Esta vez el objetivo era colársela a una creciente masa de espectadores que reniegan del cine español por la evidente y ya sumamente molesta politización, más por postureo e interés que por convicción, de gran parte de sus artífices que, por otra parte, oponen bien poca resistencia a difundir la doctrina oficial si es a cambio de trabajo o de las tristemente famosas y controvertidas subvenciones.
La operación, simple y eficaz, ha consistido en financiar indirectamente la última película de Santiago Segura, “Torrente presidente”, haciendo pasar a éste como un espíritu libre, adalid de la libertad de expresión y pensamiento y campeón nacional de la taquilla que, honesto donde los haya, no ha recibido subvención alguna.
Decir que Santiago Segura no ha recibido subvenciones es una verdad a medias, ya que según él mismo ha reconocido ha recibido inversiones privadas que, por razones que desconozco, han gozado de importantes desgravaciones fiscales, lo que no deja de ser una forma indirecta de recibir dinero público.
De entre estas inversiones, destacaría yo y se lo callan Santiago Segura y la IA de Google, resultan muy llamativas las colaboraciones de Antena 3 y de Netflix, empresas que defienden y difunden sin apenas disimulo el relato de la causa global. Pensar que financian sin imponer condiciones resulta, a estas alturas, de una ingenuidad pasmosa.
Pero es que además el Santiago Segura del primer Torrente no es, ni de lejos, el de ahora. Sencillamente se traicionó a si mismo por dinero y por comodidad, pasando de películas valientes, divertidas, frescas y gamberras, gustasen o no, a bodrios de una corrección política nauseabunda, y por ello generosamente financiados, como la inefable saga de “Padre no hay más que uno”. Con “Torrente presidente” le ha tocado corresponder a tantos años de respaldo financiero, y de éxito, representando el papel de disidente. Cordero con piel de lobo. Disidencia controlada.
La película usa con un cinismo insultante la “psicología inversa” para, encuadrando asuntos serios de nuestro panorama nacional e internacional en una repetitiva y grotesca astracanada sin valor cinematográfico alguno, desactivar lo que de verdad pudieran tener. Véase si no, la última escena, la del globalista que explica sin tapujos el “modus operandi” de la élite a la que pertenece, y que no es otro que controlar los movimientos de la política mundial colocando en puestos de responsabilidad y decisión a sus fieles servidores, como Torrente en la película, a los que riegan de dinero para asegurarse su obediencia y a los que, llegado el caso, someterán mediante chantajes y amenazas.
Cómo creerlo, se pregunta el espectador, si se me cuenta formando parte de una entretenida comedia. Es solo una película...es cachondeo...no es verdad...solo un conspiranoico lo podría creer, concluye satisfecho.
Verdad convertida en grotesca broma. Un maquiavélico movimiento, justo es reconocerlo, sumamente eficaz. Un gol por toda la escuadra a los unos y a los otros. La progresía calla sin saber qué decir y las derechitas se deshacen en elogios sin vislumbrar la trampa.
Cine de mercenarios. Manipulador y bien pagado, pero carente de honor.

