues perfecto. Disfrutad de vuestro miedo disfrazado de sensatez, civismo y responsabilidad. Encerraos, si queréis, y tirar la llave. Pero a los demás, dejarnos vivir. Dejar, en fin, de tocarnos los cojones.
   
Porque esto se está yendo tanto de madre y tan extendido está este miedo irracional, hábilmente inoculado y alimentado por nuestro maquiavélico Estado, que ya se barruntan, en esta España de iletrados, palurdos y aldeanos, movimientos de rechazo al forastero, al que miran de reojo como si se tratara de un apestado egoísta y desalmado cuya misión fuera llevar la destrucción y la muerte a las afortunadas poblaciones que han salido relativamente indemnes de la pandemia. Unos enfrentados a otros. Divididos y perdidos. Al Estado le viene de muerte. Será casualidad.

martes, 9 de junio de 2020

La duda

Tremendamente agotado, desilusionado y desesperanzado me ha dejado este lamentable y vírico episodio que ni en el peor de mis sueños pensé que me tocaría vivir.

Agotado de ver, leer y escuchar infinidad de necedades y  mentiras, y de sufrir un bombardeo mediático de informaciones interesadas, falsas y manipuladas que han puesto de manifiesto el tremendo poder de la maquinaria del Estado.

Desilusionado por constatar que la estupidez humana es mucho mayor de lo que yo pensaba, y eso que mi cuantificación de la misma ya era más que generosa.

Desesperanzado porque esa estupidez, bien aprovechada por un poder inmoral y despótico, nos lleva irremisiblemente hacia una sociedad aberrante y distópica en modo alguno deseable.

Mi fe en la humanidad, muy debilitada aun antes de la pandemia, ha desaparecido por completo, dando paso a complejos sentimientos de aversión cercanos a la misantropía.

Curiosamente mi escasa propensión a la sociabilidad no me ha impedido jamás conducirme de forma socialmente responsable ni me ha impedido tener el convencimiento de que la búsqueda de una sociedad justa constituye un fin por el que merece la pena luchar.

Antes el bien común que el provecho individual, me he repetido machaconamente. Sentencia axiomática que condiciona toda una vida. Marca un camino y un comportamiento.

Pero la duda, siempre acechante, trata de hacer mella aprovechando cualquier resquicio. La pandemia y el comportamiento de las masas, rara vez coincidente con el mío, han sido campo abonado para ello. Me pregunto si merece la pena mantener la lucha por esa anhelada sociedad justa, cuyos fundamentos y estructura dudo mucho que sean entendidos. Me pregunto si la humanidad merece ese esfuerzo. Me pregunto si la atrocidad de una sociedad de oligarcas y siervos es ya una realidad inminente y fatalmente inevitable.

Escéptico, inconformista y defensor de causas perdidas e impopulares, no dejo de sentirme más celiniano que nunca.

Tal vez algún día mis temores se hagan realidad. En ese caso, espero estar muerto.

O tal vez con el tiempo una sociedad justa florecerá. A buen seguro, yo ya estaré muerto.

lunes, 8 de junio de 2020

Como perros con bozal

La mascarilla, como símbolo de dominación, constituye una vejación en toda regla. 
Como perros con bozal nos quieren tener, hasta nueva orden y bajo sanción, estos campeones de la arbitrariedad y la intimidación.

El cambio de criterio con respecto al uso de la mascarilla ha puesto en evidencia, una vez más,  al Estado y a sus mediocres y rencorosos defensores.

Agotado estoy de esperar coherencia en las caóticas y vergonzosas decisiones gubernamentales, cuya único propósito parece ser la eliminación de cualquier resto de dignidad que pudiera quedarnos.

Volcados en una labor implacable de adoctrinamiento, más cruel y dañina que el castigo físico, no escatiman esfuerzos para someternos, para humillarnos, y la mascarilla es ideal para ser usada como símbolo visible de su aberrante dominio.

