La escritura como terapia


martes, 25 de agosto de 2015

La maldición de las visitas guiadas

Como si de una maldición bíblica se tratara, se está imponiendo la perniciosa moda de las visitas guiadas o, rizando el rizo, teatralizadas.

Que no digo que no tengan que existir ni que, a su manera, puedan resultar interesantes. Tampoco niego que sean, para algunos, hasta deseables. Lo que digo es que no pueden ser excluyentes.

Porque el problema surge cuando la única forma de visitar un monumento es la maldita visita guiada, eliminando totalmente la posibilidad de visitarlo por libre.

Y digo yo, por qué tengo que pagar más, por qué tengo que invertir más o menos tiempo en la visita, por qué tengo que estar rodeado de gente y seguir el recorrido previsto como si fuéramos ganado mientras abren y cierran puertas a nuestro paso (no quiero ni pensar que pasaría si a alguien le da un apretón),  por qué tengo que aguantar durante todo el recorrido la estrecha vigilancia del segurata de turno que nos acosa como si fuéramos delincuentes, por qué tengo que soportar impertinencias del tipo “no tenemos todo el día” o “tenemos que darnos prisa en acabar” pronunciadas sin ningún pudor por el guía asignado. Y si hablamos de fotos y llevas una cámara “gorda” ni te cuento. Ya no es que seas un potencial delincuente, es que eres el enemigo público número uno y la mirada del de seguridad, clavada en ti, te incomodará durante todo el recorrido.

En fin, que digo yo que con una pequeña guía o folleto explicativo somos capaces de visitar libremente el monumento en cuestión. Que la mayor parte de nosotros somos respetuosos con las obras de arte que estamos contemplando, y si hay algunos que no lo son caiga sobre ellos todo el peso de la ley. Que si voy por libre, yo decido, no el guía, el tiempo que le dedico a cada sala, a cada obra de arte, a cada rincón. Que lo veo relajado, no azuzado. Que lo disfruto enormemente más.

Por favor, devuélvannos la libertad. Que me parece muy bien que haya visitas guiadas, para los que gusten de ellas, pero eso no puede significar la eliminación de las visitas por libre.

Barrunto motivos económicos. Aumentan los ingresos, ya que las visitas guiadas son más caras, las teatralizadas ni te cuento y además, haciendo gala de una sinvergonzonería sin límite se permiten mostrar más o menos dependencias en función del tipo de visita elegido, o lo que es lo mismo los pobres ven el exterior, la clase media algunas dependencias en visita guiada y los más pudientes todas las dependencias en visita teatralizada. Que fuerte. Por otro lado, disminuyen los gastos de personal porque siempre será mejor pagar el sueldo de un solo guía y  un solo vigilante de seguridad encargados de conducirnos dócilmente a lo largo del recorrido, que tener un empleado-vigilante  por sala.

Justos por pecadores. El tema de las fotos es otra cuestión. Prohibidas en cada vez más sitios y sin motivo aparente. Con flash, de acuerdo con la prohibición, pues es sabido que el destello daña las obras de arte. Sin flash, no. Es porque os apetece venderme vuestras fotos o porque es más fácil vigilar que nadie haga fotos que vigilar que nadie use el flash. Vuestro interés y vuestra comodidad me impiden llevarme imágenes que me permitan seguir disfrutando en el futuro de lo contemplado. Porque lo peor, es que en muchos casos ni me dejan hacer fotos ni se toman la molestia de reproducir decentemente las obras más significativas para venderlas en la tienda a un precio razonable, con lo que ni comen ni dejan comer.

En fin, el egoísmo, el sinsentido y la sinrazón dominan el mundo de las visitas culturales.

Al menos que quede constancia de mi oposición a tan despreciable conducta.   

lunes, 27 de julio de 2015

Historia de un parado - Carta de presentación desesperada

Texto de la carta de presentación que acompañando a mi curriculum vitae he enviado a diversas empresas de la zona donde resido

 
Estimados señores

Consciente como soy de que el triste destino de este escrito será, con toda probabilidad, el de no ser leído, no es menos cierto que mi obligación moral para con mi familia, de la que hoy por hoy soy el único sustento, me anima a enviarla en la esperanza de que la diosa fortuna la haga llegar al lugar y en el momento adecuados y de que la calidad y profesionalidad de la persona receptora convierta en un error mi creencia inicial.

El caso es que, tras más de 30 años de vida profesional jalonada de éxitos y con una trayectoria claramente ascendente, me he visto afectado por el ERE de CatalunyaCaixa, última Entidad para la que he trabajado, que haciendo gala de una crueldad tan dolorosa como esperada me ha arrojado en brazos del desempleo.

Como podrán ver en el Currículum Vitae que adjunto, estoy perfectamente capacitado para desarrollar cualquier función profesional de tipo administrativo, en especial aquellas relacionadas con los departamentos financiero y de control interno, donde he pasado muchos años con personal a cargo.

Son tiempos difíciles para nuestro querido país y, consecuentemente, las dificultades para encontrar un empleo son enormes. A la abundancia de demanda y la escasez de oferta, se responde por parte de las Consultoras de selección de personal con fórmulas estandarizadas que criban con un más que discutible criterio a los candidatos a cualquier puesto de trabajo ofertado.

A los jóvenes se les pide experiencia. A los mayores, juventud. Y a todos, el maldito inglés.

Pues bien, por mi parte ofrezco experiencia y formación. Inglés hasta donde llego, bastante para desarrollar mi labor profesional pero insuficiente para emular a Oscar Wilde. Joven, pues no soy joven, pero un viejo chocho e inservible, tampoco.

Activo, amante del deporte, de la cultura y de la vida. Con necesidad y ganas de darlo todo en el desarrollo de mi actividad profesional, anhelo la oportunidad de sacar a mi familia de la situación a la que la vida nos ha empujado, siendo como somos una de esas familias en la que todos sus miembros se encuentran desempleados.

Con experiencia, formación y un buen estado de salud, empíricamente demostrables, sólo me cabe confiar en que quién esto lea, no corte los trajes en función de la moda imperante y su visión le permita tener en cuenta mi candidatura a la hora de cubrir hipotéticas vacantes que encajen con mi perfil profesional.

Espero que pronto podamos sentarnos, hablar y llegar a la conclusión de que el establecimiento de una relación profesional supone un beneficio para ambas partes.

Quedo a la espera de sus noticias y a su disposición para cualquier aclaración que precisen.

Atentamente,


Respuestas obtenidas = 0

Tal vez un simple “Acusamos recibo de su escrito. Sentimos no podemos ofrecerle vacante alguna en este momento. Si en un futuro surgiera la necesidad de cubrir alguna que se ajuste a su perfil profesional tendremos en cuenta su candidatura. Gracias por confiar en nosotros. Atentamente”, habría sido lo educado.

A lo mejor se han tomado como algo personal el tono amargo y sarcástico de la misiva. O simplemente es que están siendo fieles a la catadura moral que se gastan la mayoría de las empresas que se mueven dentro de este sistema liberal-capitalista que nos ha tocado sufrir.

miércoles, 20 de mayo de 2015

De los que ni comen, ni dejan comer

Para comprender los derroteros por los que transita nuestra sociedad, tenemos que comprender el comportamiento de la masa.

Definido magníficamente por nuestro ilustre compatriota Ortega y Gasset, yo resumiría el comportamiento de sus integrantes con una única y prosaica frase, ni comen ni dejan comer.

Porque de todos es sabido que son superiores en número, que no en calidad. Consecuentemente, en un sistema como el que nos ha tocado vivir, tienen las de ganar.

Y, no lo olvidemos, son mediocres. Mediocridad de la que hacen gala en todos y cada uno de los escenarios en los que se mueven. Y como son más, su mediocridad siempre se impone.

Carecen de la inquietud de mejorar y de superarse. Carecen de gusto y, además, alardean de ello. Son egoístas, insolidarios, envidiosos y mezquinos. Carecen de moral e ignoran lo que la ética significa.

Acomodaticios y vulgares, consideran la búsqueda de la excelencia como una amenaza y a los que la practican, como enemigos a batir. Esta es, de lejos, su característica más dañina. No sólo no aportan nada valioso, sino que se dedican a impedir de forma muy activa que otros lo hagan. Boicotean sistemáticamente cualquier intento de mejora en aquellos colectivos a los que pertenecen o en aquellos ambientes por los que se mueven, en especial si ello les va a suponer un esfuerzo, por pequeño que éste sea.

Son de los de “ande yo caliente, ríase la gente”, en lugar del más generoso “antes el bien común que el bien individual”.

Son los culpables del estancamiento de sociedades y grupos. Son la ponzoña que inmoviliza e impide avanzar. Son la Santa Inquisición de nuestros días. Los que queman, sicológicamente, a los que no son como ellos. Los que desaniman e impiden avanzar a la creatividad, al buen gusto y al trabajo bien hecho. Son los que juzgan pero no quieren ser juzgados. Son los que imponen su mediocridad, disfrazándola de libertad de elección. Son los que no admiten críticas, porque caerían en el primer asalto. Son los derrotados que quieren arrastrarnos en su caída.

Olvidan que los avances no se deben a personas como ellos, sino a las personas a las que aspiran a destruir. En su ceguera, no alcanzan a ver que la caída de éstas es su caída. Con su estupidez, desalientan a los que por ellos quieren luchar.

La masa, en estado puro.

miércoles, 8 de abril de 2015

De la falta de respeto

Un mal contra el que llevo batallando toda mi vida.

Es costumbre de gran parte de mis conciudadanos inmiscuirse en la vida de los demás, sea o no de su incumbencia. Acostumbran a actuar como juez y parte. Se atreven, haciendo gala de una enorme desvergüenza, a juzgar y condenar decisiones y acciones que están muy lejos de su jurisdicción y que pertenecen al ámbito privado de personas adultas que ejercen su derecho al libre albedrío. Se crean expectativas de cómo los demás han de actuar y cuando estas expectativas, como suele ser frecuente, no son satisfechas, arremeten contra el que de esta forma, y según su limitada visión de la vida, les ha ofendido en lo más hondo de sus convicciones, regalándole una buena dosis de desprecio.

Pues señores, sepan que los despreciables son ustedes. Que las decisiones de las personas adultas, si no van en contra de su seguridad, de su dignidad y de su independencia, ni atentan contra las elementales normas de convivencia que rigen en cualquier sociedad civilizada, han de ser respetadas aún cuando no sean compartidas. Que lo contrario es una falta de respeto y que los ofendidos no deben ser ustedes, sino los que han sufrido de su injerencia. Que quién no respeta, nunca será respetado, y por tanto, ustedes actuando de esta manera serán siempre despreciados y no se ganarán nunca el respeto que de otra forma tal vez acreditarían.

Semidioses zafios, manipuladores e intolerantes que emponzoñan toda relación, desde el mismo momento en que abren sus pestilentes bocas.

Más os valdría ocuparos de vuestras mediocres vidas, muy necesitadas de valores que las hagan dignas de ser vividas. Ni coméis ni dejáis comer. Probar a vivir y dejar vivir y tal vez os ganéis un sitio en el Purgatorio, que en el Paraíso ya lo veo difícil.

Te regalo un jarrón y te digo dónde lo tienes que poner, te invito a mi casa y te digo todo lo que tienes que hacer, te hago un favor y te digo que favor quiero a cambio. Gentuza interesada.

Te digo lo que tienes que hacer, lo que tienes que decir, cómo te tienes que comportar, a quién tienes que visitar, cuántas veces me tienes que llamar. Gentuza entrometida y manipuladora.

Y si no les doy gusto, encima se cabrean conmigo e intentan colgarme la etiqueta de desagradecido o de antisocial. Los regalos, las invitaciones y los favores se han de hacer desinteresadamente. Se dan consejos, no instrucciones. Y si no se siguen, pues a joderse, que para eso el que los recibe tiene derecho a elegir.

No voy a pasar por el aro, como los leones amaestrados en la arena del circo. No voy a ser como vosotros queréis que sea, sino como yo decida ser. Muchos lo han intentado y han quedado en el camino. Mi independencia y mi derecho a elegir están por encima de vuestra injerencia, vuestra inquina y vuestra falta de respeto. Respeto, que al no respetarme, automáticamente perdéis. Basta ya. Dedicar el tiempo a revolcaros en vuestra propia mierda como los cerdos en la cochiquera que, dada vuestra catadura moral, a buen seguro os bastará para ser felices, y así, de paso, nos dejáis un poco tranquilos a los que queremos simplemente vivir.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La señora de las filloas y empanada en el segundo bar

Nadie puede poner en duda a estas alturas que el Camino es un verdadero filón para los lugareños que habitan sus márgenes. Miles y miles de peregrinos transitando por delante de sus casas y sus negocios son una muy evidente y potencial fuente de ingresos que hay que aprovechar. Sólo se trata de agudizar el ingenio para aligerar el peso de sus carteras.

Ya me avisó mi buen amigo Soco, peregrino antes que yo, que en una recóndita aldea cuya localización exacta no logro recordar, una anciana de venerable aspecto y aparente obsequiosidad, ofrecía a todos los peregrinos que transitaban por delante de su casa, un plato lleno a rebosar de apetitosas filloas. Lo hacía de tal forma que su ofrecimiento parecía producto de desinteresada generosidad hacia los sufridos caminantes. Nada más lejos de la realidad. Quién por incauto caía en la trampa y metía mano en el plato se encontraba, acto seguido, con el sablazo que, por lo que me han contado, no era moco de pavo. Yo la vi. Surgió de las sombras con el plato por delante y una actitud sumisa que, como ya iba sobre aviso, me recordó a la madrastra malvada de Blancanieves ofreciendo la manzana emponzoñada. Con un gesto de la mano rechacé su “invitación” y apretando el paso dejé atrás el escenario donde día tras día se representaba la misma escena, propia de novela picaresca, pero no por ello menos real.

En otra ocasión, mientras caminaba relajado y feliz por una zona boscosa fresca y muy agradable, pude ver a cierta distancia delante de mí a un anciano que caminaba en sentido contrario al del peregrinaje. Se acercaba, por tanto, a mí. Me resultó chocante su presencia, porque no creía estar cerca de población alguna. Más chocante aún fue que cuando llegaba a mi altura desvió su trayectoria para dirigirse directamente a mi flanco izquierdo donde, tras provocarme la tensión propia del desconocimiento de sus verdaderas intenciones, me susurró al oído la muy críptica frase “Empanada en el segundo bar” y siguió su camino sin detenerse. Sorprendido, tardé un tiempo en reaccionar. Tras analizar el episodio, concluí que debía tratarse de un anciano loco que se entretenía transitando a contracorriente el Camino y susurrando a los peregrinos frases sin sentido, como si de un código secreto se tratara. Marketing. Rudimentario, pero marketing. Eso es lo que era. Cuando tras un par de kilómetros llegué al pueblo, que sí había uno, pasé por delante de un primer bar y poco después llegué a las puertas de otro (el segundo bar) donde efectivamente tenían un cartel ofreciendo sus famosas empanadas. Como tenía una terraza agradable, me paré. Empanada no comí, no era hora, pero un café sí me tomé. No pude por menos que esbozar una sonrisa pensando en tan rocambolesca forma de promocionar el negocio. A la vez que publicitan sus empanadas mantienen al abuelo entretenido y en buena forma física. Optimización de recursos. En las escuelas de Marketing lo deberían contar.

viernes, 30 de enero de 2015

Los movimientos de cámara vuelven. Que Dios nos ampare

El fin de semana pasado me fui al cine a ver ´71 dirigida por Yann Demange, tentado por el argumento, como casi siempre, y dejándome influenciar por la opinión de los críticos, como casi nunca, si bien esta vez, gilipollas de mí, les hice caso.