Bueno sería para este arrogante Estado vasallo que se acordara de la historia de Espartaco, esclavo y gladiador que se rebelo contra el poderosísimo Imperio Romano y que si bien, tras varios años de guerra, fue finalmente derrotado, desató una crisis que dejó sensiblemente tocada a la hasta entonces invencible Roma.

Como perros nos tratan y nos han tratado. Primero con la correa atada en corto. Ahora sueltan un poco la correa pero nos ponen el bozal.

Los perros, por perros, no pueden evitar el bozal, pero nosotros no somos perros.

Y como Espartaco, tal vez algún día colmen nuestra paciencia y no sea “vale” sino “basta” lo que brote de nuestras gargantas. Y tal vez su ultrajante e inmisericorde comportamiento sea convenientemente castigado.

martes, 19 de mayo de 2020

La estrategia del miedo

Gobiernos hay que parecen pretender la instauración de un totalitarismo de los chungos, no de los que están basados en el respeto a una autoridad cualificada, moralmente intachable y orientada al bienestar del pueblo, sino de los que carentes totalmente de escrúpulos esclavizan a su pueblo para favorecer los intereses de unos pocos y, de paso, de ellos mismos que, como perros obedientes que son, tienen derecho a su hueso.

Y una tiranía oligárquica de tal calibre sólo es posible implantarla mediante la mentira y el miedo. Nada como un misterioso virus mortal, de dudosa procedencia y cuyas características parecen envueltas en una constante indefinición, para favorecer tan inmoral propósito.

Conseguir inocular al pueblo el veneno del miedo en dosis tan generosa que le impida darse cuenta de su evidente y paulatina esclavización, la pérdida de libertades lo es, es el planteamiento estratégico.

La mentira, es el medio.

Más que la previsible sinvergonzonería servil de un Gobierno únicamente interesado en disfrutar de las prebendas propias de su ventajosa posición, lo que realmente me preocupa, y mucho, es la facilidad con la que el pueblo, aterrorizado, renuncia a su libertad y se conduce mansamente hacia el sacrificio sin ni siquiera sospecharlo y, consecuentemente, sin plantearse una legítima reacción.

El Gobierno, el Estado, es astuto, a pesar de su iniquidad. Una cosa no quita la otra.

Mentiras monumentales y constantes, a pesar de frecuentes contradicciones fruto de la prepotencia y la seguridad que el aborregamiento de las masas le proporciona, hacen que el Estado, sirviéndose para ello de los medios de comunicación, consiga crear tan irracional estado de pánico que la implantación de sucesivas medidas, absurdas la mayor parte de las veces y encaminadas a restringir cada vez más las libertades de las personas, no solo pasan desapercibidas, sino que son apoyadas por hordas de simples y aterrorizados ciudadanos. Ya lo dijo G.B. Shaw “Hay personas que preferirían morir antes que pensar. Son las víctimas de la estupidez humana”.

Las mascarillas que antes no eran necesarias, la mejor prevención es mantener la “distancia social” nos decían, ahora pasan a ser obligatorias en muchos más escenarios de los hasta ahora contemplados, supeditando además su uso, en otros, a la posibilidad, o imposibilidad, de mantener la dichosa distancia social que ha pasado, por otro lado, del metro inicial a los dos metros actuales. La Stasi visilleril ya tiene otro motivo para perseguir y someter, si pueden, a linchamiento social a los que no sean precisos en la medición de la distancia normativamente establecida.

Los guantes, antes aconsejables, ahora ya no lo son por resultar un peligroso foco de infección.

Las mascarillas quirúrgicas que antes sólo protegían del contagio en una dirección, de infectado a sano, ahora ya no, ahora milagrosamente protegen de forma integral, milagro que se ha hecho público inmediatamente después de que en Madrid se hayan repartido mascarillas que, de todos es sabido, ofrecen un nivel de protección más alto, pero que las fuerzas gubernamentales se han apresurado a calificar de poco aconsejables para su uso por la población en general. La sobreprotección no parece favorecer los intereses del Estado. Y este rocambolesco giro no es una cuestión política. Es por nuestro bien, faltaría más.