El resultado fue reencontrarme con una forma de rodar que me horroriza y me repugna, una forma de rodar que creía superada, al menos en el tipo de cine que habitualmente consumo, pero que desgraciadamente ha vuelto con esta nefasta película que resucita fantasmas del pasado. Si es un caso aislado o no, el tiempo lo dirá.

Fue allá por el 2010 cuando escribí un artículo titulado “Movimientos de cámara o cómo estar a la última” en el que trataba este tema. Todas y cada una de las reflexiones que en él hacía, son aplicables a esta película, por lo que poco más puedo añadir. Sólo me queda reproducirlo para que quede constancia de mi opinión, que no ha cambiado un ápice desde entonces. Decía así: 

“Últimamente están proliferando películas tremendamente incomodas de ver por la obsesión compulsiva del Director de dotar a todas y cada una de las escenas de movimientos de cámara que son un sinsentido en sí mismas y que persiguiendo no se sabe muy bien el qué ¿originalidad, naturalidad, dinamismo?, lo que ciertamente consiguen es que salga del cine con dolor de cabeza tras estar durante toda la película más pendiente de la camarita que se mueve que de lo que cuenta la historia, con el resultado nefasto de que un buen guión es engullido por el traqueteo de los “cámara en mano”. Si además sumamos a estos movimientos, la utilización del primerísimo plano y las aberturas grandes de diafragma (zona enfocada mínima) ya tenemos el mareo asegurado.

Señores, esto es como todo, con moderación funciona y con exceso satura. La utilización de técnicas extremas de rodaje, y las citadas lo son, deben usarse con muchísima moderación para no caer en el absurdo, como se está cayendo con demasiada frecuencia en el cine actual.

Son muchas las películas extraordinariamente buenas que se han realizado hasta ahora y que no recurren a burdos trucos de prestidigitador para impresionar al espectador fácil.

Estoy un poco harto de  salir del cine con los ojos bizcos y cansados de tratar de definir algún detalle de las escenas que cual huracán pasan veloces ante mi mirada atónita.

Y también estoy harto, dicho sea de paso, de los críticos de cine que no parecen darse cuenta, o al menos en sus “crónicas” no lo citan, de este fenómeno visual, limitándose a glosar de forma muy poética la historia que estas películas nos cuentan, pero casi nunca cómo nos las cuentan. Diríase que son como androides avanzados a lo “Blade Runner” con una velocidad de asimilación de las imágenes en rápido movimiento muy superior a la humana, siendo lo que para mí es mareante, cámara lenta para ellos.

Tres ejemplos recientes, la muy aclamada Gomorra (que mareo), la muy comercial Quantum of Solace (una de James Bond que te hace desear que lleguen las escenas que no son de acción ¡Que aberración!) y en menor medida, My blueberry nights (equilibrando momentos vanguardistas con respiros al espectador, que lo agradece infinitamente).

Como es moda, pasará. Esperemos que sea pronto.”

P.D. Queda, con esta entrada, inaugurada una nueva sección dedicada al cine, otra de mis grandes pasiones. Titulada "Confesiones de un cinéfilo empedernido", agrupará bajo esta etiqueta mis opiniones en torno al séptimo arte.

domingo, 18 de enero de 2015

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Pulpo para desayunar y el incidente del tonto del pueblo

La novena etapa de mi Camino se inició muy temprano, en la localidad de Palas de Rei.

Tan temprana fue la partida que antes de las nueve de la mañana estaba atravesando Melide, localidad famosa por la preparación del pulpo, manjar que ofrecen en infinidad de bares que jalonan las calles por las que transcurre el Camino. Sorprendente es, que a esas horas las cocinas de dichos establecimientos estén funcionando a pleno rendimiento y que en cada puerta el empleado de turno te ofrezca entrar para degustar tan celebrada vianda. Más sorprendente es, comprobar que peregrinos hay que se rinden a la tentación y se desayunan pulpo y ribeiro como si de chocolate con churros se tratara. Por lo que a mí respecta, mi sistema digestivo protestaba sólo de pensarlo. Que le vamos a hacer. Soy un tradicional. Yo a esas horas prefiero un café con leche con una buena tostada. Cuestión de costumbres.

Pasado Melide, me encontré transitando totalmente sólo por el Camino, circunstancia extraordinaria pero que se daba en ese momento y lugar. Me acercaba a un pueblo, no recuerdo cual, y a medida que avanzaba se iban perfilando los edificios, desdibujados por la neblina mañanera. Ante mí, una especie de plaza empedrada con una iglesia a la derecha y un pequeño muro a la izquierda, que, siguiendo el Camino, tenía que atravesar. Pero había algo más. Era un hombre alto, delgado y desgarbado que con aire ausente paseaba en círculos por la plaza chapurreando una letanía ininteligible. Instintivamente mis manos se tensaron sobre las empuñaduras de los bastones. En otras ocasiones me los he encontrado. En todos los pueblos dicen que hay al menos uno. Suelen ser inofensivos, pero su imprevisibilidad asusta. Caminé resuelto y con decisión para salvar lo antes posible el lugar en cuestión. Sobrepasé su posición, no sin observar que me obsequiaba con una de esas miradas atravesadas que no auguran nada bueno. Puse todos mis sentidos en alerta máxima. Mis sospechas se vieron confirmadas. Al sonido de mis pasos le seguía el sonido de otros pasos. Si mis pasos aumentaban su cadencia, los otros también. Me estaba siguiendo. Una mirada hacia atrás provocó en él un torpe movimiento de disimulo que no hizo más que aumentar mi inquietud. Reanudé la marcha, y él reanudó la suya. Tenía que acabar con situación tan absurda. Giré de pronto, alcé los bastones y di unos pasos en su dirección en actitud amenazadora y lanzando un par de alaridos del tipo de los que usan para comunicarse los obreros de la construcción. Efecto fulminante. Giró y volvió hacia su plaza. Esperé hasta que medio desapareció en la distancia. Continué.

Finalicé la etapa en Arzúa, a dos jornadas de Santiago. Mientras cenaba un plato del excelente queso de la zona, regado con un buen vino blanco y rematado con un chupito de la célebre crema de orujo, tomé conciencia de lo rara que había resultado la jornada y de lo rico en anécdotas que estaba resultando el Camino. Supe entonces que algún día lo tendría que contar.

viernes, 9 de enero de 2015

Vente a Alemania, Pepe

Resulta llamativo y estomagante constatar cómo los paladines de la supuesta democracia en la que vivimos, los mismos que encubren a correligionarios corruptos y que entierran al muerto, la crisis, sin esperar a que fallezca, reniegan y despotrican de la situación imperante en la posguerra y el franquismo, donde miles de españoles con el hatillo al hombro se lanzaban a la Europa industrial en busca de trabajo y futuro, hartos de miseria y sufrimiento.

Pues que sepan estos señores que hartos de ser ninguneados, despreciados y explotados, nuestros jóvenes, en pleno siglo XXI, se ven forzados a hacer lo mismo.