El maldito asintomático, ser potencialmente mortal que, sin ser consciente de ello, pulula entre nosotros dispuesto a matarnos en cualquier momento. Joder, hay algo más terrorífico que eso. Realidad o ficción, las (des)informaciones no aclaran gran cosa al respecto.

El exuberante lenguaje pandémico, rebosante de eslóganes y soflamas que transportan al pueblo a un estado de euforia alucinógena que propicia su adhesión incondicional a la tan cómoda y socialmente aceptada doctrina oficial.

Son una muestra, que para ello sirve un botón, de nuestro día a día desde hace ya más de dos meses. Mentiras, contradicciones y el omnipresente lenguaje del miedo.

Si alguna vez el pueblo despierta, descubrirá que lo que ha experimentado es un “mal viaje” que le ha hecho abrazar los postulados de un Estado Totalitario inmoral, catastrófico para todos en general y para las nuevas generaciones en particular, a las habrá condenado a la esclavitud. Si alguna vez el pueblo despierta, tal vez sea demasiado tarde. A este escenario futuro al que una panda de canallas nos quiere llevar lo llaman la “Nueva normalidad”.

Tenemos una gestión de la pandemia nefasta cuyas cifras, pese a la interpretación maniquea que de ellas hace el Estado, son harto elocuentes. Y tenemos un confinamiento, que incluye una desescalada por fases que más bien parece una broma de pésimo gusto ideada por una mente perturbada, cuyas calamitosas consecuencias, cuando las analicemos en perspectiva, superarán con creces los pocos beneficios, si es que hay alguno, que de él se hayan podido derivar.

Tenemos, por otra parte, una economía irremisiblemente hundida cuya consecuencia va a ser la materialización de una sociedad empobrecida hasta tal punto que dependerá en gran medida de las limosnas del Estado. Nos tendrán, pues, donde quieren. Comiendo de su mano. Nuestra pérdida de libertad será, si queremos comer, un sacrificio que habrá que asumir. Culpa del coronavirus, como todo. Muy oportuno.

El confinamiento, culminación de la Estrategia del Miedo y demostración de la eficacia de la mentira y la manipulación como instrumento, ha supuesto, de forma harto escandalosa y sorprendentemente rápida, la aplicación despótica de unas medidas que restringen significativamente nuestros derechos y libertades, eliminados de un plumazo sin aparente oposición. Encarcelados en nuestras casas como si fuéramos vulgares delincuentes, cada día que pasa aplastan más nuestras cabezas contra el barro para, a modo de experimento, comprobar hasta donde somos capaces de aguantar. Parece como si nuestro país hubiese sido elegido como prueba piloto para la implantación de un Estado oligárquico y despótico basado en la mentira y el miedo y capaz de mantener bajo control el peligro, al que ellos más temen, de una posible rebelión. Lo peor de todo, ya lo he dicho antes pero quiero insistir en ello, es que cuentan con la colaboración (todo régimen de este tipo necesita su legión de chivatos colaboracionistas) de un puñado de descerebrados cobardes que piensan que el culpable de la pandemia, y enemigo del Estado, es el vecino, sobre todo el vecino que no comulga con su absurda y demencial fidelidad incondicional, que no es otra cosa que incapacidad para pensar o cobardía para disentir.

Rebelión es la palabra más temida por los que ahora juegan la baza del terror. Siempre existe la posibilidad de que una cuerda, al tensarla, se rompa. Si esto ocurre, las consecuencias no son difíciles de imaginar. Se les acaba el tiempo para rectificar. Avisados están. Invita la casa.

jueves, 14 de mayo de 2020

Bananas

En una memorable escena de la película satírica “Bananas” escrita, dirigida y protagonizada por Woody Allen, el recién autoproclamado presidente de San Marcos, pequeño -y por supuesto ficticio- país de Sudamérica donde se desarrolla la acción, se dirige por primera vez a su pueblo en los siguientes términos:

“Escuchadme. Soy vuestro nuevo Presidente. A partir de hoy el idioma oficial de San Marcos será el sueco. ¡Silencio!. Además de eso, todos los ciudadanos de San Marcos deberán cambiarse la ropa interior cada hora y media. La ropa interior deberá llevarse por fuera, para que podamos comprobarlo. Además, todos los niños menores de 16 años, tendrán ahora 16 años”.