En un país incapaz de ocupar a la población activa y en el que se permiten barbaridades tales como pedirles inglés e informática a los aspirantes a cubrir un puesto de pastor-esquilador de ovejas (noticia real de la que acabo de tener conocimiento), el tener estudios ya no sirve. Y el no tenerlos ni te cuento. Consecuencia: Los hijos de los pudientes a Oxford o Harvard. Los hijos de los demás  a morirse de asco en el paro o con trabajos de mierda, contratos de mierda y salarios de mierda o a currar dónde y cómo puedan, preferiblemente en algún país angloparlante por eso del inglés. Todo será que cuando vuelvan,  el proceso de selección hispano les exija chino o swahili. 

Y todo esto viene a cuenta de que mi niña se me va. Ya sé que tiene veintitrés, pero siempre será mi niña. Y se me parte el corazón.

Pero es necesario. A ese convencimiento hemos llegado. Ella también. Como no somos de los de Oxford o Harvard, le toca currar. De aupair en el Reino Unido. Si viene dominando el inglés, objetivo cumplido y alabado sea Dios.

Es vergonzoso que hayamos llegado a esta situación. Es perfectamente válida para desarrollar infinidad de trabajos en nuestro país, si no fuéramos tan gilipollas en nuestro país. Pero gilipollas somos, y no poco. Así que tengo que verla partir, tengo que renunciar a verla durante meses y tengo que sufrir su ausencia.

Orgulloso de su valentía, por supuesto que lo estoy. Confiado en su adaptación, su rendimiento y su sentido de la responsabilidad, también. Preocupado, cómo no. Indignado, también.

No va a pasar ni un solo minuto en el que no estemos, los que la queremos,  pensando en ella. No va a pasar ni un solo minuto en el que no estemos orgullosos de ella. No va a pasar ni un solo minuto en el que no piense en la gentuza que nos ha llevado a esta situación. No pasa ni un solo minuto en el que no me avergüence de esta mierda de país en el que he tenido la desgracia de nacer.

Estoy seguro de que la experiencia será enormemente enriquecedora y le proporcionará, más allá del idioma, valiosos conocimientos para encarrilar su vida. Que bien está lo que bien acaba y que no hay mal que por bien no venga. Que dentro de unos meses celebremos tan difícil decisión. Mi niña se lo merece. Que así sea.

martes, 16 de diciembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La etapa reina

Fue hace siglos, en unas vacaciones de Semana Santa que pasé junto con mi familia, cuando descubrí la belleza de los montes que se elevan en tierras maragatas y bercianas, y ese recuerdo, unido a mi afición al senderismo y a mi pasión por la montaña, fue determinante a la hora de decidir que el inicio de mi Camino sería en Astorga. De esta forma evitaba las, a priori, aburridas etapas llanas y me sumergía de lleno y desde el principio en terreno montañoso.

La segunda etapa, Rabanal del Camino–Molinaseca, atravesando los Montes de León y con vistas a los Montes Aquilianos, se presentaba, pues, como un verdadero goce para los sentidos, por lo que comencé a atacarla con enorme ilusión y determinación.

Lo cierto es que lo que prometía un goce paisajístico ilimitado se convirtió en un calvario de sufrimiento.

Para comenzar, una corta y agradable subida entre jirones de niebla mañanera que se disipaba perezosamente, me depósito a los pies de la Cruz de Hierro, monumento donde di cumplida cuenta del ritual que en él se lleva a cabo (alimentar con una piedra el montón existente, sin saber muy bien por qué, que por cumplir no quede y sea por si acaso). A lo mejor el que la piedra que lancé al montón se partiera en dos al caer quería significar algo, pero como no era cuestión de dejarse influenciar por malos augurios, inicié el larguísimo descenso hacia Molinaseca que, por sus características, presumo que a no pocos les habrá pasado factura. En mi caso, así fue. Por culpa de mi inexperiencia a la hora de ajustarme la mochila, mis hombros resultaron seriamente dañados, y por culpa de mi exceso de confianza a la hora de hacer un uso insuficiente de los bastones, mis rodillas también.

Cuando llegué al albergue sólo me quedaban fuerzas para tumbarme a descansar, y fue tal la progresión del dolor en los hombros que cuando decidí incorporarme fui totalmente incapaz de hacerlo. Para lograr levantarme no tuve más remedio que girar sobre mí mismo, con un movimiento similar al de las croquetas cuando son rebozadas, cayendo al suelo boca abajo, para desde esta posición poder realizar las maniobras necesarias para ponerme en pie sin morir en el intento. Menos mal que al no haber nadie cerca en ese momento y a que la litera asignada era la de abajo, pude salvar decorosamente la situación. No quiero ni pensar en lo que habría pasado de estar tumbado en la litera de arriba.

Una ducha y varias toneladas de crema antiinflamatoria me proporcionaron la fuerza necesaria para llegarme hasta una mesa de la terraza del albergue donde sentarme a escribir. Los dolores persistían, aunque con algo menos de intensidad. Fue en ese momento cuando recibí la llamada de Carmen, mi mujer, que no tardó ni dos segundos en percibir que algo no iba bien. Enterada de mis problemas físicos y dado que sólo era mi segundo día en el Camino, quedó sumida, como es lógico, en un estado de honda preocupación. Por lo que a mí respecta, abatido, desganado y dolorido, tuve que batallar contra funestos pensamientos que no auguraban un buen final para la aventura recién iniciada, máxime teniendo en cuenta lo mal que había empezado y lo mucho que quedaba por hacer.

Afortunadamente era una soleada y agradable tarde de primavera y los dolores iban disminuyendo progresivamente gracias al buen hacer de la crema antiinflamatoria. Me animé a dar un corto pero relajante paseo por las calles de Molinaseca, me tomé una refrescante cervecita y rematé en una acogedora terraza bañada por la luz del atardecer donde ataqué con apetito un par de huevos fritos con chorizo regados con una botellita de vino, mencía y del Bierzo por supuesto. De nuevo estaba mentalmente arriba, seguro de que conseguiría culminar mi aventura y pasando uno de esos momentos felices y extremadamente fugaces con los que la vida te regala de vez en cuando. Era el momento de llamar a Carmen. La conversación nos devolvió la confianza y la calma. Todo sería muy diferente a partir de ese momento. Los inicios siempre son difíciles, pero sabía que con la mentalidad adecuada no había reto que no pudiera superar.

Después de la cena, y antes de retirarme a descansar, pasé largo rato sentado en la terraza del albergue, bajo las estrellas y en compañía de un par de peregrinos hispanos y del hospitalero de turno, que se encargó de amenizarnos la velada con un monólogo en el que despotricó de los peregrinos galos. Individuos, decía, que esperaban de los albergues servicios similares a los ofrecidos por los hoteles, quejándose, frecuentemente y con acritud, cuando constataban que dicha esperanza nada tenía que ver, como es lógico, con la realidad. “Si no les gusta el albergue, pues que se vayan a un hotel, no te jodes” fue la frase, o alguna muy similar, con la que dio por finalizada su perorata.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La mochila

Mi primera jornada me llevó hasta Rabanal del Camino, jornada fácil sobre el papel, de unos 20 km. y con un perfil básicamente llano. Pero no contaba con la mochila, la gran protagonista del día.

Durante la primera mitad de la jornada hizo notar sobre mis hombros su implacable presencia. Fue una lucha constante para conseguir unos ajustes que minimizaran su impacto. Menos mal que en unas 5 horas cubrí la etapa, lo que evitó, al menos ese día, que mi espalda terminara excesivamente maltrecha.

Cuando preparaba el Camino, leí numerosos artículos acerca de la mochila: sus características, su tamaño, su peso máximo recomendado, etc. Lo cierto es que tomas nota mental de todo ello, intentas comprar la mochila más adecuada de acuerdo a tu presupuesto y, finalmente, casi siempre la cargas más de lo recomendable. Ahora me doy cuenta de que esos 3 o 4 kilos de más, que parecen nada, significan mucho, y que con la debida experiencia se puede conseguir evitarlos. No es fácil sujetarse a la hora de echarle cosas a la mochila, pero cuando estas inmerso en el Camino, lo que darías por haber prescindido de algunas.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Historia de un parado - Las empresas de recolocación

Que maravilloso sería el Estado de Derecho si aparte de enumerar derechos los hiciera cumplir. Me encanta saber que según la Constitución tengo derecho al trabajo, pero más me encantaría tener uno. 

Como este nuestro querido Estado vive de las apariencias, tiene que dar la sensación de que realmente se preocupa por nosotros y de que hace todo lo posible por conseguirnos trabajo. Pues una de dos, o no hace nada o lo hace rematadamente mal.

No sólo no se genera empleo sino que desde el propio Estado se destruye. Caso del ERE que me ha tocado vivir en una Entidad financiera intervenida y por tanto bajo la tutela del Estado. Y como, habiéndome enviado a la calle, tiene que aparentar que se preocupa por buscarme un empleo, establece la obligación de facilitar a los afectados la tutela de una empresa de recolocación que consiga minimizar el impacto.

También sería maravilloso que la empresa de recolocación, recolocara, en lugar de dedicarse a repetirnos machaconamente lo mal que está la situación, lo difícil del mercado de trabajo y lo negro que lo tenemos para encontrar empleo.

Desde luego el apoyo sicológico que recibimos es más adecuado para empujarnos al suicidio que para cargarnos de optimismo. Claro que, bien pensado, a lo mejor es lo que se pretende. Muerto el perro se acabó la rabia. El suicidado descansa, la empresa de recolocación se quita un muerto, nunca mejor dicho, de encima, y el Estado resta uno de la lista de parados lo que contribuye a maquillar las estadísticas y alimentar su repugnante ego.

A lo que se dedica la empresa de recolocación es a cubrir el expediente. Se limita a dar una serie de consejos para buscar empleo, la mayor parte de los cuales se pueden encontrar fácilmente en Internet. Busca en la red  y nos envía ofertas de trabajo sin preocuparse de que se ajusten a nuestro perfil y a nuestra situación y, en la inmensa mayoría de los casos, con requisitos que ni cumplimos ni estamos en condiciones de cumplir a corto plazo. Las gestiones directas con empresas son muy escasas y con resultados, en mi caso, nulos. Todo esto para podernos  decir que lo han intentado y que no se puede hacer más por nosotros en un mercado laboral tan adverso. Como coartada está bien, pero a mí no me sirve.

Pueden hacer más, muchísimo más. Una empresa de recolocación que se precie debería ser capaz de encontrar trabajo a un elevado porcentaje de los trabajadores que se colocan bajo su tutela, sin dejarlo todo supeditado al éxito que éstos puedan tener gestionando directamente la búsqueda. Que cada uno de nosotros se va a dejar la piel buscando trabajo se da por supuesto y la duda, que la han manifestado, ofende. Una empresa de recolocación que se precie debería conocer al dedillo las características de todos y cada uno de los trabajadores tutelados, buscando y facilitando contactos con empresas que les necesiten, y no pretender que dichos trabajadores se ajusten a corto plazo a las exigencias predominantes en el mercado de trabajo, absurdas donde las haya.

Pongamos un ejemplo. Una empresa de servicios de jardinería aplica a sus trabajadores, algunos de los cuales llevan trabajando más de 30 años, un ERE. Hace 30 años para trabajar en una empresa de dichas características los requisitos a cumplir no eran demasiados ni, por supuesto, disparatados, por lo que tenemos trabajadores que se van al paro sin tener, pongo por caso, ni el Graduado Escolar, pero en cambio saben de jardinería lo que no está escrito. ¿Qué debería de hacer la empresa de recolocación? Pues buscarles empresas que necesiten jardineros experimentados, sin importarles la formación complementaria que puedan acreditar, formación que, por otra parte, no les va a ser de utilidad en su puesto de trabajo. Es decir, buscarles empresas que no apliquen los malditos y absurdos filtros de eliminación. Pero ¿qué es lo que realmente hacen?. Pues decirles a esos trabajadores que salvo que se pongan a estudiar como locos hasta que consigan tener una carrera, un par de masters, y dominen un mínimo de dos idiomas, no van a tener la más mínima oportunidad de encontrar trabajo y que, por supuesto, será culpa suya por no haber estudiado en su momento en lugar de trabajar desde tan jóvenes. No te jodes, si al final hasta habrá que pedir perdón por haber estado trabajando toda la puta vida. No conciben, estos señoritingos, que a lo mejor muchos de los que empezaron tan jóvenes era porque tenían que ayudar a sobrevivir a sus familias y no se podían permitir, ni por asomo, seguir estudiando

Pero eso sí, para aprovechar sinergias sí están espabilados, ya que ofrecen cursos de formación, de pago, a los pobres parados que caen en sus manos, que después de todo tienen indemnizaciones frescas de las que hay que intentar sacar tajada.

Lo peor de todo es que, como agentes dobles, juegan a dos bandos.  Además de empresa de recolocación, consultora. Además de, teóricamente, ayudarnos a encontrar empleo, hacen para las empresas el trabajo de eliminación de candidatos aplicando los malditos filtros que nos van a impedir encontrarlo (algunos, que no se dicen pero se aplican, como la edad y el sexo, claramente discriminatorios y que a muchos de nosotros nos dejan sin opciones). Si se trabaja para ambos bandos, la cuerda se romperá por la parte más débil y nosotros, los trabajadores, somos esa parte.

¿Éticamente correcto?. Que cada cual juzgue. Yo tengo clara mi opinión.

Señores de las empresas de recolocación, si los trabajadores colocados bajo vuestra tutela no encuentran trabajo, el fracaso es vuestro.

Señores que contratan a las empresas de recolocación, si no controláis el resultado final del trabajo realizado por éstas y os limitáis a cumplir con lo que os exige la ley, estaréis simplemente cubriendo el expediente, por tanto tener la decencia de no disfrazarlo de compromiso social. No cuela. 

Señores del Estado… Iba a escribir algo pero las arcadas me lo impiden hacer.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Los necios

Es en extremo indignante sufrir a personas que antes, durante y después de la experiencia del Camino, se atreven a juzgar y a valorar si el número de kilómetros recorridos merece su aprobación o su desprecio.

Nadie que haya hecho el Camino y tenga dos dedos de frente osaría hacer comentarios que resten valor al esfuerzo que cualquier peregrino realiza para conseguir su propósito.

Se me abren las carnes cuando escucho a personas que no han dado un paso en su vida, juzgar insuficientes los kilómetros recorridos por este o aquel peregrino, al que desprecian por ello. Suelen ser puristas descerebrados e ignorantes a los que sólo les vale el Camino Francés, el único del que han oído hablar, y desde Roncesvalles. Son como inquisidores modernos que no dudarían en echar a la hoguera al que no haya completado la totalidad del trayecto. 

Peor son los que habiéndolo recorrido en un número determinado de kilómetros, desprecian a los que han cubierto menos distancia que ellos. El Camino para ellos es una competición. Se equivocan, y su necedad se lo impide ver.