Últimamente me acuerdo muchas veces de esta escena. Digo yo que será porque parodiando la irracionalidad del poder mediante un sarcástico, genial y surrealista discurso, Allen pone el acento en lo alejadas que suelen estar del pueblo las arbitrarias medidas que el Estado dispone en muchas más ocasiones de las que creemos posibles.

Porque el Estado, dando la espalda a su pueblo aunque bien que sabe disimularlo, aplica leyes, medidas, normativas, disposiciones, etc., etc. que pocas veces dejan contento a alguien que no sea él mismo. Y la explicación nos la brinda el hecho de que su servidumbre le impide aplicar el sentido común.

De esta y no de otra manera se explican algunas de las medidas que se están tomando durante la gestión del confinamiento y la “desescalada” sobrevenidos por la propagación pandémica del ya tristemente famoso Covid-19.

De la aplicación de las medidas dispuestas hasta la fecha se deriva una situación que me gustaría analizar, porque hace que me hierva la sangre de indignación, por lo gratuita, castrante y discriminatoria que resulta.

Esta no es otra que la aplicación de las restricciones en la movilidad de las personas, tanto a nivel geográfico como temporal.

Y me centro en la llamada fase I, que supone cambios en las restricciones a dicha movilidad, cambios que resultan tan alejados del sentido común que suponen, de hecho, una afrenta para un elevadísimo número de ciudadanos que, por otra parte, han mostrado un comportamiento ejemplar en las semanas, muchas ya, que llevamos confinados.

En esta nueva fase, de la que personalmente todavía no disfruto, se permite la movilidad a las personas dentro de los límites de la provincia en la que residen y sin limitación temporal alguna para realizar algunas actividades, de entre las que el “ir de bares” es la más comentada por su evidente popularidad.

Si puedo, pues, ir de bares, con grupos de hasta 10 personas además, a cualquier lugar dentro de mi provincia y a cualquier hora, me gustaría saber cuál es el argumento “bananero” de nuestras autoridades para mantener la prohibición de desplazarse a cualquier lugar de la provincia y a cualquier hora para pasear o hacer deporte (senderismo por la montaña o salir con la bicicleta de montaña, por ejemplo y porque es lo que más de cerca me toca), teniendo además en cuenta que estas actividades se hacen en muchas ocasiones en solitario o en grupos reducidos.

No puedo entenderlo, sinceramente. No entiendo porque soy más peligroso andando por la montaña que sentado en la terraza de un bar.

Abran los bares, de acuerdo, pero abran también otras posibilidades.

Ya no es cuestión de afinidades políticas.

Esto nos perjudica a todos y discrimina a muchos. Sin sentido, sin razón, sin lógica alguna.

Es una cuestión de sentido común.

Deberíamos reivindicarlo.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Más papistas que el Papa

No hace mucho tiempo cuando se comentaban ciertos acontecimientos históricos relacionados con comportamientos gregarios e irracionales, la reacción de una gran parte de la sociedad solía ser de incredulidad y rechazo.

La caza de brujas en la puritana sociedad de Nueva Inglaterra, los autos de fe en la España inquisitorial o los linchamientos en el salvaje oeste norteamericano, entre otros,  suscitaban en nosotros el asombro por las consecuencias que comportamientos basados en el fanatismo y la incultura podían llegar a tener.

Pues siento tener que decir que no hace falta irse tan lejos para comprobar que esa forma de actuar fanática, irreflexiva y gregaria está, aquí y ahora, fuertemente arraigada en el alma de las masas.

“Más papistas que el Papa” reza el dicho popular para calificar a aquellos que gustan de llevar las normas a un nivel de restricción mayor que el dispuesto por las autoridades.

Personas inseguras, mediocres y mezquinas sólo se encuentran a gusto entre personas inseguras, mediocres y mezquinas. De ahí su comportamiento despótico y cruel hacia el que piensa o actúa diferente. O estás conmigo o estás contra mí.

Y lo peor es que su postura se basa en la incultura y el miedo. Leyendas urbanas y creencias abrazadas porque así lo hace la mayoría, llevan a estas gentes a ser despreciables tiranos insensibles dispuestos a ajusticiar al que ose nadar contracorriente, aunque la ley permita esa manera de nadar.

Y el Estado, que tonto no es, aprovecha esta circunstancia para usar a estas idiotizadas gentes para que sean las ejecutoras de aquellas medidas represivas que él, tal vez, gustosamente aplicaría, pero que de hacerlo podría suponer una merma en su popularidad.

Por eso esta gentuza se dedica a estigmatizar a los que, cumpliendo escrupulosamente las leyes, no se comportan como ellos creen que deberían comportarse.

Menos mal que todavía no les dejan, ni se atreven, a ejecutar la sentencia, su sentencia. De no ser así, muchos habríamos sido ya fusilados, ahorcados, guillotinados o quemados en la hoguera.

Y todo por salir a la calle sin ponernos la puñetera mascarilla.

viernes, 8 de mayo de 2020

Adoctrinamiento

Si hay algo que esta pandemia nos está mostrando es la intolerancia, el fanatismo diría yo, de una parte significativa de la población.

Porque no contentos con defender sus postulados y su apoyo incondicional al Gobierno de nuestra nación, intentan adoctrinar a los que, rebeldes ellos, se resisten a comulgar con la doctrina oficial. Y lo hacen, sin ponerse límite alguno, seguros de que el estar del lado del poder les da vía libre para pisotear sin miramiento a los que osan aventurar una opinión distinta a la que ellos han abrazado.

Empiezo a estar algo cansado de adeptos al régimen que, como si de comisarios políticos se tratara, tienen la desfachatez de ocupar espacios privados para intentar adoctrinar a las masas.

Me estoy refiriendo a aquellos que, además de repetir como loros las consignas del Gobierno en sus perfiles de las omnipresentes redes sociales, se permiten el lujo de, mediante comentarios más o menos velados, intentar, en perfiles ajenos, imponer su doctrina.

Pues bien, señoras y señores, que sepáis que es prepotente y de una pésima educación aprovechar entradas en perfiles de redes sociales que no son vuestros para con vuestros comentarios intentar adoctrinar y llevar al, según vosotros, camino correcto al disidente en cuestión.

Parece que en esta especie de locura vírica se os haya ido la olla. Parece que habéis olvidado que no todo el mundo está obligado a pensar como vosotros. Parece que sólo pueden ser vuestros amigos, o amiguetes, aquellos que piensen como vosotros.

Triste, muy triste, es que esto sea así. Que la amistad se base en la ideología clónica de quienes la comparten es patético. Los amigos, amiguetes si queréis, no pueden ser clónicos. Porque de ser así, dónde queda la tan reivindicada diversidad.

Señoras y señores con vocación de comisarios/as políticos/cas, usad vuestros propios perfiles para difundir vuestras ideas y absteneros de comentar opiniones ajenas con espíritu adoctrinador. Valorad las virtudes de vuestros amigos/amiguetes por encima de su forma de pensar. Y, sobre todo, respetad sus opiniones, si queréis que sean respetadas las vuestras.

El perfil en redes sociales (Instagram, Facebook, blogs, etc.) es un ámbito privado que se debe respetar. Cada uno en su perfil es libre de expresar las opiniones que crea convenientes y nadie, repito, nadie, está facultado para emponzoñarlas mediante mensajes supuestamente ejemplarizantes, pero al fin y al cabo partidistas y doctrinales.