Son tantos los momentos de esfuerzo y sufrimiento que un peregrino ha de soportar, que merece, al menos, respeto. Por tanto cuando encuentres a uno, amigo prepotente, necio, descerebrado y estúpido, abstente de hacer comentarios que minusvaloren su esfuerzo. De lo contrario, demostrarás lo despreciable que puedes llegar a ser, y eso no es nada bueno para tu imagen.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Tras la flecha amarilla

Sin duda es la más perseguida y buscada del Camino. Ella nos señala la dirección a seguir, aclara nuestras dudas, resuelve momentos de indecisión y, lo que es más importante, nos permite llegar a Santiago sin grandes sobresaltos.

Casi siempre está pintada con buen criterio por gentes de buena voluntad que no persiguen otra cosa que orientar al peregrino.

Sin embargo, otros se aprovechan de ella usándola como reclamo direccional que sirve a sus propios intereses. Dos experiencias que sufrí en mis propias carnes ilustran este proceder.

La primera en las proximidades de Villafranca del Bierzo, en una larguísima jornada que comencé en Molinaseca y que se torció tras parar a comer en Cacabelos. Es poco después de abandonar esta población donde un numeroso grupo de flechas amarillas pintadas en el asfalto orientaron mis pasos hacia un camino que, tras atravesar un bonito paisaje de viñedos, te deposita a los pies del albergue de Villafranca. Todo maravilloso, salvo por el hecho de que eran las dos de la tarde, con un sol de justicia y una calor demencial que hizo que se agotaran mis reservas de agua, lo que me puso en una situación comprometida. Pero, oh milagro, al poco de quedarme sin agua surge providencial una vivienda en cuyo garaje, convertido en bar, pude comprar agua a precio de oro y de la que di cuenta en un pispás. Grave error, porque como estaba extremadamente fría me provocó un infierno gástrico (una cagalera en toda regla) que me complicó el resto de la tarde, toda la noche y casi toda la jornada del día siguiente. Lo indignante del caso es que, mientras formalizaba mi inscripción en el albergue, donde conseguí la última cama disponible, la hospitalera me contó que la señalización hacia el desvío que tomé era ilegal, propiciado por las flechas amarillas pintadas por los abuelos del garaje-bar, que ya estaban denunciados por tal práctica. El desvío, me siguió informando, me supuso recorrer unos cinco kilómetros suplementarios. No pude por menos que rememorar el momento en el que me tomaba la maldita botella de agua helada, mientras oía al paisano que me la vendió quejarse amargamente del sacrificio extremo que le suponía tener el bar abierto todo el día, sirviendo a los peregrinos aún a costa de tener que levantarse de la mesa,-estaba comiendo en ese momento-. Casi me pongo a llorar ¡No te jodes!

La otra, en la jornada que me llevó de Triacastela a Sarria. Para cubrir esa jornada se presentaban dos alternativas, una más dura y montañosa por San Xil, y otra teóricamente más sencilla por Samos. Como la jornada anterior me había pasado factura en forma de lesión de rodilla, opté por la sencilla. Hasta Samos muy agradable, umbrías espectaculares, aproximación  con unas vistas estupendas y ya en la localidad, el aspecto exterior del Monasterio imponente y el desayuno con vistas al mismo y con el sol tempranero templando el cuerpo, delicioso. Me compro una rodillera en una farmacia para sujetar mi maltrecha rodilla y comienzo a andar por la carretera dirección a Sarria convencido de que me quedaba la parte más fácil de la jornada. La sorpresa llega en forma de señales oficiales donde la Diputación de Lugo indica una dirección para los ciclistas (por la carretera) y un desvío para los caminantes, desvío que, obediente que es uno, tomé sin resquemor alguno. Enorme error, ya que te internas en una serie de rutas de senderismo enlazadas que te hacen subir, bajar, volver a subir, volver a bajar, corredoira por aquí, corredoira por allá,  girar a la izquierda, a la derecha, de nuevo a la izquierda, dudar y, finalmente, acordarte no precisamente con cariño de los de la Diputación que decidieron señalizar el asunto. Si hubiera querido hacer senderismo, perfecto, pero si lo que quería era llegar pronto a mi destino por ir lesionado, no es de cajón que me endilguen unos cuantos kilómetros de más por caminos de cabras que terminaron por agravarme la lesión y de los que no estaba en condiciones de disfrutar. Que el desvío para caminantes se hubiera señalizado como una alternativa más interesante desde el punto de vista paisajístico, vale, pero que se indique como la ruta “normal” no es de cajón. Había que verme echando pestes a grito pelado mientras recorría esos caminos de Dios. Parecía un loco furioso y peligroso recién huido del manicomio. Tenía que exteriorizar mi indignación. Seguro que a más de uno le debían de estar pitando los oídos.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Fragancias

Dos olores recuerdo del Camino. Uno agradable. El otro, nauseabundo.

Del primero se disfruta, sobre todo, en las proximidades de Arzúa, ya bien adentrados en tierras gallegas. Se trata de un penetrante olor a eucalipto, más intenso en el frescor de las primeras horas del día, que, cual Vick Vaporub natural, te deja los conductos nasales limpios como la patena.

El segundo se sufre al acercarse a las explotaciones de ganado bovino, donde un intensísimo olor 
avinagrado penetra con fuerza en los conductos respiratorios obligándote a apretar el paso para salir cuanto antes de su área de influencia. Compadezco a los que trabajen o vivan en sus alrededores, aunque supongo que a fuerza de costumbre ya ni lo notarán.

lunes, 27 de octubre de 2014

Historia de un parado - Del puto inglés y las ofertas de empleo y lo inútiles que nos hacen sentir

Se necesita Controller, Group Internal Audit Senior Manager, Finance Senior Controller, Account Payable, Manager Marketing Online, etc, etc, etc.

Imprescindible nivel alto de inglés. Imprescindible nivel alto de inglés hablado y escrito. Imprescindible inglés bilingüe. Imprescindible inglés, inglés, inglés, inglés. No sé si ya he dicho que es imprescindible un nivel alto de inglés.

Así se las gastan las ofertas de empleo en los tiempos que corren. Y no, no estamos ni en Wisconsin, ni en Gales, ni en Inglaterra, ni en Australia,  ni en ningún otro lugar del mundo donde el inglés sea idioma oficial. Estamos en España, maravilloso lugar donde resulta que es más fácil encontrar trabajo si eres de Wisconsin, Gales, Inglaterra o Australia,  que si has tenido la mala fortuna de nacer aquí. Porque si tu cuna se encuentra en uno de esos lugares, el inglés ya lo tienes y eso, hoy en día, parece que es lo único que importa.

Si no sabes inglés, date por jodido. Que tus notas en los estudios fueron excepcionales, me la suda. Que eras un niño superdotado, me la sopla. Que tienes 30 años de experiencia en tu trabajo, me descojono. Que sabes un montón de todo, tienes un montón de cualidades, eres una bellísima persona, trabajador, abnegado y responsable, pero no sabes inglés, todo eso me importa una mierda. 

Lo que queremos las empresas que nos movemos dentro de este maravilloso mundo liberal capitalista es que, sobre todo, sepas inglés. Si además tienes un par de carreras, un par de postgrados, sabes un par de idiomas más y tienes amplia experiencia en el trabajo ofertado, pues mejor que mejor. Te pago 20.000 brutos al año y a correr. Me encanta este sistema.

¡Pero alguien se ha parado a pensar esta locura!. ¡Pero alguien meterá mano de una vez por todas en el mercado laboral para dotarlo de una mínima coherencia, de una mínima humanidad!. ¿Has dicho humanidad?. He dicho humanidad. Me descojono.