Respeta si quieres ser respetado. Es la clave. Jamás he mostrado mi disconformidad, o indignación, con una entrada, sea en la red social que sea, que me haya provocado dichos sentimientos. Porque siempre queda la opción de no leer, de no seguir, de ignorar. Si os resulto incómodo, hacerlo conmigo. Pero no me faltéis al respeto con consignas y soflamas. Eso sí que es insultante. Y no os lo voy a permitir.

Si lo entendéis, buenos momentos, a pesar de las diferencias, nos esperan en un futuro próximo. Si no es así, candidato al gulag me temo que soy.

jueves, 7 de mayo de 2020

De gobernantes y opositores

No puedo decir que me sorprenda el hecho de que ayer se haya aprobado en el Congreso la cuarta prórroga del Estado de Alarma, vigente en España desde hace mucho más tiempo del deseable y cuyo teórico objetivo es el de frenar la pandemia causada por el Covid-19.

Y no me sorprende porque tanto los partidos hoy en el Gobierno como los que se sitúan en la “oposición” se encuentran cómodamente instalados dentro del Sistema.

Desde que las autodenominadas “democracias parlamentarias” se hicieron con el poder en una gran parte del mundo occidental ,- y no precisamente por haber sido elegidas sino como consecuencia de actos de fuerza o aprovechando situaciones coyunturales favorables-, han impuesto el costoso juego de los partidos, de forma que una minoría adinerada maneja los resortes de la maquinaria del Estado, controlando los medios de comunicación de masas en régimen de virtual monopolio, lo que resulta decisivo a la hora de determinar que partido o partidos van a ser los detentores del poder durante el tiempo que en cada momento resulte conveniente.

Y su legitimación viene a estar fundamentada en la “soberanía popular”, espejismo sustentado en una falsa premisa, toda vez que el pueblo no ha elegido el Sistema -sepa el querido lector que existen otros como el monárquico, el absolutista, el teocrático, el comunista o el fascista, sólo por citar algunos ejemplos- bajo el que quiere ser gobernado y, por tanto, no es soberano.

Lo que sí dejan elegir al pueblo es a los que habrán de ser sus representantes durante un tiempo determinado, la legislatura, siempre y cuando los candidatos acepten como bueno el Sistema imperante y todo ello bajo la ya descrita manipulación mediática que decide de hecho, y de antemano, el resultado de la votación.

Y como quién paga manda, los políticos elegidos deberán devolver el favor a esa minoría que les ha encumbrado, para cuyos intereses gobernarán.

Y la oposición, haciendo su papel de perro ladrador y poco mordedor. Porque no olvidemos que más temprano que tarde pasarán ellos a ostentar el poder, el teórico, sirviendo a los mismos intereses y merced a otro truco de magia llamado “alternancia del poder”, pensado para crear al pueblo la sensación de que decide su destino y de que su voto tiene verdadera trascendencia. Papel mojado es lo que es. Los políticos inmersos en el juego de este corrupto Sistema nunca podrán oponer resistencia real a quién dictamina desde la sombra. Su capacidad de maniobra se verá reducida a pequeños gestos ideológicos de escasa eficacia. Y por eso estaba seguro de que la prórroga, más allá de ladridos de cara a la galería, nos la endilgaban, sí o sí.