Si eres joven y de familia bien, cumplirás todos los requisitos menos el de la experiencia, aunque papá y los de su clase se encargarán de resolverte la papeleta. Si eres joven y de familia, como llamarla, normal, tus padres se habrán esforzado en darte toda la educación necesaria pero carecerás de experiencia, carencia que ni papá ni mamá podrán resolver dada su pertenencia a una clase donde los contactos no suelen ser de alto nivel, por lo que lo tendrás jodido. Y si eres mayor, que no viejo chocho, date por muerto, porque experiencia tendrás un rato largo pero, ay amigo, no sabrás inglés, y eso es un pecado imperdonable.

Pero es que cuando accedí a mi primer trabajo el inglés no hacía falta para nada. Pero es que estoy parado porque he sido despedido merced a un ERE injusto, discriminatorio y cruel. Pero es que cuando quiera tener un nivel de inglés alto, ya seré tan viejo que nadie me querrá. Me lo dices o me lo cuentas. Acaso me tiene que importar. Jódete, y no me aburras con tus lloriqueos.

Pues yo digo que no deberíais medir a todo el mundo por el mismo rasero, que no deberíais aplicar el mismo filtro a todos los aspirantes y que no deberíais despreciar a los que luchan por su subsistencia y la de sus familias.

Deberíais darnos la oportunidad de hablar, darnos la oportunidad de mostraros nuestros logros, de contaros nuestra trayectoria. Deberíais valorar lo que hemos luchado y cómo lo hemos luchado. Deberíais valorar lo que podemos ofreceros. Deberíais remunerar con justicia y equidad. Pero, por favor, sin anteponer la infranqueable barrera del inglés.

Porque yo me niego a considerarme un inútil. Porque no soy un inútil. Sé hacer muchas cosas bien. Las he venido haciendo bien durante años y si ahora resulta que he sido arrojado a un mercado laboral deshumanizado y absurdo donde soy considerado un inútil por mi edad y, sobre todo, por el maldito inglés, pues soy yo el que maldiciendo y clamando justicia os repito a voz en grito que ¡No soy un inútil!

Y a todo esto, el Estado, como siempre, nada de nada. Haciendo gala de su culpable e impresentable falta de intervención nos deja a merced de los leones. Parece que los derechos que nos son reconocidos en esa Constitución a la que dicen defender, el derecho al trabajo entre ellos, quedan en papel mojado. Es que las corruptelas nos tienen muy ocupados, se disculpan. Y a esto le llaman el Estado de Derecho.

Yo les sugeriría que cada vez que una persona se inscriba como demandante de empleo le hagan un examen tipo test para determinar su nivel de conocimiento del idioma inglés. Aquellos cuyo resultado sea inferior a un nivel, pongamos por caso, intermedio alto, quedarían automáticamente condenados a ser “retirados” al más puro estilo “La fuga de Logan” (pastilla de cianuro o inyección letal entre los procedimientos a considerar). Así sólo quedarían angloparlantes útiles a la sociedad. Muertos los perros, se acabó la rabia.

Lo que hubieran dado los poderosos por estar en la Edad Media, donde las guerras y las epidemias regulaban la población de forma que nunca llegaba a ser un problema. Mala suerte, estamos en el siglo XXI y si las guerras y las epidemias no acaban con nosotros, que tampoco lo descarto, no creo que la muerte por inanición sea una opción que vayamos a aceptar con resignación. Imperios más poderosos han caído. Que no subestimen el poder de la fuerza.

domingo, 19 de octubre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - El albergue de los británicos

En Rabanal del Camino me alojé en el Albergue Gaucelmo, administrado por la Confraternity of Saint James. Llegué sobre las 12:15 horas,  tras atravesar, poco antes de entrar en el pueblo, un sobrecogedor paraje formado por cientos de rudimentarias cruces de madera, confeccionadas mediante la simple unión de dos ramas, que los peregrinos han ido colocando en un cercado que discurre paralelo al camino.

La sorpresa al llegar fue comprobar que no abrían hasta las 14 horas, por lo que tuve que echarme al suelo durante casi dos horas a esperar. Como era un día soleado y de temperatura agradable, la espera no resultó penosa y mereció la pena.

Sin duda, es de los mejores en los que me he alojado. Un lugar acogedor, hospitaleros extremadamente amables, y todo ello por la voluntad. Además te invitan a limonada al llegar, a tomar el té a media tarde y a desayunar a la mañana siguiente. Que más se puede pedir.

Contigua al albergue, la zona monacal, y frente a él, una iglesia donde los monjes celebran misas cantadas al modo gregoriano. He de decir que al llegar, y mientras formalizaba mi inscripción, hicieron la intentona de liarme para que leyera un pasaje en castellano en la misa de las siete de la tarde. No se cuales fueron los mecanismos mentales que en una fracción de segundo me teletransportaron a las siete de esa tarde, donde me vi, por un lado, en la iglesia leyendo, y por otro, sentado en la terraza de un bar con una jarra de cerveza muy fría en la mano. De inmediato, mi mente se tiñó con el maravilloso color dorado de la cerveza. Decliné amablemente la invitación. Lo gracioso es que, llegado el momento, no logré encontrar la terraza soñada y al final acabé, cosas del destino, asistiendo a la misa espoleado por la curiosidad del canto gregoriano y también, por qué no decirlo, porque estaba  un tanto cansado y aburrido de dar vueltas por el pueblo.

Una decisión tan prosaica tenía que tener consecuencias en forma de venganza divina. Y vaya si las tuvo. Nada más soltar la mochila, asearme un poco y ponerme ropa cómoda (bañador tipo bóxer, camiseta y chanclas) me dirigí a un bareto donde comer algo. Bocata, cervecita y para terminar un café. Café que fue a parar, casi en su totalidad, al bañador y a la altura de la bragueta. La ubicación de las manchas y su color hacían que mi aspecto resultase ridículo, ya que era fácil relacionarlas con un episodio de incontinencia urinaria.

Ridículo que tuvo su continuidad esa misma tarde, en torno a las cinco, cuando, sentado en una agradable mesa del jardín del albergue, escribía en mi cuaderno de viaje. Quiso la mala fortuna, o la intervención divina, que los preparativos del té comenzaran a tener lugar precisamente en la mesa en la que me encontraba. Al té, por supuesto, me invitaron. Situación incómoda donde las haya, primero porque al ser el único castellanoparlante y carecer de los conocimientos necesarios para mantener una conversación en inglés, parecía tontito sentado a la mesa con una media sonrisa en la cara y sin intercambiar palabra alguna con las personas que me rodeaban,  y segundo por las manchas de la bragueta, cuya ocultación intentaba por todos los medios sin demasiado éxito.

Si tenemos en cuenta que el bañador era el único que llevaba, por lo de aligerar el peso de la mochila, y que las circunstancias que rodearon las jornadas posteriores me impidieron lavarlo hasta varios días después del incidente, la venganza divina se alargó en el tiempo mucho más de lo deseable y quedó, creo, sobradamente satisfecha.  

martes, 14 de octubre de 2014

Historia de un parado - De la envidia irracional

Tal y como plasmó maravillosamente Stevenson en su celebérrima obra “Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde” en la psiqué de toda persona luchan denonada y permanentemente el bien y el mal con el claro objetivo de lograr la supremacía y condicionar el comportamiento.

Hasta ahora, mi mundo estaba tan controlado como el experimento del Dr Jekyll. El bien mandaba y ante cualquier intento por parte de Mr Hyde de sobrepasar los límites socialmente aceptables, bastaba tomarse el antídoto y problema resuelto.

Todo se complica cuando, en el comportamiento de un elevadísimo número de congéneres, observas que el mal está ganando la batalla y que fruto de ello tu vida ha sido transformada radicalmente, a peor y con una crueldad inusitada, en un momento en el que la lucha se antoja harto difícil. Es entonces cuando Mr Hyde aparece, y lo hace amparado en el desprecio que recibe. Es entonces cuando el bien y el mal transitan por líneas paralelas peligrosamente cercanas, y es entonces cuando el desprecio a la sociedad y a los elementos que la componen parece plenamente justificado.

Todo el que tiene trabajo, dinero y salud es envidiado de una forma tan irracional como real. La situación propia es percibida como injustificada e inmerecida. No encuentro el porqué por mil veces que me lo pregunte. Tampoco el futuro muestra su mejor cara. De la intervención divina, visto lo visto, Mr Hyde no quiere oír ni hablar.

Todavía me queda antídoto para revertir la situación. Todavía ejerzo de Dr Jekyll con la suficiente lucidez como para saber que los fugaces pensamientos que atraviesan mi mente son debidos a los efectos de la maldita pócima y que de momento me quedan fuerzas para dominarlos. Lucho por no quedar definitivamente convertido en otro Mr Hyde de los muchos que pululan por este mundo. Dicho queda. Amén.

viernes, 10 de octubre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - Un día melancólico

Tres imágenes me han quedado grabadas del primer día.

La primera, en la estación de autobuses donde comenzaba mi viaje hacia el punto de partida de mi peregrinación. Me acompañó mi mujer, Carmen. Su imagen, de pié, en el andén, apenas sujetando las lágrimas, es de las que llegan al corazón. A mí las lágrimas también me costó dominarlas. Es bonito sentirse querido.

Otra, una vez alcanzado mi destino, Astorga, donde un cielo gris plomizo, cual panza de burra, creaba una atmósfera triste, melancólica y opresiva que no ayudó, en absoluto, a calmar la ansiedad que predominaba en mi estado de ánimo.

Y la última, al atardecer, cuando sentado en la terraza del albergue pasé un rato observando el vuelo de infinidad de golondrinas que surcaban el cielo con nerviosos movimientos de alas y vertiginosos cambios de dirección. Movimientos tan convulsos que parecían ser producto de intensos dolores. Premonición, acaso, del sufrimiento que estaba por venir.

miércoles, 8 de octubre de 2014

De polemistas anónimos y otros especímenes a evitar

Como seguramente habréis observado, la configuración de mis blogs impide efectuar comentarios a las entradas que voy publicando en ellos.

Creo que esto merece una explicación.

Todo viene de una mala experiencia acaecida cuando partícipe en un foro donde todas y cada una de mis opiniones eran impertinentemente contestadas por un capullo amparado en el anonimato (o en un nick, que para el caso es lo mismo). Se empleaba con tal fervor y perseverancia que no tuve más remedio que salirme. Lo que empezó siendo una actividad lúdica se convirtió en una pesadilla. Era un foro, y en los foros o te quedas o te sales. No hay otra alternativa.

Los blogs son otra cosa. Son nuestro diario, nuestro cuaderno de apuntes, nuestro lienzo. A nadie, o a casi nadie, le gusta que le emborronen el diario o el cuaderno o el lienzo.  Son posesiones a las que con especial cariño las dotamos de contenido, las organizamos a nuestro gusto y las tuneamos para que reflejen una parte de nuestra personalidad. Son el escaparate que nos muestra al mundo. Por ello, hemos de tener el control total sobre su apariencia y sus contenidos, evitando que sean alterados por intervención ajena alguna.

Mecanismo de defensa, al fin y al cabo, contra las fieras acechantes que pululan por esa selva llamada internet, siempre dispuestas a saltar sobre nosotros a poco que bajemos la guardia. 

Dicho esto, cierto es que hay que ofrecer una solución alternativa para facilitar a las personas no incluidas en dicha categoría, que son la mayoría, la posibilidad de opinar.

Las redes sociales (Facebook, Twitter, etc.) resuelven esta cuestión. Compartiendo los enlaces de cada nueva entrada en los blogs, se pone a disposición de todo el que lo desee un lugar adecuado donde expresarse. Y las opiniones, si son respetuosas y bienintencionadas, siempre son bienvenidas.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Aventuras y desventuras de un peregrino dolorido - La primera noche

Si bien es cierto que la dureza del Camino conseguía que cada noche, a pesar de los numerosísimos ruidos de muy diversa índole que poblaban la atmósfera de los albergues, me durmiera en cuestión de segundos, no es menos cierto que la primera noche fue otro cantar.

La pasé en el albergue de Astorga donde compartí habitación con un matrimonio francés de avanzada edad y un individuo del que sólo conozco su ronquido.

La señora francesa era de esas personas que creen, inexplicablemente, que lo natural es que todo el mundo entienda su idioma. A pesar de no encontrarnos en Francia y de no ser el francés, que yo sepa,  el idioma oficial de la Maragatería, la señora en cuestión me preguntó no se qué, ante lo cual, encogiéndome de hombros, respondí en un perfecto castellano que no entendía absolutamente nada de lo que me decía, lo que provocó la aparición en su rostro de una mueca de disgusto, supongo que debida al esfuerzo que le iba a suponer comunicarse conmigo en el universal lenguaje de la mímica,  lenguaje que, por otra parte, funcionó, ya que logré entender que la cuestión giraba en torno a la trascendental decisión de pasar la noche con la ventana abierta o cerrada.

El otro individuo al que no pude ver bien -se acostó cuando las luces ya se habían apagado- fue el encargado de amenizar la noche con su atronador y devastador ronquido. Y digo bien, ronquido en singular, ya que era uno sólo, de una potencia tal que provocaba movimientos sísmicos en la litera, y con una cualidad que lo hacía verdaderamente demoledor, y que consistía en su repetición a lo largo de la noche a intervalos lo suficientemente largos como para permitirme caer, una y otra vez, en un esperanzador estado de sopor, cruelmente interrumpido por el subsiguiente episodio del fenómeno sonoro en cuestión.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Historia de un parado - De los pequeños placeres que ahora lo son menos

Cuando se tiene la vida resuelta o, al menos, bien encarrilada, se ve salpicada por pequeños momentos placenteros que contrarrestan el tedio que habitualmente rige la vida diaria.

El disfrute de esos momentos es de vital importancia, ya que da sentido a la vida.

Cuando se torna problemática, inestable y de futuro incierto, dichos momentos no son, en absoluto, disfrutados de la misma manera.

Antes, es que te lo habías ganado. Ahora, tal y como me apuntaba Soco, un buen amigo y también víctima del desempleo, da cargo de conciencia el mero hecho de pensar en ellos.

Es inevitable, al menos en mi caso, el que se vean salpicados por pensamientos que son, como los rayos, fugaces pero enormemente destructivos. Te recuerdan tu situación y relativizan el poder balsámico de tan deseados momentos.

Tomar una cerveza, un café, salir al cine, al teatro, a cenar, de excursión o hacer un viaje eran el justo premio al esfuerzo y al trabajo, desarrollados día tras día. Ahora, pese a que te repites una y otra vez que no eres responsable de tu situación, no puedes disfrutar de ello sin la presencia implacable de un malestar difícil de definir pero muy real. Así se las gasta nuestra conciencia.

Espero que esto sólo sea una etapa a superar, y que los pequeños placeres que me pueda permitir en la vida, aun siendo pocos, sean plenamente disfrutados. 

Difícil tarea la de conseguir el equilibrio emocional necesario. En modo alguno imposible. Es el momento de apoyarse en la gente que nos quiere para disfrutarlos. Es necesario y en modo alguno inmerecido. No deja de ser una batalla dentro de esta guerra que se antoja larga y cruenta, pero que de ninguna manera voy a dar por perdida.