Oposición real sería la de algún político o partido que de forma milagrosa llegara a ser, con el respaldo popular, lo suficientemente fuerte para cuestionar al Sistema y proponer uno alternativo. Si esto pasara se vería inmediatamente acusado de no respetar ni las “leyes” ni “las reglas del juego democrático”, esas reglas que ellos crearon a su medida para salvaguardar un Sistema no elegido, recordemos, por el pueblo. De esta forma, tras virulenta campaña, el opositor sería desprestigiado y eliminado o, en su caso, convenientemente fagocitado.

martes, 5 de mayo de 2020

De expertos e incondicionales

El Comité de Expertos ha llegado a la conclusión, y así se lo ha comunicado al Gobierno para que proceda a su imposición, que lo mejor para evitar un retroceso en la evolución de la pandemia es dejar salir a solazarse a los sufridos ciudadanos, eso sí, en determinadas franjas horarias (yo sospecho que su recomendación habrá sido mantener el confinamiento “per saecula saeculorum”, si bien el temor a que un incipiente sentimiento de rebelión anide en las masas ha frenado la arrogancia del Estado, forzándole, muy a su pesar, a hacer concesiones).

Lo de los expertos, visto lo visto, discutible sí que es. Concentrar al grueso de la población en las calles durante unas franjas horarias determinadas no deja de ser concentrar al grueso de la población, que Perogrullo me perdone. Concentración y distancia social no parecen compatibles.

Tal vez liberalizar las salidas, lo que en la práctica supone espaciarlas, suavizaría el problema.

Recular no parece que vayan a recular. Eso sí, ya tienen a sus esbirros de los medios de comunicación en plena campaña virulenta contra los cientos de irresponsables que se saltan el confinamiento, cargando incluso contra las personas que se concentran a las mismas horas y en los mismos lugares a hacer deporte o a pasear, dificultando la observancia de la necesaria “distancia social”.

¿Pero en serio pensaban que la gente no iba a salir a la misma hora, la más favorable de entre las impuestas, y a los mismos lugares, los más apetecibles para paseos y actividades deportivas?

Expertos en sentido común no parecen ser. El apoyo de muchos, aun así, lo siguen teniendo.

Ejemplo, el de una tertuliana de un vomitivo programa de televisión que poco más o menos ha venido a decir que los españoles no somos tan disciplinados como los nórdicos y que, consecuentemente, la solución es encerrarnos y tirar la llave.

Hagamos una reflexión. La existencia de pirómanos que verano tras verano queman nuestros montes ¿justificaría prohibir transitar por ellos? ¿O lo justo sería perseguir a esos indeseables, detenerlos e imponerles penas proporcionales a los daños, materiales y personales, que con sus actos provocan?

Aplíquese la respuesta a la gestión de la pandemia.

Es llamativo como las gentes llamadas de “izquierdas”, según la desfasada y simplista nomenclatura política al uso, han pasado de creer ser defensores a ultranza de las libertades individuales a ser ciegos seguidores de un Gobierno que ha decretado un Estado de Alarma, con sucesivas y parece que interminables prórrogas, que condiciona el ejercicio de algunas de ellas. Y todo por la ingenua creencia de que le deben al Gobierno, cuyos dirigentes dicen ser de su cuerda, una fidelidad sin fisuras, una fidelidad que no permite cuestionar decisión alguna, aunque ello suponga renunciar a unos principios que durante mucho tiempo han dicho defender. Que tiempos aquellos en los que corrían delante de los grises. Ahora, ¡Hasta aplauden a la policía!

Entiendo la dificultad de ser coherente. Entiendo el reparo en ser autocrítico. Pero no olvidéis que no os debéis al aparato del Estado ni al Gobierno que dice representaros, ni penséis que con ello beneficiáis al adversario político, mismo perro con distinto collar, cuyos ciclos, alternancia de poder de por medio, escapan a vuestro control. A quién os debéis, es al pueblo.

Incondicional es la palabra clave. Cuando uno se la aplica, se aleja de la ética y, sobre todo, se aleja de la Justicia.

Unamuno ya lo demostró. Se puede uno enfrentar a la Monarquía, a la República y al incipiente Franquismo y ser coherente. Coherente con la búsqueda de la Justicia, que él no encontró y que sigue siendo, desafortunadamente, tan difícil de encontrar.

Yo seguiré, como Unamuno, buscando una sociedad justa y despotricaré, como llevo haciendo toda mi vida, contra sistemas y políticos, sean del signo que sean, que impidan su consecución.